Las clases altas de la Rusia zarista fueron pródigas en personajes extravagantes, ilustrados y cosmopolitas. Pero, de todos ellos, la princesa Vera Ignatievna Gedroitz fue ... la más arrolladora.
Nacida en 1870 en la actual Ucrania, hija de una madre alemana y un padre de la realeza lituana, desde niña logró imponer sus deseos a las expectativas familiares. Fue la tercera de cinco hermanos y su infancia quedó fuertemente marcada por la muerte de su adorado hermano Sergei. Desde entonces Vera decidió que estudiaría medicina con el fin de salvar vidas.
Cuando tenía 16 años, fue arrestada por participar en actividades revolucionarias con un grupo de izquierdas. Comenzó sus estudios en San Petersburgo y tuvo un breve matrimonio de conveniencia que le permitió ir a estudiar Medicina a Lausana (Suiza), aunque posteriormente todas sus relaciones fueron con mujeres.
«Rechazaba la ropa femenina —cuenta Miranda Seymour, autora de su reciente biografía, Yo, Vera (inédita en castellano)— y usaba pronombres masculinos desde muy joven; disfrutaba de la caza del oso y se convirtió en una hábil jugadora de billar». A su regreso a Rusia, Gedroitz fue contratada en la Fábrica de Cemento Maltsov, donde logró que se instalaran equipos de fisioterapia y una máquina de rayos X, algo totalmente innovador en la época.
En la guerra ruso-japonesa dirigió un hospital de campaña instalado en un tren con un vagón para operar y cinco para heridos
Su especialización en operar hernias de los trabajadores le fue muy útil en la guerra ruso-japonesa (1904-1905), donde se puso al frente de un hospital de campaña instalado en un tren con un vagón quirófano y otros cinco para pacientes. Gedroitz fue pionera en la aplicación de la laparotomía en el tratamiento de heridas abdominales y creó un protocolo que contribuyó a cambiar la política médica militar internacional.
De ese periodo, la Oficina de Guerra dijo de ella. «De entre los que fueron al frente como cirujanos de la Cruz Roja estuvo la Princesa Gedroits, cirujana jefa del tren hospital financiado por 40 nobles, que siempre estaba en el frente, operando en un coche especialmente equipado, hasta que el enemigo amenazó con volar el tren».
Por sorpresa, en 1909 la emperatriz Alexandra Fiódorovna la nombró médico principal del Hospital de la Corte, además de pediatra de los menores de palacio. Pero su cercanía con los zares no hizo de ella una aduladora. Siempre fue una mujer de ciencia, lo que la llevó a tener duros enfrentamientos con Rasputín, al que llegó a sacar por la fuerza (a empujones, según Seymour) de un quirófano donde se había empeñado en aplicar sus 'técnicas' de curandero.
En 1915 una amiga de la zarina, Madame Vyrubova, sufrió daños al descarrilar el tren en el que viajaba, probablemente a causa de un sabotaje. Fue ingresada en el hospital militar y el escándalo aumentó cuando al día siguiente comenzó a recibir visitas, entre ellas la de un personaje polémico como fue Rasputín. Documentos de la época cuentan que Gedroits fue avisada para hacerle una exploración. «La señorita Gedroits, que parece un poco un hombre con su gran altura, era una mujer imponente, y ya que Rasputín no mostraba señal de ir a retirarse, ella le cogió por los hombros y le empujó al pasillo, cerrándole la puerta en las narices». El hecho de que conservase el puesto después de este momento es una buena prueba de la estima con que era considerada. Otro de los pacientes que trató en ese momento, un chico que iba en el mismo tren, la describiría como «una vieja doncella [en ese momento tenía 41 años] vestida con ropa masculina, fumando cigarros y hablando con voz grave».
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Vera trabajó estrechamente con la zarina Alexandra en un hospital para oficiales de alto rango. Entre 1917 y 1918 sirvió como cirujana en la 6ª División de Simbirsk (Siberia). Tras ser herida, fue evacuada de vuelta a Kiev. Allí se asentó con su pareja, la condesa Maria Nierodt, fue contratada para enseñar cirugía pediátrica y, finalmente, recibió el título de profesora.
Cuando llegaron los turbulentos años veinte, en tiempos de extremo peligro, escribió memorias y poemas con el nombre de Sergei Gedroitz.
Pero su prestigio no impidió que en una de las purgas de Stalin ella y la condesa fueran detenidas y llevadas a punta de pistola a un centro de detención donde sufrieron torturas.
Salieron vivas, pero la pensión de Vera fue cancelada; el hospital y el instituto, clausurados, y se le impidió ejercer. Siguió escribiendo y, dos años después, la indomable princesa murió, a los 61, de cáncer de útero.