Las fotos más impresionantes del surf en Tahití
En el corazón de ola perfecta
En el mundo del surf también hay peregrinos. Como si fuera La Meca, todo surfista que se precie debe deslizarse una vez en la vida por los muros de agua de Teahupoo. En este peligroso arrecife tahitiano se elevan las olas más preciadas del planeta. Un fotógrafo lleva diez años al acecho en busca de la ola perfecta.
El poder de estas olas surge de uno de esos caprichos brutales de la naturaleza. Todo empieza en Nueva Zelanda, a 4000 kilómetros. Allí se forman marejadas que cruzan el Pacífico hasta toparse con el arrecife. La profundidad pasa bruscamente de 100 a 3 metros y surge entonces esta onda enorme, gruesa, violenta y peligrosa como ninguna, que cae como una guillotina sobre el coral.
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Los crímenes del arrecife
En el pueblo de Teahupoo –'muro de calaveras' en polinesio– se han registrado olas de 10 metros con labios de 3 metros de grosor. Como ... si te cayera encima una casa de cuatro plantas. En los últimos años, cinco surfistas han muerto tras estamparse contra el arrecife. Otros sufren lesiones medulares. Los golpes y raspones contra el coral también son frecuentes.
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La espiral perfecta
Bajo el mar, la ola forma una espiral de millones de burbujas de aire atrapadas en anillos de agua. La vista es tan sobrecogedora como la que se aprecia en la superficie.
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Un espectáculo de riesgo
Desde 1999, Teahupoo acoge una prueba del Mundial de Surf. El público –puede llegar a 400 personas– observa la competición en el mar. Cuando se alza una ola, los motores aceleran y todos miran hacia atrás, para ver si el último bote la ha superado antes de que rompa.
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La resurreción al final del tubo
«Fue como ir a todo gas en coche y tomar una curva cerrada. Solo piensas en salir vivo del tubo. Y cuando sales, te sientes en la gloria». Así describe el tahitiano Manoa Drollet lo que sintió al surfear la mayor ola –10 metros– domesticada en Teahupoo hasta la fecha. El mar, para él y sus paisanos, es parte vital de su mitología. Los ancianos aquí inculcan valor a los jóvenes con una vehemente exhortación: «¡Aprende del furioso océano, muchacho!». En la foto, la surfista Frankie Harrer, de 19 años, tras caer de su tabla, pasa a centímetros del coral.
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Por Esteban Font
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Lourdes Gómez