El rancho de los horrores de Epstein
Ni la mansión de Nueva York ni la isla del Caribe: los peores crímenes de Jeffrey Epstein podrían haberse cometido en su mansión de Nuevo México, incluyendo experimentos genéticos. Se buscan hasta cadáveres...
«Kilómetros y kilómetros de montaña y polvo. Sin un alma cerca, sin cobertura de teléfono, sin nadie a quien gritar». Así ha descrito la actriz Chauntae Davies, superviviente del caso Epstein, la vida en el rancho de Nuevo México, la única gran propiedad del millonario pederasta que los investigadores, por muy increíble que pueda parecer, nunca habían registrado hasta la fecha.
Davies recuerda que pasaba mucho tiempo en su habitación «como un ratón en una trampa», esperando a que alguien llamara a la puerta para anunciar que su jefe y anfitrión estaba listo para su masaje. Es decir, para violarla. La víctima de Epstein habla también del contraste con lo que se veía fuera. «Las chicas montaban a caballo por una meseta llena de petroglifos». Tenían la falsa impresión de estar en una especie de retiro formativo y bajaban la guardia.
Davies, que visitó varias veces el rancho de 2001 a 2005, recuerda haber oído allí conversaciones sobre «el banco genético perfecto». Una de ellas, cuenta, mencionaba el nacimiento de un bebé que Ghislaine Maxwell se habría llevado. «Una mañana me desperté en una habitación oscura junto a una mujer que parecía una doctora, con la sensación de que me habían hecho algo mientras dormía».
En 60 minutes Australia, el mismo programa donde habló Davies, la congresista demócrata Melanie Stansbury, que ha tenido acceso a archivos del FBI sin censurar, describe la declaración de un hombre que asegura haber sido drogado en el rancho y vio cómo violaban allí a varios chicos jóvenes. Este hombre no ha aparecido en público y su relato tampoco ha sido corroborado.
Los perros de la Policía entraron en el rancho el pasado 9 de marzo. Unidades caninas del condado de Sandoval llegaron en una caravana de vehículos del Departamento de Justicia de Nuevo México y de la Policía Estatal. La verja, en hierro forjado, tiene grabadas una 'J' y una 'E' entrelazadas: las iniciales del dueño: Jeffrey Epstein.
La operación se produjo nada menos que siete años después de que, en noviembre de 2019, se presentara la denuncia que ha llevado, por fin, a las autoridades a cruzar esa verja. Por entonces, alguien que dijo haber sido empleado del rancho mandó un correo a una radio de Albuquerque. Pedía un bitcoin –ocho mil dólares entonces– por siete vídeos de abusos sexuales a menores que decía haber sustraído de la mansión, y ofrecía la ubicación de los cuerpos de dos chicas que, según el remitente, habían muerto estranguladas en el rancho y habían sido enterradas en los cerros. Decía que Epstein y su cómplice, Ghislaine Maxwell, habían dado la orden.
«Parcelas tipo tumba» en los alrededores del rancho
El correo fue reenviado por el dueño de la emisora al FBI, pero no hay constancia de que se investigara. Permaneció seis años fuera del dominio público hasta que la ley de transparencia obligó a su desclasificación en 2025. Fue entonces cuando Stephanie Garcia Richard, comisionada estatal, solicitó a la Justicia que se tirase del hilo. Días después, dos legisladores recibieron por correo electrónico una carpeta con fotografías de lo que el remitente (también anónimo) describía como «parcelas tipo tumba» en los cerros que rodean el rancho. Decía haberse colado en la propiedad en el verano de 2020 y haber tomado las fotos entonces. Sospechaba que los cuerpos ya no estaban: las parcelas, según él, aparecían excavadas y vacías. Las imágenes no se han verificado; tampoco se han descartado.
Jeffrey Epstein compró las casi tres mil hectáreas del rancho en 1993 al gobernador saliente Bruce King (demócrata) por unos doce millones de dólares, levantó allí una mansión, una pista privada de aterrizaje, un hangar para su avión y un helipuerto. La llamó Zorro Ranch.
Un exempleado dijo en 2019 que dos chicas fueron estranguladas en el rancho y estaban enterradas en los cerros. Ofreció pruebas a cambio de dinero
Epstein murió en 2019, ahorcado con una sábana en una celda de Manhattan mientras esperaba juicio por tráfico sexual de menores. Siete años después de su presunto suicidio, los perros olfatearon aquel páramo inmenso, desolado y aterrador. La búsqueda incluyó también drones para una reconstrucción tridimensional del terreno. Hasta donde se ha informado, no se han hallado restos humanos. Pero tampoco se ha publicado todavía el informe final.
Epstein nunca deja de ser noticia. Cada filtración reabre el escándalo: la red internacional de tráfico de menores con la que un financiero con muchos y muy poderosos amigos operó durante al menos dos décadas. Sus propiedades –la isla privada en el Caribe, la mansión de siete plantas en Manhattan y la finca de Palm Beach– se han convertido en estaciones de un viacrucis mediático.
Faltaba una. La más grande, la más aislada, al sur de Santa Fe, donde la carretera estatal 41 atraviesa una llanura desnuda y las pistas de tierra se pierden en el horizonte. El rancho de los horrores. Por allí pasaron, según los recuentos disponibles a partir de juicios civiles y testimonios bajo juramento, al menos diez chicas que aseguran haber sufrido abusos. Se sospecha que fueron muchas más.
La primera denuncia formal contra Epstein y Maxwell la presentó Maria Farmer, pintora, en 1996 ante la oficina del FBI en Nueva York. Su hermana pequeña, Annie, de 16 años, había sido invitada al rancho meses antes con la promesa de un retiro con otros chicos de su edad y la perspectiva de que Epstein la ayudara a entrar en la universidad. Annie contó que Epstein y Maxwell la llevaron a comprar botas de cowboy «muy caras»; al cine, donde Epstein le acarició la mano; y después a una habitación donde Maxwell le dio un masaje en el que le tocó los pechos. A la mañana siguiente, Epstein se metió en su cama. Annie se encerró en el baño, aterrorizada. Volvió al instituto y guardó silencio durante años.
Políticos que sabían lo que estaba pasando
Virginia Roberts Giuffre es la víctima más visible, la que demandó al príncipe Andrés. Giuffre, que se suicidó en 2025, relató que Epstein la mandó a Nuevo México, todavía menor de edad, a tener relaciones sexuales con el entonces gobernador del Estado, el demócrata Bill Richardson. Richardson, que murió en 2023, lo negó, aunque admitió haber visitado el rancho. A esta lista hay que añadir a la propia Davies, que en 2019 denunció en la CBS que la habían violado al menos dos veces en el rancho; y a Rachel Benavidez, quien cuenta que la primera vez que pasó las dos cancelas de seguridad del camino de tierra que sube al rancho sintió un miedo físico y que fue agredida sexualmente de forma repetida durante dos años. Sigrid McCawley, abogada que ha representado a centenares de víctimas de Epstein, lo resume así: «Muchas de las supervivientes tuvieron experiencias en Nuevo México. Y había políticos locales y otra gente que sabía lo que estaba pasando». Si lo sabían, ¿por qué no hicieron nada?
Otra pregunta es por qué Epstein eligió este lugar. Él mismo dio la respuesta en 2019, en una entrevista con Steve Bannon, exestratega jefe de Donald Trump, que se grabó pero nunca llegó a emitirse. Epstein dijo que se interesó por Nuevo México a principios de los años noventa porque le habían hablado del Instituto de Santa Fe y de las empresas en torno a los exempleados del Laboratorio Nacional de Los Álamos. Vino, en otras palabras, en busca de cerebros.
El Instituto de Santa Fe es una de las instituciones más curiosas de la ciencia norteamericana. Lo fundaron en 1984, en plena era Reagan, un grupo de científicos en su mayoría procedentes de Los Álamos, donde cuarenta años antes Robert Oppenheimer había dirigido la construcción de la primera bomba atómica. Querían un sitio de investigación interdisciplinar, libre de las jerarquías universitarias y los limitados presupuestos federales. Empezaron en una casita y acabaron en un campus discreto sobre las colinas. Su financiación venía cada vez más de donantes privados y allí, en algún momento, entró Jeffrey Epstein.
Premios Nobel, eugenesia y criogenia
Le abrió la puerta Murray Gell-Mann, Nobel de Física en 1969 por la formulación del modelo de quarks y cofundador del propio Instituto. Fue Ghislaine Maxwell quien puso en contacto a Epstein con el Nobel, en los años noventa, según testimonio de la propia Maxwell en 2025. La conexión venía de antes: el padre de Ghislaine, el magnate y espía británico Robert Maxwell, muerto en 1991, había hecho su propia donación al Instituto en 1990 para dotar una cátedra.
Epstein y Gell-Mann se hicieron amigos. En la introducción de su libro El quark y el jaguar, publicado en 1994, Gell-Mann agradece a Epstein el apoyo financiero a su trabajo. El Instituto recibió donaciones del magnate incluso después de su primera condena en Florida por solicitar los servicios de prostitución de una menor.
Gell-Mann nunca fue acusado de ningún delito. Tampoco lo fueron los muchos otros científicos de altísimo nivel que estuvieron en la órbita de Epstein. La lista, reconstruida a partir de los archivos del Departamento de Justicia y las agendas del propio Epstein, marea: Stephen Hawking, el genetista de Harvard George Church, los Nobel de Física Frank Wilczek y Gerard 't Hooft, el psicólogo Steven Pinker, el padre de la inteligencia artificial Marvin Minsky...
De los científicos, Epstein quería prestigio. La asociación con premios Nobel le servía para sentir que pertenecía a su categoría. Era la cohorte de validación de su más secreto y ambicioso experimento. Jaron Lanier, uno de los pioneros de la realidad virtual, contó a The New York Times en 2019 que un científico al que conocía le había dicho años antes que Epstein pretendía utilizar el rancho para «sembrar la raza humana con su ADN» inseminando mujeres. El donante masculino era exclusivamente él. Las jóvenes del rancho –seleccionadas por su belleza– eran las incubadoras. De hecho, una de las cuestiones que suscitan más teorías de la conspiración es la posibilidad de que existan descendientes del pederasta, aunque, de momento, no hay datos que lo avalen. La revista Physics World informó ese mismo año de que Epstein también promovía la criogenia: había contado a un transhumanista que tras su muerte quería que le congelaran la cabeza y el pene.
Epstein, dicen personas cercanas, comenzó a relacionarse con científicos en busca de validación para su experimento más ambicioso: inseminar a mujeres para «sembrar la raza humana con su ADN»
Cuando el FBI registró las propiedades de Epstein en julio de 2019, no entró en Zorro Ranch. El fiscal general de Nuevo México, Héctor Balderas, había abierto entonces una pesquisa propia a partir de las denuncias de víctimas como Annie Farmer. La Fiscalía federal del distrito sur de Nueva York le pidió por escrito que parara, alegando una investigación multijurisdiccional. Balderas paró. Epstein murió un mes después. La investigación no se reabrió hasta 2026.
En 2023, cuatro años después de la muerte de Epstein, el rancho se sacó a subasta para indemnizar a víctimas y acreedores. Lo compró la familia de Don Huffines, exsenador republicano de Texas, multimillonario inmobiliario y trumpista. Huffines tiene el respaldo del senador Ted Cruz y contaba también con el del activista asesinado Charlie Kirk. Rebautizó el rancho como San Rafael y anunció que su familia planeaba convertirlo en retiro cristiano. Cuando se reabrió la investigación, declaró que cooperaría. Hay una comisión en marcha. Cuatro legisladores, dos por partido, han recibido el encargo de poner por escrito qué pasó en el rancho durante veinte años. No les corresponde llevar a nadie a los tribunales: Epstein lleva muerto siete años, Maxwell cumple veinte de prisión. Su objetivo es que se sepa la verdad. Un primer informe está previsto para el 31 de julio.
ASÍ ERA EL RANCHO POR DENTRO