Minas de oro, las incubadoras del ébola
Galerías a decenas de metros de profundidad, sin ventilación, sin más luz que la de una linterna. hombres hacinados en pozos inundados donde habitan los murciélagos. Las minas de oro en la república democrática del congo son el epicentro del actual brote de ébola que se ha cobrado ya más de 700 vidas. nos adentramos en las tinieblas que propagan un virus devastador.
Un refugiado congoleño remueve el contenido de un barreño de plástico. Lo hace con otros dos hombres, inclinados sobre el agua fangosa, en la que ... han vertido mercurio para separar el oro del barro. Se llama Bisimwa Biragi y ha llegado desde Kivu del Sur, a unos 500 kilómetros, expulsado por la guerra, como otros tantos miles de desplazados en el noreste de la República Democrática del Congo.
La ciudad se llama Mongbwalu, en la provincia de Ituri. Desde tiempos ancestrales, los nativos usaban el oro para hacer joyas, aunque nunca le dieron valor comercial. Los colonizadores belgas se quedaron con la copla, a principios del siglo XX, y convirtieron aquella remota región en una sucursal del infierno, eso sí, de lo más próspera, aunque no para los mineros como Biragi, que viven en condiciones miserables. Hoy, Mongbwalu es el foco de una nueva epidemia de ébola: más de 1300 contagios y 754 muertos confirmados... y subiendo. No es la mayor de la historia –la de África Occidental, entre 2014 y 2016, dejó unos 11.300 muertos y más de 28.000 enfermos–, pero la Organización Mundial de la Salud ya ha advertido de que arrancó con el peor primer mes de casos jamás registrado en un brote de ébola. Y la minería del oro tiene buena parte de la culpa.
Las minas rodean Mongbwalu como un segundo cinturón de barrios. Hay pozos de barro, bombas, mangueras, canaletas... No son solo agujeros en el suelo: son una red económica que atrae y expulsa trabajadores sin parar. Un pozo se agota, otro se abre. Buena parte de sus más de 130.000 habitantes se afana en extraer el oro del subsuelo y cribarlo en la superficie, a veces en las propias casas. Por eso hombres, mujeres y niños aparecen eternamente cubiertos por una capa de polvo rojizo que les da un aspecto de figuras de terracota.
El ébola no se contagia por el aire. Y para pasar de una persona a otra necesita el contacto directo con los fluidos de un enfermo. Sangre, vómito, sudor, heces, saliva, leche, semen... Basta con que esos fluidos toquen una herida en la piel o una mucosa –los ojos, la nariz, la boca...– para que el virus encuentre la puerta.
Para entender por qué el patógeno encuentra en estas minas un acelerador casi perfecto hay que bajar al pozo. Literalmente. Hay que recorrer galerías abiertas a pico y pala, a decenas de metros de profundidad, sin entibado que sujete las paredes, sin ventilación, sin más luz que la de una linterna atada a la frente. Los pozos se inundan porque, aunque haya hombres dentro, ni siquiera cuentan con bombas para achicar el agua. En las temporadas de mayor producción hay mineros que pasan hasta un mes bajo tierra. No salen. Comen, duermen y cavan en el mismo agujero, hombro contra hombro, bebiendo de la misma agua que se filtra por la roca.
Arriba, en la superficie, el trabajo se reparte en una jerarquía tan rígida como la de una fábrica victoriana. El dueño del pozo, que ha negociado el terreno con la autoridad tradicional, manda. Bajo él, una cadena de funciones que la antropología económica ha llegado a tabular: el jefe del pozo gana de media a la semana unos 190 dólares; su mano derecha, la mitad; los mineros expertos, una cuarta parte de eso; y los peones que cargan, arrastran y achican se llevan unos 24 dólares por una semana de romperse la espalda. En un país donde la mayoría vive con menos de 2 dólares al día, esos 24 dólares son la diferencia entre que sus hijos coman o no.
Las mujeres rara vez bajan al pozo. En muchas minas se considera que su presencia bajo tierra trae mala suerte, así que su trabajo es el de la superficie: cargar sacos de mineral, machacar la roca a mano, lavar el sedimento dobladas sobre el agua durante todo el día. Un estudio de la Universidad de Amberes sobre las mineras del este del Congo las describe como mujeres que «envejecen demasiado rápido»: infecciones que no se tratan, cuerpos gastados por la postura, por el peso... Cobran, además, menos que los hombres.
Hay mineros que pasan hasta un mes bajo tierra. No salen. Comen, duermen y cavan en el mismo agujero, hombro contra hombro, bebiendo de la misma agua que se filtra por la roca
Una vez que la roca se ha machacado y el sedimento se ha lavado hasta concentrar las partículas pesadas, el oro sigue mezclado con arena, invisible, imposible de separar a mano. El truco es el mercurio: se vierte sobre el concentrado y el metal líquido se traga el oro, lo abraza, forma con él una pasta blanda y plateada llamada 'amalgama'. Esa pasta se aprieta en un trapo para escurrir el mercurio sobrante y queda una bolita grisácea. Para sacarle el oro, hay que quemarla. El minero acerca una llama a la amalgama y el mercurio se evapora, emitiendo un humo tóxico a la altura de su cara, sin mascarilla, muchas veces en la cocina de casa, con los niños cerca.
El mercurio que dormita en el fondo del agua turbia de los barreños de plástico fue el primer sospechoso, antes de que nadie pronunciara la palabra 'ébola'. En un lugar donde el trabajo consiste en envenenarse despacio para poder comer, la llegada de algo que mata en una semana no parecía, al principio, una novedad. Parecía más de lo mismo, solo que más rápido.
Lo que la mina hace con un virus es multiplicarlo. Una vez que el ébola circula, el pozo lo propaga como pocos lugares en el mundo, porque junta cuerpos sudorosos en un espacio cerrado, hace compartir el agua y las herramientas, y reparte a los infectados por media docena de provincias en los camiones que siguen al mineral. El pozo es la miniatura de un pueblo entero donde todo se comparte porque no hay alternativa: el trabajo, el agua, las herramientas, los trayectos, las habitaciones, las malas noticias... Y cuando una enfermedad obliga a aislar al enfermo, lavarse las manos, desinfectar superficies y tratar los cadáveres con precauciones extremas, Mongbwalu parte con una desventaja obscena. Solo uno de cada cinco vecinos tiene acceso a agua segura; apenas una cuarta parte cuenta con retretes o instalaciones de higiene que funcionen. El agua limpia se vende a 2 dólares el bidón de 20 litros, según el coordinador de Oxfam sobre el terreno, una cifra fuera del alcance de la mayoría de las familias.
En un brote de un virus anterior se demostró que la mina funcionaba «como un congelador»: conservó vivas durante años cepas enteras del patógeno
Pero la mina no es solo el sitio donde el virus encuentra trabajadores que van y vienen. Puede ser también, antes de todo eso, una frontera biológica: la puerta por la que el virus salta del animal al hombre. El ébola se hospeda en murciélagos de la fruta, y los murciélagos viven en cuevas. Una galería excavada en busca de oro es, para un murciélago, una cueva más: un techo oscuro y húmedo donde colgarse. Un minero que pasa semanas bajo tierra, bajo ese techo, respirando ese aire y tocando esas paredes manchadas de excrementos, está demasiado cerca del reservorio del virus.
Ya ha pasado antes. Simon Mardel, médico británico que en el año 2000 estuvo cuatro meses solo, enviado por la Organización Mundial de la Salud, atendiendo un brote de Marburg, un virus casi idéntico al ébola, en una mina de oro del este del Congo, interrogó a los mineros durante semanas y recogió las muestras que permitieron rastrear el origen. Lo que reconstruyó, y contó recientemente a The Independent, parece el guion de una pesadilla: más de mil hombres al día bajaban a aquella galería por un sistema ilegal de tiques, pagaban por entrar, se quedaban días enteros bajo tierra y solo salían cuando un derrumbe llenaba el aire del olor de los cadáveres. Bebían el agua que escurría por las paredes. Cruzaban a nado pozas subterráneas para alcanzar otras galerías. Y allí abajo, dice, había miles de murciélagos, por todas partes, sin una sola gota de la luz ultravioleta que mata a estos virus frágiles. La mina, resume, funcionaba «como un congelador»: conservó vivas durante años cepas enteras del virus.
Sobre el brote de Mongbwalu, Mardel apunta a la minería. En los pozos profundos, precisa, no en las explotaciones a cielo abierto. Y lo que más le inquieta no es el agujero, sino lo que viene después. El minero enfermo tiene dinero, puede pagar atención médica y puede viajar; acaba en clínicas privadas con mal control de infecciones, donde el virus encuentra una segunda vida. «El escenario está listo para que el contagio se dispare –advierte–. Si el rastreo de contactos se queda atrás, ni siquiera la experiencia del Congo con el ébola servirá de mucho».
EL RASTRO DEL ORO
El este del Congo es una de las regiones más ricas en minerales del planeta y una de las más rotas. Décadas de guerra y unas condiciones de trabajo miserables han convertido sus minas en el caldo de cultivo perfecto para el ébola... y para un negocio igual de oscuro y peligroso.
→ El gran contrabando
El tráfico ilegal de oro congoleño es descomunal: se calcula que entre el 80 y el 98 por ciento del oro sale del país de forma ilegal, de 8 a 12 toneladas al año; unos 1200 millones de dólares. Pero el beneficio no se lo lleva el minero (que no puede procesarlo), sino las empresas que comercian con él, los intermediarios, los oficiales del Ejército que se llevan su tajada, los países vecinos —Uganda y Burundi— por donde el oro cruza camino de Dubái...
→ Lavandería del golfo
La mayor parte del oro artesanal congoleño acaba en un mismo destino: los Emiratos Árabes Unidos. La aduana emiratí no exige cer-tificados de origen a quien aterriza con lingotes en el equipaje de mano, y no hay límite a la cantidad que un pasajero puede meter así. Hay una razón técnica por la que Dubái aprecia tanto el oro artesanal africano. Los compradores prefieren los lingotes de baja ley, los menos puros, porque en ellos viajan de polizón otros metales: cuando se refina ese oro tosco, se separan plata, paladio y platino, que pueden llegar a ser el 10 por ciento de la masa original. El refinador se queda esos metales como prima.
→ La dote y el teléfono
Una vez refinado en el Golfo, el oro se vuelve anónimo y se reparte por sus dos grandes destinos. El primero, y mayoritario, es la joyería: India y China son los dos mayores consu-midores del mundo, donde el oro no es tanto lujo ocasional como ahorro familiar, dote, herencia portátil. El segundo es el lingote y la moneda de inversión, el oro que se compra para guardar mientras el mundo se tambalea. Una porción menor acaba en la industria: los contactos eléctricos de un teléfono o un ordenador llevan oro porque no se corroe.
→ El negocio del miedo
El oro nunca ha valido tanto como ahora. La onza ronda los 4000 dólares, y en enero llegó a superar los 5500. Para hacerse una idea, en agosto de 2020, en plena pandemia de covid, andaba por los 2000. El oro es el refugio clásico en tiempos de incertidumbre. A eso se ha sumado un comprador colosal y discreto, los bancos centrales, que acumulan oro a un ritmo récord para no depender tanto del dólar.