¿Por qué Putin no sufre atentados como los de Trump? Así es el escudo humano del zar
El presidente ruso vive rodeado de 'cuatro círculos' de seguridad. Su guardia pretoriana ha redoblado su vigilancia ante el temor de un complot contra su jefe.
«Fidel Castro me dijo una vez: '¿Sabes por qué sigo vivo?'. Porque siempre me he ocupado personalmente de mi seguridad». Se lo cuenta Vladímir Vladímirovich Putin al cineasta Oliver Stone en el documental Entrevistas a Putin (2017). Y el ruso, que como el camarada cubano quiere morir de viejo, tomó buena nota de las palabras del Comandante, quien a lo largo de su medio siglo de dictadura sufrió hasta 634 intentos de asesinato… y se despidió de esta vida en su cama.
Putin, que lleva 26 de sus 73 años gobernando Rusia con mano de hierro, se ha sabido rodear de hombres absolutamente leales para garantizar su seguridad allá donde vaya. Mientras en apenas dos años el mundo ha sido testigo directo de dos atentados contra Donald Trump (hubo un tercer intento, en su residencia de Mar-a-Lago, pero el sujeto fue abatido antes), Putin no ha sufrido ni un rasguño, y el único percance físico que se conoce ocurrió tras caerse de un caballo. Poca cosa para un macho alfa al que hemos visto sumergirse en aguas heladas, midiendo su destreza sobre un tatami de judo, desafiando a un oso pardo y hasta liberando tigres en Siberia. De su centenar de guardaespaldas solo un puñado constituye su guardia pretoriana, la última barrera humana, una élite de su absoluta confianza que le ha jurado lealtad eterna y lo protege las 24 horas, apareciendo en fotos y vídeos oficiales como piezas de ajedrez alrededor del rey.
Del exprofesional del baloncesto a la «belleza eslava»
Algunos son verdaderas leyendas, como Nikita Belenky, un exjugador profesional de baloncesto, inconfundible con sus 'indiscretos' dos metros de estatura. Otros copan las redes sociales, como Anton Afinogenov, convertido en la sombra de Putin, como lo atestiguan las numerosas imágenes que de él circulan por Internet: adelantándose a abrir la puerta de la limusina dos pasos por detrás del jefe cubriéndole la nuca, escaneando cada gesto, siempre al acecho y dominando el entorno, incluso en las superprotegidas moquetas diplomáticas.
Imponente (una 'montaña rusa' de 100 kilos de músculo) y atractivo («belleza eslava» lo llama una seguidora en X), el rostro serio de Afinogenov roza lo impenetrable. Hay un vídeo en el que su mirada se cruza con la del guardaespaldas de Xi Jinping (otro igual) en una cumbre Rusia-China. Ambos se intercambian lo que parece un saludo con los códigos de dos colegas que se respetan. Él esboza una calculada sonrisa, pero la leve grieta se cierra de inmediato devolviendo el semblante a la habitual faz de hielo. Pura disciplina y autocontrol.
Hay cierta paranoia en la seguridad de Putin: «En un desfile militar había un francotirador apuntando a cada uno de los soldados a los que les tocaba marchar ante él», recuerda un veterano corresponsal en Moscú
Afinogenov, del que apenas existen datos biográficos o familiares más allá de que ronda la treintena y que no parece ser un tipo sociable y dicharachero, lleva desde 2016 como escolta personal de quien es uno de los mandatarios más protegidos del mundo, un presidente que arrastra una larga lista de enemigos que lo querrían ver muerto. El terrorismo yihadista siempre lo ha tenido en su punto de mira, pero desde la invasión rusa de Ucrania se pide la vez en la cola de potenciales asesinos. Sin contar, claro, a los de su propia casa. Pese a que sus rivales políticos han acabado encarcelados, exiliados o muertos, un reciente informe de la inteligencia europea revela que el Kremlin ha reforzado la seguridad en torno a Putin ante el riesgo de un complot contra él. Xavier Colás, corresponsal doce años en Rusia y autor de Putinistán (La Esfera de los Libros), recuerda un desfile militar en medio de la nada en el que un francotirador apuntaba a los periodistas y otro, a ras de suelo, a cada uno de los soldados que les tocaba marchar ante Putin. «Cuando pasaba un tanque, apuntaba al que iba fuera del tanque sacando la cabeza. Cuando pasaba un jeep, a los cuatro que iban en el jeep. Cuando pasaban ocho a la carrera corriendo con el fusil en la mano, a los ocho. Tal era la paranoia de seguridad».
Pero volvamos al escolta de la «belleza eslava», que al igual que sus camaradas oculta bajo la chaqueta una pistola semiautomática MP-443 Grach cargada con 18 balas. Afinogenov forma parte del primer anillo de seguridad de Putin, una discreta coreografía que mientras Vladímir camina, sonríe, habla, saluda o calla opera en la sombra para neutralizar cualquier amenaza... antes de que exista.
Frente a ese blindaje casi quirúrgico que convierte al zar ruso en un objetivo se diría que inalcanzable, la protección de Donald Trump ha dejado al descubierto fisuras incómodas: intentos fallidos de atentado, disparos que casi le vuelan la cabeza, tiroteos y errores en el perímetro de seguridad que han puesto en entredicho al servicio secreto de Estados Unidos. La diferencia es brutal. Putin apenas concede margen al azar.
Pelo corto, ni barba ni tatuajes, expertos en artes marciales...
Según ha detallado a la BBC el experto en seguridad rusa Mark Galeotti, Putin se rodea de 'cuatro anillos' que velan por su integridad en actos multitudinarios al aire libre, donde los riesgos se multiplican. El primer anillo, el más cercano, se compone de escoltas personales, como Afinogenov; el segundo está integrado por agentes que se camuflan entre el público; la tercera capa de seguridad rodea el gentío para evitar que entren o se acerquen personas sospechosas; y, por último, el cuarto círculo está conformado por francotiradores armados con fusiles de alta precisión Orsis T-5000 y Orsis F17, un rifle de fabricación rusa con alcance de mil metros.
Igual que los demás escoltas del primer anillo, Afinogenov es un oficial del SBP (Servicio de Seguridad Presidencial), una unidad de élite dentro del FSO, el Servicio Federal de Protección, el hermético aparato del Kremlin que protege a altos funcionarios estatales, incluido el presidente.
El agente cuenta con formación militar de combate (lo que incluye manejo de armas blancas y de fuego), entrenamiento en defensa personal y es experto en sambo, un arte marcial originario de la Unión Soviética que recopila técnicas del judo, jiu-jitsu, kárate, lucha libre, boxeo... Y por supuesto cumple con los requisitos formales de excelente condición física, una altura superior al 1,80, pelo corto, ausencia de barba o bigote, así como de tatuajes visibles o piercings, además de haber superado entrevistas personales para probar su lealtad, rectitud y fervor patriótico.
«Los agentes del SBP están entrenados en artes marciales, se someten a un riguroso proceso de selección y entrenamiento, y a controles de seguridad, ya que tienen acceso al Kremlin y a las residencias presidenciales en todo el país», cuenta a XLSemanal desde su exilio de Londres Andréi Soldátov, periodista de investigación y cofundador de Agentura, un medio especializado en los entresijos de los servicios secretos rusos. Para Soldátov, Putin es uno de los mandatarios más protegidos del mundo y recuerda que ha sobrevivido a entre doce y trece intentos de asesinato.
Siguiendo los consejos de Fidel Castro, Vladímir Putin jamás deja nada a la improvisación. Quiere, busca y exige el control absoluto en todo lo que respecta a su custodia personal y la de su familia. Conoce el paño, pues él mismo se tuvo que guardar las espaldas como espía de la antigua KGB. En ese microcosmos de seguridad casi enfermiza, todo está planificado. Sus 'gorilas' no caminan, orbitan en torno a él. No acompañan, encapsulan el espacio para poder reaccionar antes de que ocurra algo.
«Cada camarero es un oficial en servicio activo»
«Cuando Putin planea viajar al extranjero, el SBP envía un equipo por adelantado y lleva consigo un amplio dispositivo con limusinas blindadas. Por lo general, el SBP tiene la última palabra sobre la organización de los viajes, incluyendo la velocidad del cortejo, que siempre es extremadamente alta por motivos de seguridad», describe Soldátov.
La vigilancia de lo que come es estricta. Si Putin pesca un pez en sus vacaciones y pide que se lo cocinen para la cena, se somete a pruebas de laboratorio y sus chefs-agentes lo degustan antes de servírselo
El mandatario procura evitar los helicópteros. Prefiere la caravana masiva, con motocicletas, berlinas, todoterrenos negros... En la comitiva destaca la superlimusina presidencial, una lujosa Aurus Senat, la versión rusa de La Bestia que traslada a Trump, un acorazado rodante de 6,62 metros de largo y 6,5 toneladas de peso, cien por cien made in Rusia y resistente a ataques de todo tipo, incluyendo amenazas químicas, biológicas y misiles.
Los agentes del SBP también se ocupan de las comidas de Putin. Ante el temor de ser envenenado, cuenta con un catador personal que chequea lo que va a ingerir y que, junto con sus propios chefs, lo acompañan en todos sus desplazamientos.
Como nos cuenta Ilia Rozhdestvenskii, coautor de un extenso informe sobre las actividades del SBP, publicado por Dossier Center –un equipo de periodistas de investigación fundado por la oposición rusa en el exilio–, toda la comida se somete a estrictos controles: ingredientes seleccionados, pruebas de laboratorio y degustación previa por parte del personal del SBP. «Prueban la comida para asegurarse de que esté bien cocinada y como medida de precaución contra intoxicaciones», apunta Ilia, desde Lituania, donde reside tras abandonar Moscú poco antes del comienzo de la guerra de Ucrania. «También llevan consigo kits portátiles que les permiten verificar si un animal capturado es apto para el consumo», añade.
Este protocolo se aplica incluso a los peces que Putin pesca durante sus vacaciones. «Si el presidente pesca un lucio y dice: 'Quiero prepararlo para la cena', los especialistas realizan pruebas rápidas que detectan toxinas, niveles de mercurio y cualquier posible contaminación bacteriana. No se sirve nada sin antes analizarlo», explica, por su parte, el chef Vladímir Olegovich.
Putin sigue una dieta estricta: nada de procesados ni alcohol. Prefiere platos como el pescado salvaje, la carne de caza y la ensalada Olivier (nuestra ensaladilla rusa con más ingredientes). Y si en una recepción en el extranjero hay un brindis oficial con champán, a él se lo sirven de la botella que su equipo le lleva, no de la del resto.
«Cada chef y cada camarero es un oficial en servicio activo que ha recibido entrenamiento de combate. Así que decir que somos solo chefs no es del todo correcto. Todos servimos a nuestro país, servimos al máximo mandatario de la Federación Rusa», añade el cocinero-agente Olegovich.
Los escoltas del Servicio de Seguridad Presidencial se encargan igualmente de la seguridad de las residencias y dachas de descanso de Vladímir Putin a lo largo del país, todas ellas (Moscú, Sachi, Kaliningrado, Valdái…) protegidas por baterías de defensa aérea, y en las que tareas aparentemente tan banales como cortar el césped son supervisadas o directamente realizadas por los propios agentes del SBP. «No cabe duda de que Putin está extremadamente protegido. Es el presidente de un Estado agresor, lleva más de cuatro años en guerra y, sin embargo, sigue vivo. Se están tomando medidas extraordinarias para garantizar su seguridad. Por ejemplo, una de sus residencias principales, en Valdái, está rodeada de defensas antimisiles. Es difícil imaginar otro país donde tales sistemas, en lugar de proteger el territorio y la población, se utilicen para proteger a una sola persona», censura Ilia.
A medio camino entre Moscú y San Petersburgo, en una península entre los lagos Uzhin y Valdái, esta propiedad de verano, conocida como 'la casa dorada' por sus lujosos interiores, era utilizada regularmente por la actual pareja de Putin, la excampeona olímpica de gimnasia Alina Kabáyeva, de 43 años, y los dos hijos que ha tenido con él, pero según el informe de la inteligencia europea la familia ha reducido drásticamente sus estancias allí.
Privilegios de una 'casta especial': de 'gorila' a posible sucesor
Dossier cifra en una cantidad que oscila entre 2000 y 2500 euros el salario de los guardaespaldas del zar, una paga más que aceptable teniendo en cuenta que dobla el sueldo medio en una ciudad como Moscú. Aun así, el Kremlin suele recompensarles por los servicios prestados (y por su fe ciega en el jefe supremo) con altos cargos en la Administración, la pasarela perfecta para amasar una fortuna y formar parte del selecto y poderoso club de adinerados oligarcas rusos.
«Son como una casta especial», los define Ilia, quien recuerda que trabajar para el SBP significa estabilidad laboral y jubilación anticipada. Pero, además, «ofrece contactos y oportunidades de ascenso profesional». Lo ejemplifica el exguardaspaldas Alexéi Diumin, que fue viceministro de Defensa y gobernador de la región de Tula, y hoy es secretario del Consejo de Estado y posible sucesor de Putin. «Asimismo –cuenta el periodista de Dossier–, pertenecer al SBP permite a sus miembros sentir que participan en algo más grande: la gobernanza del país».
Y ciertamente es así. La guardia pretoriana de Putin es consciente de que la seguridad del jefe de Estado equivale a la seguridad de todo el régimen. Una herida de bala en la oreja o una evacuación abrupta por un tiroteo en una ceremonia de gala sería una catástrofe en todos los sentidos y mandaría al mundo un mensaje de vulnerabilidad de Rusia y de su presidente, al que tanto le gusta presumir de fortaleza. Saben que proteger al hombre es proteger al Estado. Y fallar no es una opción.