El robo del siglo y el genial impostor que lo planeó (o no)
Albert Spaggiari pasó a la historia como el cerebro del golpe más célebre de la historia criminal francesa. Un mérito que no le correspondía del todo. Cinco décadas después del atraco al banco Société Générale de Niza, te contamos la verdadera historia de este delincuente irrepetible.
En 1976, Albert Spaggiari, que entonces tenía 44 años, era un respetable fotógrafo de Niza. Captaba momentos memorables de sus ciudadanos, cubría bodas, actos relevantes... ... Era bueno en su trabajo. Su estudio fotográfico, Los Gansos Salvajes, había prosperado hasta el punto de convertirlo en el fotógrafo oficial del ayuntamiento; se movía con soltura entre concejales y empresarios locales, y le gustaba pasearse por el puerto con trajes caros, gafas de sol y un puro en la boca.
Fue en ese entorno donde Spaggiari oyó la información que cambiaría su vida. Un concejal relacionado con el banco Société Générale le comentó un día las extraordinarias medidas de seguridad de la sucursal de Niza: muros enormes, una puerta de 20 toneladas, hormigón armado a cascoporro... Pero lo que fascinó a Spaggiari no fue lo que el banco tenía, sino lo que no tenía: ninguna alarma digna de ese nombre.
El banco confiaba tanto en la solidez de sus muros que había considerado innecesario instalar sistemas de alarma en la cámara acorazada donde estaban las cajas fuertes de sus clientes.
El fotógrafo decidió comprobarlo: alquiló una caja fuerte en la Société Générale, guardó dentro un despertador, programó el reloj para que sonase a medianoche y esperó. Si existían detectores sísmicos o acústicos, alguien acudiría. Nadie acudió. El despertador hizo su trabajo. El banco no.
Para entender cómo un fotógrafo municipal acabó planeando un asalto imposible hay que retroceder unos cuantos años. Spaggiari, en realidad, llevaba toda la vida coqueteando con el delito. A los 17 años fue detenido por robar un diamante en una joyería. Y ya entonces demostró su talento para la ficción: apenas pisó la cárcel porque alegó que era un regalo para su novia y la romántica explicación parece que enterneció al juez.
Los atracadores pasaron 36 horas en el interior de la cámara acorazada. Antes de irse, celebraron un banquete: patés, vinos caros y champán. Luego dejaron escrito en la pared: «Sin armas, sin violencia, sin odio»
Spaggiari estaba acostumbrado a escuchar y contar historias en la mercería de su madre, que lo crio sola en Hyères, en la Costa Azul, tras la muerte de su padre, un inmigrante italiano, en 1935, cuando Albert tenía apenas 2 años.
Poco después del 'incidente' del diamante, el joven Spaggiari se alistó en la Legión Extranjera y fue enviado a Indochina, donde combatió como paracaidista. Allí alternó episodios de valentía reconocida con otros bastante menos heroicos. En 1953 participó en el asalto al Milk Bar de Hanói, un burdel que frecuentaba con regularidad. El propietario lo reconoció enseguida. La carrera criminal de Spaggiari tuvo desde el principio un componente casi cómico. Condenado y encarcelado, regresó a Francia tras la derrota francesa en Indochina decidido a rehacer su vida.
Se casó con Marcelle Audi, una enfermera a la que había conocido en Hanói, y aceptó un empleo en una empresa de cajas fuertes cuya sede estaba en Senegal. Ambos viajaron allí en 1960, pero el país se independizó de Francia ese año y la pareja tuvo que regresar. Es por entonces cuando Spaggiari se vincula a la OAS (Organización del Ejército Secreto), la organización terrorista paramilitar de extrema derecha que combatió la política de descolonización de Charles de Gaulle. Sus actividades lo llevaron de nuevo a prisión, en 1962, por formar parte de un complot y guardar armas para el grupo, formado en su mayoría por amigos exparacaidistas y conspiradores profesionales.
Cuando salió de la cárcel, en 1966, Spaggiari parecía dispuesto a reinventarse otra vez. Y, en cierto modo, lo hizo... hasta que oyó hablar de la cámara 'no tan acorazada' de la Société Générale.
Para una mente fantasiosa e inclinada al delito, aquello era una tentación irresistible. Spaggiari se informó sobre la red de alcantarillado de la ciudad. Las galerías subterráneas, descubrió, pasaban justo por debajo del banco y había una alcantarilla de acceso a unos diez metros del mismo. Solo había que cavar un túnel hasta la cámara. Aunque, claro, el plan requería algo más que audacia. Necesitaba mano de obra, especialistas y hombres dispuestos a pasar meses bajo tierra, porque excavar era casi un trabajo de orfebrería, avanzaban apenas unos centímetros al día. Spaggiari recurrió a sus contactos del hampa marsellesa con ciertas cualificaciones: soldadores, albañiles, herreros e incluso un joyero capaz de identificar rápidamente las piezas más valiosas una vez que estuvieran dentro. En total, involucró a una veintena de hombres.
Saltó por la ventana del despacho del juez. Creyendo que se iba a suicidar, su abogado gritó: «¡No lo hagas, Albert!». Abajo lo esperaba una motocicleta. Empezaba así una fuga que duraría doce años
Durante casi tres meses descendieron cada noche a las alcantarillas disfrazados de trabajadores municipales. Transportaban herramientas de más de 50 kilos y excavaron pacientemente un túnel de ocho metros hasta la cámara acorazada. La operación exigía una disciplina casi militar.
El golpe se ejecutó el fin de semana del Día de la Bastilla, el 16 de julio de 1976. Los ladrones irrumpieron en la cámara acorazada desde abajo. Durante 36 horas trabajaron con tranquilidad, abriendo cajas de seguridad. Vaciaron 371 de las cuatro mil existentes. El botín alcanzó una cifra que hoy equivaldría a unos 40 millones de euros. Salieron de allí la madrugada del domingo 18 de julio.
Si se demoraron tanto no fue por miedo a la Policía, sino al agua. Las lluvias elevaron el nivel de las alcantarillas y el túnel se convirtió en una trampa. Antes de marcharse, celebraron un banquete en la bóveda recién saqueada a base de patés, vinos caros y champán que habían llevado consigo. Y escribieron en la pared: «Sin armas, sin violencia, sin odio». La frase transformó un gran delito en una leyenda.
Detenido por asociarse con incompetentes
La precisión del atraco no impidió que Spaggiari fuera detenido. Lo arrestaron en octubre de ese año en el aeropuerto de Niza cuando regresaba de Japón con el alcalde, ya que seguía siendo fotógrafo municipal. No fue tanto la pericia policial como la incompetencia de alguno de sus socios lo que facilitó su detención: dos delincuentes intentaron colocar unos lingotes de oro del botín de la Société Générale fácilmente identificables y lo delataron.
La Policía, eso sí, no contaba con el talento de Spaggiari para crear leyendas. Los agentes desconfiaban de que aquel fotógrafo extravagante hubiera sido el cerebro de una operación tan compleja. Sin embargo, él abrazó enseguida el papel protagonista: se atribuyó toda la responsabilidad, habló sin parar y construyó una narrativa en la que aparecía como una mezcla de patriota, aventurero y genio criminal, una especie de Arsène Lupin de extrema derecha. Incluso se ofreció a la CIA para realizar acciones clandestinas contra el comunismo.
Con todo, su obra maestra estaba por llegar. Fue el 10 de marzo de 1977. Aquella tarde, Spaggiari fue conducido al despacho del juez Richard Bouaziz acompañado de su abogado. Había solicitado la entrevista alegando estar dispuesto a realizar nuevas revelaciones sobre el robo que implicarían incluso a políticos locales. Una vez dentro, pidió que los gendarmes abandonaran el despacho porque la información era muy delicada. Sorprendentemente, el juez aceptó. Spaggiari entregó al magistrado unas hojas llenas de garabatos y esquemas y se ofreció a acercarse para explicárselos mejor. Se levantó de la silla y se aproximó al juez. Pero no se detuvo donde este esperaba. Continuó caminando hasta la ventana situada detrás del escritorio. La abrió de golpe y saltó. Su abogado, sorprendido, alcanzó a gritar: «¡No lo hagas, Albert!», pensando que se iba a suicidar.
La caída era de unos seis o siete metros, desde un segundo piso. Pero Spaggiari había sido paracaidista: sabía cómo aterrizar. Apuntó al techo de un coche estacionado debajo, que amortiguó el impacto. Cayó, rodó sobre sí mismo y se levantó prácticamente ileso. Una motocicleta Kawasaki de gran cilindrada lo estaba esperando en la calle, desde la que, cuenta la leyenda, saludó al juez despidiéndose.
La eficaz protección de la ultraderecha
El motorista lo llevó hasta otro coche y sus cómplices lo trasladaron a un apartamento seguro. Mientras media Policía de Niza cerraba carreteras, vigilaba fronteras y buscaba al fugitivo, Spaggiari permanecía escondido en la ciudad, protegido por una red de miembros de la OAS.
En esa huida, ya en un apartamento en París, conoció a una admiradora, Emilia de Sacco, que lo seguiría durante sus 12 años de huida (hay quien asegura que ya eran amantes antes del atraco). La fuga los llevó por Estados Unidos, Argentina, Paraguay, Chile, Italia... Spaggiari mantuvo relaciones con círculos de extrema derecha latinoamericanos, concedió entrevistas, publicó libros y cultivó su propia mitología. Incluso envió dinero al propietario del automóvil cuyo techo había destrozado al caer del juzgado, en otro de esos gestos tan populistas que la prensa devoraba.
Vivía de esos trucos publicitarios y de sus libros y las películas que se hicieron inspirados en ellos, porque no está claro cuánto le duró el dinero del botín, que nunca se recuperó. Se cuenta incluso que fue extorsionado por fascistas chilenos a los que tuvo que darles una buena parte del mismo.
Con el tiempo se fueron reforzando las dudas sobre su verdadero papel en el atraco y, en 2010, un viejo gánster marsellés llamado Jacques Cassandri publicó un libro titulado La verdad sobre el golpe de Niza. Sostenía en él que el auténtico cerebro había sido Jean-Claude Migozzi, Le Gros ('el Gordo'), lugarteniente de Tony Zampa, un poderoso padrino de Marsella. Según esta versión, Spaggiari habría aportado la idea inicial y la información sobre la vulnerabilidad del banco, a cambio de lo cual recibió una parte del botín, pero fueron los hombres de Zampa quienes habrían organizado la excavación y reclutado a los especialistas. Para entonces, sin embargo, ya era tarde. La historia pertenecía a Spaggiari.
Y esta fue de película hasta el final. El antiguo fotógrafo municipal llevaba 12 años huyendo cuando un cáncer de garganta le arrebató la voz y la salud. Durante meses intentó regresar a Francia. Quería morir allí. No lo consiguió. El 8 de junio de 1989, en un chalet de Belluno, cerca de Venecia, el fugitivo más famoso de Francia murió lejos de casa. Pero no lo hizo solo. A su lado estaba Emilia de Sacco, la amante y compañera que lo había ayudado desde que cometiera el célebre robo.
Lo que ocurrió después parece una última página escrita por el propio Spaggiari. Emilia colocó su cadáver en un coche y partió hacia Francia. Cruzó la frontera transportando a quien había sido el hombre más buscado del país durante una generación. Ningún funcionario aduanero sospechó nada. Dos días más tarde, el 10 de junio, el coche llegó a Hyères. Emilia dejó el cuerpo frente a la casa donde todavía vivía la madre de Albert. Resulta difícil imaginar un final más apropiado para Spaggiari. Una mujer llevando su cadáver por carreteras secundarias y una madre esperando, quizá sin saberlo, el regreso definitivo de su hijo. Pocos comprendieron tan bien como él que el crimen, para convertirse en leyenda, requiere algo más que dinero: necesita una buena historia.
La sombra pasa por España
En mayo de 1978, un año después de su fuga, Spaggiari reapareció en Madrid, donde ofreció una rueda de prensa disfrazado con peluca, barba postiza y gafas. En realidad no vivía en España, sino en Argentina. Pero dejó cierta aprensión en nuestro país, que tuvo consecuencias unos años después. El 27 de diciembre de 1982 se produjo en Marbella un robo al Banco de Andalucía cuyo modus operandi recordaba el de los ladrones de Niza, y la prensa no tardó en señalar a Spaggiari y asegurar que se lo había visto en la Costa del Sol. Los responsables del atraco marbellí entraron por un edificio en construcción contiguo al banco. El 24 de diciembre derribaron el muro, penetraron n la entidad y desac-tivaron las alarmas. Permanecieron dentro todo el fin de semana, lo que les permitió vaciar 186 cajas de seguridad. Se llevaron objetos y dinero por unos mil millones de pesetas (6 millones de euros; 28 millones de hoy si se ajusta la inflación acumulada). No fue obra de Spaggiari, sino de otra banda francoitaliana, cuyo líder, Michel Henrion, especialista en butrones, sería detenido seis meses después.