La 'cafetería' donde se decide lo que cuesta cruzar Ormuz
Las aseguradoras son el termómetro más fiable de los riesgos del mundo. Cuando se trata de barcos, quienes deciden son los miembros del Joint War Committee, que analizan las amenazas sobre el comercio marítimo global. Todo empezó en una cafetería hace tres siglos.
Las compañías navieras tienen cada ojo puesto en un lado del planeta. Uno es el estrecho de Ormuz, cuyo bloqueo estrangula el comercio de petróleo, ... fertilizantes y mercancías. El otro es un salón privado en un edificio de oficinas de Londres que recibe la luz grisácea de la City a través de un amplio ventanal, y donde camareros con librea sirven el té a las quince personas que deciden el precio de los seguros de los barcos que surcan los pasos marítimos más peligrosos.
Es el Joint War Committee (JWC), un comité de aseguradores del mercado de Londres (representantes de Lloyd's y de la International Underwriting Association) que se encarga de evaluar los riesgos marítimos globales relacionados con la guerra, el terrorismo, las huelgas y la piratería.
En condiciones normales, ese comité se reúne cada tres meses para revisar la lista. Desde finales de febrero, sin embargo, sus reuniones extraordinarias se han sucedido a un ritmo frenético. La primera fue el 2 de marzo, dos días después de que Estados Unidos e Israel atacaran Irán. Aquel día, el régimen de los ayatolás cerró el estrecho de Ormuz, sembró minas y atacó mercantes con drones y lanchas. El 13 de abril, Estados Unidos respondió bloqueando los puertos iraníes. Doble cerrojo.
El comité no cierra rutas por decreto: cambia el nivel de riesgo y el mercado hace el resto. Sus decisiones convierten el flete de un buque o un petrolero en rentable o ruinoso
El comité no tiene una sala de reuniones específica, aunque sus miembros suelen verse en la Old Library, una antigua biblioteca trasladada a las futuristas oficinas de Lloyd's en One Lime Street, conocido como el 'edificio del revés', diseñado por el arquitecto Richard Rogers, cuyas tripas (ascensores, tuberías) se ven por fuera.
Su modernidad es un trampantojo, porque lo que importa se decide a la vieja usanza, en las mesas de los reservados que se conservan desde el siglo XVII.
Es un comité conjunto en el sentido de que reúne a suscriptores tanto del propio mercado de Lloyd's como de las principales compañías internacionales. Su núcleo lo compone un grupo muy selecto: suscriptores sénior de riesgos, hombres y alguna mujer con veinte o treinta años de oficio a las espaldas, en representación de los grandes nombres del sector: Ascot, AXA, Apollo, Munich Re, entre otros. Su trabajo es elaborar y mantener actualizada la lista oficial de aguas del planeta calificadas como zona de riesgo elevado del comercio marítimo por guerra, piratería, terrorismo y riesgos relacionados. Cuando una zona entra en esa lista, los buques que la atraviesan deben pagar una prima adicional, llamada 'prima de riesgo de guerra', sobre la prima ordinaria de seguro de cascos.
A puerta cerrada
El comité no fija las primas ni prohíbe tránsitos. Las primas las negocian los suscriptores en mercado abierto, contrato a contrato. El comité tampoco cierra rutas por decreto: cambia el nivel de riesgo y después el mercado hace el resto. Por eso, en la práctica, sus decisiones son las de mayor impacto sobre el comercio marítimo global. Y convierten el flete de un buque mercante, un petrolero o un metanero en una operación rentable, ruinosa o imposible en la práctica. Y son decisiones que se toman a puerta cerrada, sin ruedas de prensa, sin atriles ni preguntas. La hoja con la lista se publica trimestralmente en condiciones normales, en un papel que circula entre brokers y armadores de todo el mundo. Cabe en una página.
Para entender cómo es posible que un comité del que casi nadie ha oído hablar tenga ese poder, hay que retroceder tres siglos y medio, hasta la primera mención conocida de la cafetería de Edward Lloyd. Apareció el 21 de febrero de 1688 en una nota publicada en la London Gazette. La cafetería existía desde dos años antes en Tower Street, junto al Támesis. No era la única: en aquel Londres había alrededor de ochenta cafeterías, cada una con su clientela. La de Lloyd's era distinta: el café era el pretexto y la información era el negocio.
Lloyd contrataba mensajeros que recorrían los muelles de la mañana a la noche y le traían noticias frescas: qué buque había llegado, cuál se había hundido, qué tormenta había arrasado el Caribe, qué piratas se habían visto en qué latitud. Aquella información la pegaba en las paredes, en hojas que iba renovando. Marineros, armadores y comerciantes empezaron a frecuentar su cafetería porque sabían que ahí estaba lo último.
El casino y las apuestas macabras
En 1691, Lloyd se trasladó a Lombard Street e instaló un púl-pito desde el que un empleado leía en voz alta los partes de barcos según iban llegando. En los reservados, los parroquianos mantenían apuestas sobre si tal o cual buque llegaría a Cádiz antes de la tormenta o si un cargamento de azúcar sobreviviría al cruce del Atlántico. Funcionaba así: un mercader que había fletado mercancía buscaba en el local a un parroquiano dispuesto a aceptar parte del riesgo a cambio de una comisión. Si el parroquiano aceptaba, firmaba debajo de la cantidad asumida. En inglés: underwrite. De ahí viene la palabra 'suscriptor'. El término que define hoy a una de las profesiones más sofisticadas del mundo financiero significa, sencillamente, firmar debajo.
La cafetería prosperó tanto que, a mediados del siglo XVIII, se había convertido casi en un casino. Los apostadores compulsivos habían tomado el negocio. Hubo una práctica especialmente macabra: cuando un personaje público enfermaba, los clientes abrían una apuesta en una pizarra colocada detrás de la barra sobre la fecha exacta de su muerte. En 1769, 79 suscriptores hartos de ese ambiente de timba se escindieron. En 1771 se constituyeron formalmente como Society of Lloyd's.
La historia de Lloyd's tiene un borrón vergonzante. Fue el centro mundial de seguros para la industria de los esclavos. Las pólizas trataban a los seres humanos como carga
Esta sociedad sobrevivió a las peores catástrofes marítimas. En 1799, la fragata británica HMS Lutine se hundió frente a la costa holandesa mientras transportaba un millón de libras de la época en oro y plata destinadas a sostener Hamburgo durante las guerras revolucionarias. Lloyd's pagó la pérdida íntegra. La campana del barco, recuperada en 1859, se instaló en el centro del salón de suscripción y durante más de un siglo se tocó cada vez que se confirmaba un suceso: una campanada para malas noticias, dos para buenas. En 1871, el Parlamento aprobó la Lloyd's Act, que dotó a la sociedad de personalidad jurídica propia. Lo que era un club pasó a convertirse en una institución de mercado.
La historia de Lloyd's incluye un borrón vergonzante. Entre 1640 y 1807, los barcos británicos llevaron de África a América a alrededor de tres millones de personas esclavizadas, y Lloyd's fue el centro mundial de seguros para aquella industria. Las pólizas trataban a los seres humanos como carga. La abolición del comercio de esclavos en 1807 cerró ese capítulo. Pero hubo que esperar a 2020, después de las protestas globales por la muerte de George Floyd, para que la entidad pidiera disculpas formalmente.
Las cuerdas vocales de Springsteen
Lloyd's es famosa, en la cultura popular, por algunas pólizas absurdas que se han firmado en sus mesas: las piernas de Betty Grable, las cuerdas vocales de Bruce Springsteen, un grano de arroz con el retrato de Isabel II. Pero el negocio serio siempre estuvo en otro plano: Lloyd's pagó las reclamaciones del terremoto de San Francisco en 1906 cuando algunas asegu-radoras americanas trataron de esquivarlas, liquidó las pólizas del Titanic en cuestión de días, cubrió los grandes incendios del bombardeo de Londres durante la Segunda Guerra Mundial…
Antes del bloqueo de Ormuz, asegurar el tránsito de un buque grande costaba entre el 0,15 y el 0,25 por ciento del valor del barco para una póliza semanal o un solo cruce. La prima se cotiza como un porcentaje del casco, y se paga por travesía. A principios de marzo, los porcentajes se dispararon y, con ellos, las cantidades. Un superpetrolero vale alrededor de 138 millones de dólares. Antes de la guerra de Irán, asegurarlo para cruzar el Estrecho costaba unos 200.000 dólares por un viaje. A principios de marzo, los suscriptores empezaron a pedir entre 1,3 y 7 millones por el mismo viaje, según el buque y su bandera.
La última versión de la lista incluye mar Negro, mar Rojo, el Yemen, aguas israelíes, golfo Pérsico. Pero hace pocos días, en The New York Times, el periodista Scott Anderson advertía de que los grandes cuellos de botella del comercio marítimo –el canal de Suez, el de Panamá, el estrecho de Gibraltar– son hoy vulnerables a cualquier actor con voluntad de hacer daño y un dron comercial modificado. El de Gibraltar mide catorce kilómetros en su punto más estrecho y lo cruzan más de cien mil buques al año. No haría falta ni siquiera un bloqueo. Bastaría con que un petrolero fuera atacado por un dron en aguas próximas a Algeciras y con que alguien, un grupo yihadista, una célula prorrusa, una cuenta de Telegram abierta tres días antes, reclamara la autoría. A partir de ahí, quince personas en una sala de Londres, mirándose unas a otras, tendrían que decidir si añaden una nueva línea a la lista.