La guerra en la sombra
El servicio de inteligencia israelí causa tanto temor como fascinación, pero la guerra de Irán está mostrando sus flaquezas. ¿Se ha convertido el Mossad en un instrumento político del primer ministro, Benjamin Netanyahu? Entrevistamos a antiguos altos cargos y a expertos israelíes en seguridad, en el momento más delicado de una agencia extraordinaria y brutal.
Mossad: la guerra en la sombra
El servicio de inteligencia israelí causa tanto temor como fascinación, pero la guerra de Irán está mostrando sus flaquezas. ¿Se ha convertido el Mossad en un instrumento político del primer ministro, Benjamin Netanyahu? Entrevistamos a antiguos altos cargos y a expertos israelíes en seguridad, en el momento más delicado de una agencia extraordinaria y brutal.
La vista desde la casa de Ahmed Alafi es impresionante: en el horizonte, las montañas del Líbano; en primer plano, el valle de Bekaa y ... las columnas del templo romano de Baalbek. Pero Alafi no ve nada de eso. Donde antes estaban sus ojos, solo hay dos agujeros. Cuando quiere imaginar el rostro de su hija de seis meses, lo toca con sus manos mutiladas. Cuando quiere fumar, su esposa le acerca el cigarrillo a la boca.
No fue casualidad ni mala suerte lo que devastó a Alafi, de 33 años. Fue el servicio de inteligencia israelí, el Mossad. El 17 de septiembre de 2024 detonaron miles de buscapersonas que habían colocado entre los integrantes de la milicia chií libanesa Hezbolá. El Mossad había creado empresas fachada en Hungría y Bulgaria, desarrollado dispositivos manipulados y publicado anuncios para asegurarse de que Hezbolá los comprara años antes y sin ninguna garantía de que finalmente los utilizaría.
Según relata Alafi, miembro de Hezbolá, oyó un pitido extraño e intentó pulsar los botones OK y Enter de su 'busca', como indicaba la pantalla. Ese fue el detonador; el dispositivo explotó. Lo primero que pensó fue que había estallado una bomba. En el hospital, se enteró de que era solo uno de los muchos que habían experimentado lo mismo ese día. «Fue entonces cuando supe que se trataba de los buscapersonas y que los israelíes estaban detrás de todo», afirma Alafi. Al menos doce personas murieron y casi 3000 resultaron heridas. Al día siguiente, el Mossad detonó cientos de walkie-talkies más. El caos, el pánico y la paranoia se apoderaron de Hezbolá. Incluso los frigoríficos comenzaron a ser vistos con recelo.
Diez días después, la cúpula de Hezbolá se reunió en su cuartel general en el sur de Beirut, un búnker a diez metros bajo tierra. Entonces, aviones de combate israelíes lanzaron decenas de bombas sobre ellos; el veterano líder de esa organización que ha amenazado a Israel durante décadas, Hassan Nasrallah, fue uno de los fallecidos.
Desde entonces, los miembros más destacados de Hezbolá que resultaron heridos necesitan atención constante, lo que representa una carga financiera de por vida para la organización y para su patrocinador, Irán. Alafi, que se unió siendo adolescente, se formó como ingeniero en Irán y trabajó como experto en ciberseguridad, ha sido sometido a múltiples cirugías, ocho de ellas en Irán.
La superioridad del Mossad es su debilidad. Un país que ha perfeccionado el arte de sabotear y matar y no confía en la diplomacia está condenado a la guerra perpetua
Si la operación de los 'busca' fue o no legal según el derecho internacional, es objeto de amplio y agrio debate. Los críticos la condenan porque no solo murieron combatientes, sino también niños. Sin embargo, muchos informes transmiten un sentimiento predominante: admiración por el Mossad –traducido, 'El instituto'– cuyo nombre completo es Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales.
El Mossad no está sujeto a supervisión parlamentaria, rinde cuentas directamente al primer ministro y lleva a cabo operaciones tan brutales como brillantes, de una forma que ni siquiera la CIA se atreve a realizar, o no se le permite. Es, afirma Alafi, el mutilado de Hezbolá, «la agencia de inteligencia más criminal y poderosa del mundo».
En las primeras décadas tras su fundación en 1949, el Mossad persiguió a nazis, espió regímenes árabes y asesinó a palestinos. Pero desde 1996, cuando dos de sus agentes trajeron muestras de material radiactivo desde Irán, se ha dedicado casi exclusivamente a un objetivo: impedir que el régimen iraní fabrique una bomba atómica. Esto se ha logrado mediante operaciones espectaculares, asesinatos a sangre fría e infiltraciones. Y mientras esta guerra encubierta se desarrollaba, se preparaban para una guerra real. Israel lanzó el primer ataque importante contra Irán en junio de 2025; el segundo, junto con Estados Unidos, el 28 de febrero de 2026. Una guerra que se ha convertido en una crisis global. El ataque de Israel y Estados Unidos se basó en el plan del Mossad para derrocar al régimen iraní, pero eso no ha sucedido. Parece que el Mossad sobreestimó sus capacidades. ¿Cómo pudo ocurrir?
La búsqueda de respuestas nos lleva a la historia del servicio de inteligencia, una organización cuya superioridad también puede ser una debilidad si se convierte en arrogancia. Pero también porque un país que ha perfeccionado el arte de sabotear y asesinar a sus enemigos ya no confía en la diplomacia. Y, por lo tanto, está condenado a una guerra perpetua.
«Levántate y mátalo tú primero»
El Mossad se esfuerza por ser invisible. No tiene dirección oficial ni aparece en Google Maps. Sin embargo, la mayoría de los israelíes saben dónde se encuentra el 'Instituto': en un moderno complejo de edificios al norte de Tel Aviv. Emplea a unas 7000 personas. Su núcleo es la División Cesarea, responsable de las operaciones encubiertas, con su subunidad Kidon ('Bayoneta'), cuyos agentes planifican y ejecutan los asesinatos selectivos. «Desde la Segunda Guerra Mundial, Israel ha liquidado a más personas que ningún otro país occidental», escribe el periodista israelí Ronen Bergman en su libro La guerra en la sombra. Tras el atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023 es probable que la brecha se haya ampliado.
El asesinato ha sido parte del ADN del Mossad desde sus inicios. «Si alguien viene a matarte, levántate y mátalo primero»: esta frase del Talmud sigue siendo su lema informal. Y eso, por supuesto, está relacionado con el Holocausto.
La gente se une al Mossad por dos razones, explica Mishka Ben-David, de 74 años, en una videoconferencia desde un pueblo cerca de Jerusalén. En primer lugar, por la fe inquebrantable en el Estado judío. Y en segundo, por el Holocausto.
Los abuelos de Ben-David fueron asesinados por los nazis. Él se encaminaba a ser profesor de literatura, pero sentía que le faltaba algo, dice. Así que solicitó un puesto anunciado en un periódico; buscaban académicos con conocimiento de idiomas extranjeros. Se reunió con unos hombres en un apartamento en Tel Aviv. Le preguntaron: «¿Quiénes crees que somos?».
La mayoría de los israelíes oyeron hablar del Mossad por primera vez en 1960, incluido Ben-David. Fue entonces cuando unos agentes secuestraron al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en Argentina y lo llevaron a Israel, donde fue condenado a muerte y ejecutado. Y luego tuvo lugar el atentado en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972: terroristas palestinos asesinaron a once atletas y entrenadores israelíes. Posteriormente, la primera ministra Golda Meir ordenó al Mossad que eliminara a todos los responsables. Tres semanas después, el primer sospechoso fue abatido a tiros en Roma, seguido por asesinatos en Chipre, Líbano y Francia. En Noruega, un marroquí inocente fue asesinado, lo que desencadenó un incidente diplomático. Cinco agentes del Mossad fueron condenados a prisión, pero poco después se los extraditó a Israel, donde se los liberó. «Estas operaciones consolidaron la reputación del Mossad», afirma Ben-David. Unos años más tarde, se unió al 'Instituto'. Se convirtió en agente de la División Cesarea, la misma que había dado caza a los autores de la masacre de Múnich. Pronto se vio involucrado en operaciones de las que aún no habla. Solo una de ellas alcanzó fama mundial por haber fracasado estrepitosamente.
Mor ayudó a instalar 'malware' en los servidores de Irán –en su Hacienda, en la compañía telefónica...– a través de empleados a quienes engañó haciéndoles creer que quería hacer negocios
En 1997, el Mossad intentó envenenar al líder de Hamás, Khaled Meshal, en Amán (Jordania), rociándole un derivado de fentanilo en el oído. Los agentes fueron arrestados, y el rey jordano dijo que solo los liberaría si Israel proporcionaba un antídoto. Israel tuvo que rescatar a su archienemigo. El agente que entregó el antídoto fue Ben-David. El hombre que ordenó la operación: Benjamin Netanyahu.
Ben-David se retiró del servicio en 1999 y ha escrito más de 20 novelas de espionaje en torno al Mossad, que son superventas en Israel. Poco después de que él lo dejara, Meir Dagan se convirtió en el director del Mossad. Bajo su mando, comenzó la guerra encubierta contra Irán: asesinatos de científicos, actos de sabotaje, ciberataques. «La tecnología ha pasado de ser una herramienta a ser un componente central de las operaciones», afirma Eyal Hulata, que ha servido al Mossad 23 años, unos cuantos como jefe de tecnología. El Mossad incluso creó hace ya diez años su propio fondo de capital de riesgo para startups, lo que ha hecho que Israel sea la potencia cibernética más importante después de Estados Unidos.
Jonathan Mor también participó en esto. El nombre es un seudónimo; la reunión con él tuvo lugar en una ciudad del Mediterráneo, cuya ubicación no se puede revelar. Lo que sí se puede decir es que es holandés, convertido al judaísmo y con nacionalidad israelí. Sirvió en el ejército, fue reclutado por la inteligencia militar y, posteriormente, en 2001, por el Mossad. Mor se hacía pasar a veces por un empresario sudafricano, a veces por un hotelero holandés, a veces por un inversor alemán; recibía a sus invitados en yates, villas, clubes nocturnos, siempre elegantemente vestido. Era un experto en entablar relaciones para reclutar informantes y cómplices.
50 infiltrados sin saberlo
Mor afirma que a lo largo de los años le asignaron más de 50 objetivos: científicos, militares y diplomáticos. Todo el proceso de reclutamiento duraba meses, a menudo años. Hizo creer a la mayoría que trabajaban para otras agencias de inteligencia: la estadounidense, la británica o la alemana.
Mor trabajó para el Mossad durante casi 20 años; ahora ha plasmado todo en un libro que acaba de publicarse en los Países Bajos. El exagente estuvo involucrado en la implantación de malware [virus malicioso] en los sistemas informáticos de Irán –en su Hacienda, en la compañía telefónica y en las instalaciones nucleares– a través de empleados a quienes engañó haciéndoles creer que quería hacer negocios con ellos. Gracias a eso, se dice que los servicios de inteligencia israelíes pueden interceptar prácticamente todas las llamadas telefónicas en Irán hasta hoy.
Según Mor, en una ocasión vendieron componentes manipulados para equipos usados por la Guardia Revolucionaria en la construcción de lanzadores de misiles. Iban equipados con rastreadores GPS, lo que permitía a Israel monitorear su ubicación en tiempo real.
Pero un hombre no estaba convencido de que la guerra encubierta disuadiría a Teherán de desarrollar una bomba nuclear: Netanyahu. Tras convertirse en primer ministro en 2009, ordenó al ejército y a los servicios de inteligencia que se prepararan para un ataque militar. El entonces jefe del Mossad, Dagan, no estaba de acuerdo: «Atacar las instalaciones nucleares –dijo– es la idea más estúpida que he oído jamás». Su sucesor compartía esta opinión. Y también el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama. El ataque nunca se produjo.
Ahmadineyad negó el Holocausto y amenazó con destruir Israel, pero el Mossad lo consideró idóneo para presidir Irán tras el reciente ataque conjunto con EE.UU.
En 2016, Netanyahu regresó al poder y nombró jefe del Mossad a Yossi Cohen. Poco después, le exigió que lo ayudase a anular el acuerdo nuclear que se había firmado con Irán aportando pruebas de que los ayatolás mentían, según cuentan los periodistas israelíes Yonah Jeremy Bob e Ilan Evyatar en su libro Objetivo Teherán. El servicio de inteligencia desarrolló entonces un plan para robar el archivo nuclear de Irán. Dos años después, agentes israelíes lograron sacar de contrabando media tonelada de archivos y dispositivos de almacenamiento de datos del país. Fue, sin duda, el mayor y más descarado robo de material de inteligencia en territorio enemigo. Netanyahu mostró los documentos en una presentación meticulosamente ensayada en televisión. «Irán mintió», dijo. En realidad, los documentos más recientes databan de 2003 y no constituían una prueba de violaciones del acuerdo. Pero sirvió: una semana después, Donald Trump se retiró del acuerdo nuclear. Y anulado ese acuerdo, Irán reanudó el enriquecimiento de uranio en 2019. Israel se encaminaba casi inevitablemente hacia la guerra con Irán.
El inesperado hombre elegido
Desde entonces, el Mossad ha reclutado a un gran número de iraníes como informantes y colaboradores. «Los iraníes no tienen ni idea de cuántos fueron reclutados por el Mossad y la CIA, incluso miembros de la Guardia Revolucionaria», afirma el exagente Mor. Unos por dinero; otros, por venganza; otros, con la esperanza de desempeñar un papel tras un cambio de régimen.
Algunos de esos reclutados podrían haber participado en la operación para neutralizar las defensas antimisiles de Irán en la madrugada del 13 de junio de 2025. Poco después, más de 200 aviones israelíes atacaron objetivos iraníes, causando la muerte de importantes figuras militares y científicos nucleares. Fue el preludio de la 'primera' gran guerra contra Irán.
Pero pronto quedó claro que el uranio altamente enriquecido no había sido destruido. E Israel empezó a planificar la 'segunda' guerra. Esta vez, el derrocamiento del régimen era el objetivo, por deseo expreso de Netanyahu. Un papel crucial en todo esto lo desempeñaría uno de los mayores enemigos de Israel: el expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad.
Durante su mandato, de 2005 a 2013, negó el Holocausto y amenazó con destruir Israel. Sin embargo, recientemente, se ha distanciado del régimen de Teherán y de su líder supremo, Ali Jamenei. El Mossad lo consideró una figura idónea para tomar el poder, según reveló The New York Times, después de haber mantenido varios contactos con él, uno de los cuales se produjo durante un viaje a Hungría, todavía presidida por Viktor Orbán, con la excusa de que Ahmadineyad iba a dar una conferencia en una universidad.
Cuando el jefe del Mossad, David Barnea, y Netanyahu presentaron el plan a Trump a principios de este año, este quedó fascinado con la idea de Ahmadineyad como aliado, afirma el experto en inteligencia Ronen Bergman. Trump dio luz verde al ataque.
Años de infiltración y espionaje cibernético permitieron determinar al Mossad el paradero de la cúpula dirigente iraní, lo que llevó a Israel y Estados Unidos a atentar el 28 de febrero contra la residencia del Líder Supremo, Ali Jamenei. Acabaron con su vida y la de casi toda su cúpula. Sin embargo, el régimen no cayó.
En aquellas horas de confusión, Ahmadineyad, según The New York Times, fue llevado a un lugar secreto por agentes iraníes que trabajaban para el Mossad para confirmar su implicación en el plan. Pero, al parecer, se sintió decepcionado con la propuesta del Mossad para hacerse con el poder en Irán y desapareció. No se le volvió a ver hasta principios de julio, en el funeral de Jamenei.
Actualmente, parece que el Mossad es responsable de uno de los mayores fracasos estratégicos de Israel. La guerra con Irán ha costado miles de vidas y ha fortalecido al régimen de Teherán. Pero el Mossad no solo calculó mal, sino que también fue instrumentalizado para facilitar la guerra que Netanyahu llevaba tiempo buscando. Son los israelíes, incluidos exoficiales de alto rango del Mossad, quienes están más preocupados por esta influencia del primer ministro.
Ram Ben-Barak es uno de ellos. Trabajó para el Mossad tres décadas, como subdirector y, antes, como jefe de la División Cesarea. Ben-Barak sigue considerando que retirarse del acuerdo nuclear fue una grave equivocación y que el robo del archivo nuclear «fue un error garrafal». Tras el espectáculo de Netanyahu contándolo, el régimen iraní arrestó a «muchísimas personas» y desde entonces ha actuado con mucha más cautela. «Eso dificultó enormemente nuestro trabajo en Irán». A Netanyahu no le importó. «Él hace lo que le conviene personalmente», dice.
Al ex primer ministro Ehud Ólmert también le preocupa la creciente influencia de Netanyahu sobre el Mossad, lo que es especialmente patente con su nuevo jefe: Roman Gofman, ex secretario militar del primer ministro, un derechista sin experiencia en el Mossad, que apenas habla inglés. Dado que el Mossad está subordinado únicamente al primer ministro, las puertas al abuso de poder están ahora abiertas de par en par.
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