David Gross, Nobel de física: «Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta improbable»
A los 85 años, Gross emplea buena parte de su tiempo en avisar de los monstruos que engendró la física. Y él los conoce bien. Premio Nobel por indagar el núcleo del átomo, lidera una campaña internacional de científicos por el desarme nuclear. Alerta de que vivimos una situación preocupante, multiplicada por la capacidad destructiva de los submarinos nucleares.
La isla alemana de Mainau, en el lago de Constanza, tiene cierta tradición en esto de anunciar el fin del mundo. El 15 de julio ... de 1955, con Hiroshima todavía reciente, dieciocho premios Nobel reunidos allí advirtieron del peligro de las armas atómicas, con Otto Hahn, uno de los descubridores de la fisión, al frente. En 2024, David Gross (Washington, 1941) fue promotor y portavoz de una nueva Declaración de Mainau que ya han firmado 104 laureados: «Existe una probabilidad significativa de que estas armas se utilicen, por accidente o de manera deliberada, y que la civilización llegue a su fin», advertía. Este verano, en los encuentros de Lindau, le ha dado un nuevo impulso, con varios objetivos: sentar a China en la mesa y garantizar que ninguna inteligencia artificial pueda decidir por su cuenta un lanzamiento, entre otros.
Gross es el más influyente de los que siguen vivos de aquella generación que levantó el modelo estándar, el mapa de las partículas y de las fuerzas que sostienen la materia. En 1973 descubrió cómo funciona la fuerza que mantiene unido el núcleo del átomo, lo que le valió el Nobel de 2004. Dirigió el Instituto Kavli de Física Teórica de Santa Bárbara (California), preside desde hace un cuarto de siglo las legendarias conferencias Solvay y el pasado abril recibió el Premio Breakthrough de tres millones de dólares por el conjunto de su carrera.
XLSemanal. Ha dedicado su vida a intentar unificar las cuatro fuerzas de la naturaleza (la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil). Ahora dice que quizá no lleguemos a conseguirlo, no por difícil, sino porque no nos dará tiempo.
David Gross. Soy pesimista. En lo peor de la Guerra Fría se estimaba que el riesgo de una guerra nuclear rondaba el uno por ciento anual. Hoy calculo que es el doble. Es un cálculo mío y es tosco, lo admito. Pero con los tratados caducados y sin nadie que verifique lo que hay en los arsenales creo que me quedo corto. Repita esa tirada año tras año y haga las cuentas.
«Si juegas a la ruleta rusa y sigues apretando el gatillo una y otra vez, tarde o temprano se te acaba la suerte. Y nosotros hemos tenido muchísima»
XL. Las matemáticas se me dan regular…
D.G. Dentro de 34 años, que nuestra civilización siga aquí es tan probable como sacar cara al lanzar una moneda. A los 70 años queda alrededor de un veinticinco por ciento. Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta francamente improbable.
XL. Oiga, llevamos 80 años conviviendo con una potencial destrucción y aquí seguimos.
D.G. Pero si juega a la ruleta rusa y sigue apretando el gatillo una y otra vez, tarde o temprano se le acaba la suerte. Y nosotros hemos tenido muchísima.
XL. No todo son malas noticias. En la Guerra Fría había 70.000 cabezas nucleares; hoy unas 12.000.
D.G. La reducción fue un éxito enorme. Pero el número no es el único problema. En febrero expiró el New START, el último tratado que ponía límite a los arsenales desplegados, y sin ese freno pueden volver a crecer. Y también importa quién los tiene, y ahora hay nueve potencias nucleares y otros países que se lo están pensando. No solo Irán, también Arabia Saudí, Corea del Sur… Incluso Japón, donde hablar de esto era tabú.
XL. ¿Por qué cree que es más peligroso el mundo ahora?
D.G. La teoría de juegos construyó toda esa doctrina que ya era una locura y solo funciona con dos. Cada uno sabe quién le ha atacado y a quién responder. Con tres deja de haber un punto de equilibrio claro, y con nueve no sabes ni de dónde ha salido el misil. Vivimos en una casa cuyas paredes son de dinamita y basta una cerilla para volarlo todo. Ha habido cientos de accidentes, falsas alarmas y crisis que no escalaron de milagro.
XL. Y, sin embargo, la gente apenas habla de esto.
D.G. Porque no lo ha vivido. La mayoría de los que tienen menos de 50 años no sabe casi nada. Y, además, los gobiernos ocultan mucha información.
XL. En abril, en plena guerra con Irán, Donald Trump escribió que «toda una civilización va a morir esta noche». Algunos interpretaron que estaba considerando un ataque nuclear localizado. Le confieso que no pegué ojo, ¿usted se lo tomó en serio?
D.G. No creo que se refiriera a armas nucleares, sino a sus grandes bombas convencionales. Los líderes entienden el peligro porque sus generales se lo explican: saben que estarían entre los primeros objetivos y que probablemente morirían. Nadie en su sano juicio se arriesgaría, pero no sabemos qué pasa por la cabeza de unos líderes tan erráticos como los actuales.
XL. ¿Cómo se frena a un líder errático?
D.G. Con millones de personas exigiéndolo. Los gobernantes no se despertaron un día pensando: «El planeta se calienta, hagamos algo». Lo dijeron los científicos y no les hicieron caso. La gente salió a la calle, votó, presionó y, aun así, el mundo tardó 40 años en tomárselo en serio.
«Los multimillonarios aguantarán unos meses en sus búnkeres, pero tendrán que salir a un planeta arrasado. ¿Y sabe qué? Se van a llevar un chasco»
XL. La inteligencia humana nos ayudó a sobrevivir y también nos da las herramientas para destruirnos.
D.G. Los seres humanos somos así. Nos peleamos sin parar: una tribu contra otra, una nación contra otra. La ciencia nos ha dado un poder extraordinario. No hemos aprendido a manejarlo.
XL. ¿Le preocupa menos la inteligencia artificial que la bomba?
D.G. Al menos, la IA se construye para que nos ayude. El problema es que siempre hay alguien que encuentra la manera de usarla para otra cosa. Pero las armas nucleares se diseñaron expresamente para matar.
XL. Hay quien piensa que las civilizaciones avanzadas se autodestruyen. ¿Está de acuerdo?
D.G. Es muy posible. Enrico Fermi planteó una paradoja: si en la galaxia hay cientos de miles de millones de estrellas y aquí surgió la vida, ¿dónde está todo el mundo? Deberíamos tener compañía y no la vemos.
XL. Quizá la galaxia sea demasiado grande.
D.G. No tanto. Una civilización que sobreviva lo suficiente acaba creciendo tan deprisa que ya nada le impide ocupar la galaxia entera, como un organismo exitoso que coloniza un ecosistema. Le bastarían unos millones de años, un suspiro al lado de la edad de la Vía Láctea. Y no parece que haya pasado.
XL. A lo mejor lo difícil ya nos ha ocurrido y lo raro es que aparezca vida compleja.
D.G. Puede. Pero la explicación que más me inquieta es la contraria: que las civilizaciones aprendan a matarse antes de poder expandirse. Y de todas las maneras en que el Homo sapiens puede extinguirse, la más rápida es la guerra nuclear. El clima me preocupa, pero va más despacio
XL. ¿Y si mañana se usa un arma atómica?
D.G. Las simulaciones de los juegos de guerra enseñan lo difícil que sería contener la escalada. No sabemos si terminarían empleándose todas, pero pararse sería extraordinariamente difícil.
XL. ¿Y después?
D.G. El hollín de las ciudades incendiadas subiría a la estratosfera y formaría una barrera capaz de quedarse ahí más de una década. Cortaría parte de la luz del sol. Las temperaturas medias caerían unos diez grados de repente y las cosechas colapsarían. Es el invierno nuclear del que ya se habló en los ochenta, cuando la gente se asustó de verdad y exigió un cambio.
XL. ¿Acabaremos como los dinosaurios?
D.G. Es una comparación útil. El meteorito produjo una destrucción brutal junto al golfo de México, pero no fue la explosión lo que mató a los dinosaurios de África o de Asia. El polvo y el hollín bloquearon la luz y desencadenaron una glaciación.
XL. Hay unos cuantos multimillonarios que se han construido búnkeres y aspiran a sobrevivir.
D.G. Aguantarán unos meses con su comida y su agua, pero tendrán que salir a un planeta arrasado. ¿Y sabe qué? Se van a llevar un chasco.
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LAS ARMAS DEL APOCALIPSIS
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética se vigilaron mutuamente con tratados de desarme, inspecciones y un teléfono rojo. Hoy, la amenaza atómica vuelve a estar sobre la mesa. Los tratados han caducado, nadie muestra sus arsenales y ya son nueve los países con la bomba, de los que seis tienen la capacidad para lanzar un ataque nuclear devastador desde un submarino. ¿Hay manera de frenar el armagedón?
LOS 44 FANTASMAS
Se calcula que hay 44 submarinos estratégicos repartidos entre seis de las nueve potencias nucleares. (No hay que confundirlos con los de propulsión nuclear: que un submarino funcione con uranio no significa que lleve armas atómicas). Estados Unidos mantiene catorce; Rusia, trece; China, seis; Reino Unido y Francia sostienen cuatro cada uno; y la India cierra la lista con tres. Las otras tres potencias —Pakistán, Corea del Norte e Israel— no disponen de una flota confirmada de submarinos balísticos. En conjunto, estos 44 fantasmas transportan unas 2000 cabezas nucleares. Pueden borrar una ciudad del mapa en un rango de 7000 a 12.000 kilómetros.
ROMPER EL EQUILIBRIO DEL TERROR
La imagen que tenemos de la era atómica terrestre —silos excavados en el desierto— corresponde a la lógica que gobernó la Guerra Fría, la destrucción mutua asegurada: si me atacas, respondo y morimos los dos, así que a nadie le conviene empezar. Pero ese equilibrio del terror tenía una grieta: silos y hangares están localizados y se fotografían desde el espacio, de modo que un primer golpe por sorpresa, lo bastante rápido y masivo, podía aspirar a destruir los misiles del enemigo antes de que se lanzaran desde tierra o que pudieran despegar las escuadras de bombarderos. El submarino cierra esa grieta.
EL SEGUNDO GOLPE
Un buque silencioso escondido en la inmensidad del océano es, a efectos prácticos, invisible: como no puedes encontrarlo, no puedes destruirlo. Y sabes que aunque tu ataque arrase el país entero quedará alguien ahí abajo capaz de responder. Es la doctrina del segundo golpe, y sostiene toda la disuasión moderna. Si nadie puede ganar atacando primero, nadie tiene motivo para atacar. Esa es toda la lógica, y explica por qué las potencias han metido en el mar una parte sustancial de su arsenal. Pero el riesgo es extremo: la paz depende de una amenaza que hay que mantener creíble las veinticuatro horas del día, y una amenaza solo es creíble si alguien está dispuesto a cumplirla.
¿Y EL TELÉFONO ROJO?
Si la cosa se ponía fea, Washington y Moscú tenían el teléfono rojo, instalado en 1963 después de la crisis de los misiles de Cuba y que nunca fue un teléfono: entonces era un teletipo y hoy es un enlace informático. Servía porque solo hacía falta que se entendieran dos. Con nueve potencias no hay nada equivalente. La mayoría de los países con la bomba no tiene manera de llamarse la noche en que salte una alarma.
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HORAS DESPUÉS DEL FIN DEL MUNDO
Si un país ataca a otro con armas nucleares, ¿quién decide cómo reaccionar en medio de la destrucción? Cada potencia tiene un plan distinto.
EE.UU. Y FRANCIA: TODO EL PODER PARA EL PRESIDENTE
En Estados Unidos, solo el presidente puede autorizar el empleo de armas nucleares, y allá donde va lo acompaña un ayudante militar con un maletín al que llaman 'football'. Dentro no hay un botón, sino sistemas de comunicación y planes de ataque. Los generales pueden aconsejarle, pero no tienen que refrendar la orden. Si el presidente muere, la autoridad pasa al vicepresidente. Si desapareciera toda autoridad legítima, el comandante de un submarino no podría decidir por su cuenta.Francia también concentra la decisión en el presidente. La orden pasa por dos cadenas: una se encarga de comprobar que sea auténtica y otra de ejecutarla. Lo que sucedería si desapareciera toda la cúpula del Estado permanece en secreto.
RUSIA Y LA MANO MUERTA: LA VENGANZA VOLADORA
Rusia ha construido un sistema de ciencia ficción. En condiciones normales, la orden pasa por Kazbek, la red conectada a los maletines Cheget del presidente, el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor. Pero detrás de esa cadena existe otra llamada 'Perímetro', también conocida como 'la Mano Muerta'. Lo concibieron los soviéticos en los años ochenta para que la destrucción del Kremlin no impidiera la represalia. Si el país era alcanzado y los centros de mando quedaban incomunicados, Perímetro permitiría lanzar unos misiles especiales que llevan un transmisor de radio que va emitiendo la orden de disparo mientras cruzan el país, para que la reciban las unidades que sigan vivas aunque los centros de mando ya no existan.
CHINA Y LA INDIA: LA INCÓGNITA Y LA PRUDENCIA
En China, la autoridad reside en la Comisión Militar Central, que preside Xi Jinping, y los analistas no saben si decide él solo o el órgano entero. Lo que sí tiene es la doctrina de no ser el primero en usar el arma atómica y, sobre todo, guardar las cabezas nucleares separadas de los misiles. Aunque el submarino rompe ese esquema porque sale a navegar con las cabezas ya colocadas en los misiles. La India ha optado por extremar las cautelas. Los núcleos de plutonio quedan bajo custodia de los civiles de la agencia atómica; el resto de la cabeza, en manos de los ingenieros de Defensa; y los misiles, de los militares, de modo que ninguno de los tres puede disparar sin los otros dos.
REINO UNIDO: LAS CARTAS DE ÚLTIMO RECURSO
El sistema más singular es el del Reino Unido. Durante décadas, un oficial británico a bordo de un submarino de patrulla —apenas comunicado para no delatar su posición— comprobaba cada día que la BBC seguía en el aire en onda larga; si la señal callaba varios días y el mando no respondía, había que asumir que el Reino Unido podía haber dejado de existir. Entonces, el comandante abría una caja fuerte guardada dentro de otra y sacaba un sobre lacrado con una carta manuscrita del primer ministro, escrita de su puño y letra. Dentro cabe una de cuatro órdenes: represalia, no represalia, que el comandante use su propio juicio, o que ponga el buque a las órdenes de un aliado, si es que queda alguno. Este método de cartas manuscritas se sigue usando hoy en día.