En esta mansión de California vivían 21 niños de corta edad. Hijos biológicos de un empresario chino y gestados por subrogación, no eran criados como bebés, sino como una propiedad más, una inversión destinada a revalorizarse. Muchos tenían lesiones y traumas severos. El escándalo ha revelado un sistema perverso.
Judy Clarke
Viernes, 10 de abril 2026, 10:39
La pregunta era sencilla: «¿Cuántos hijos tiene?», pero Silvia Zhang vacilaba en la respuesta. Cuando la agente de Policía que estaba en la puerta de ... su mansión en Arcadia, una ciudad residencial próxima a Los Ángeles, insistió en que fuese precisa, Silvia sacó su móvil y consultó una hoja de Excel antes de responder que eran 21.
Aquel 7 de mayo de 2025, la Policía se presentó en la casa de Guojun Xuan y Silvia Zhang, una inquietante mansión con aspecto de castillo medieval (aunque nada alarmante en un entorno en el que abundan los millonarios excéntricos), alertada por el hospital infantil donde había ingresado un bebé de dos meses, llamado Walter, con hemorragias internas graves. Silvia, su madre, decía que se había caído de la cama, pero los síntomas no parecían compatibles con esa explicación.
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Al llegar a la mansión y tras la respuesta de Silvia, la Policía pidió ver a los niños. Ella aceptó. El interior de la casa, de unos mil metros cuadrados, era extraño, pero limpio y ordenado: refrigeradores industriales, filas de carritos, muchas cunas. Ni siquiera los trabajadores sociales presentes concluyeron que hubiera negligencia a simple vista.
En cualquier caso, observaron que había muchas cámaras de seguridad en la propiedad –32 en total– y solicitaron una orden para revisarlas. Cuando vieron las grabaciones, comenzó a emerger el horror. Las cámaras mostraban a una niñera golpeando a Walter, y a Silvia y Guojun revisando la escena horas después en un monitor. En vez de correr al hospital, reprendieron a la niñera y comentaron que había que contratar más personal para los nuevos bebés que estaban por llegar.
Lo que las cámaras mostraban era suficiente para detener a la pareja y llevarse a los niños, y así se hizo. Muchos pequeños presentaban moretones, cicatrices, retrasos del desarrollo, infecciones sin tratar, deformaciones craneales, secuelas médicas que habían sido ignoradas o mal atendidas. Algunos devoraban comida como si temieran no volver a comer, o no reaccionaban a los gestos de afecto o los juegos.
Y es que la historia es todavía mucho más retorcida de lo que parecía: la obsesión de una pareja de millonarios sin escrúpulos empeñados en tener descendencia numerosa.
La noticia de la detención de Guojun Xuan, de 64 años, y Silvia Zhang, varias décadas más joven, le llegó a Kayla Elliott, una joven de Corpus Christi (Texas), a través de una trabajadora social. Para Kayla fue un golpe tremendo, pero no una sorpresa. Desde hacía unos meses sospechaba que algo iba mal. En marzo, Kayla había dado a luz a un bebé, una niña, para la pareja china. Kayla decidió ofrecerse en 2024 para la gestación subrogada como una forma de ganar un dinero y por auténtico entusiasmo reproductivo: ya tenía cuatro hijos. Inició las gestiones con la agencia Mark Surrogacy, de Los Ángeles, que le presentó a la pareja de Guojun y Silvia, un matrimonio cariñoso con una hija que deseaba tener un hermano. Kayla se sometió a evaluaciones médicas y psicológicas y comenzó el protocolo hormonal previo a la transferencia embrionaria. El embrión, le dijeron, se había creado con el esperma de Guojun y el óvulo de una donante anónima.
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Sin embargo, desde el principio hubo algo extraño. Elliott quería conocer mejor a la pareja, intercambiar mensajes, pero la agencia siempre encontraba una excusa: estaban muy ocupados, había barreras idiomáticas... Cuando Elliott confirmó el embarazo, recibió los pagos pactados –cuarenta y cinco mil dólares de compensación base, más un estipendio mensual– y, convencida de estar haciendo una buena labor, empezó a documentar su experiencia en redes sociales. A los cuatro meses recibió en Facebook un mensaje inquietante: otra mujer, en otro estado, dijo estar gestando también para una tal Silvia.
La agencia de subrogación no negó que las dos gestasen para la misma pareja, pero lo justificó: los Xuan querían una familia grande, así que trabajaban con varias gestantes a la vez, pero «no tenían un millón de hijos».
Elliott dio a luz a una niña en marzo de 2025. Ni Silvia ni Guojun estaban presentes en el parto. Silvia llegó más tarde, sola, repartió dinero en efectivo entre algunos familiares de Elliott y mostró una desconcertante distancia respecto de la recién nacida. Después se marchó. Durante unas semanas hubo mensajes esporádicos, algún vídeo, regalos para los hijos de Elliott. Y, luego, nada... hasta la detención de la pareja en mayo.
Elliott, devastada, publicó lo que sabía en TikTok. El vídeo se volvió viral. Otras gestantes empezaron a compartir sus historias. Eran mujeres muy diversas: madres solteras, esposas de militares, blancas, latinas, asiáticas, algunas lesbianas, otras profundamente religiosas. Pero todas habían sido atraídas por el mismo relato: una pareja rica, incapaz de gestar por sí misma, deseosa de amar a los hijos que nacerían gracias a ellas.
Para entender cómo pudo ocurrir algo así, ayuda mirar a Guojun Xuan no como una anomalía extravagante, sino como el producto de varias lógicas perversas: el poder intimidante del dinero, la flexibilidad legal estadounidense y una industria reproductiva acostumbrada a traducir deseos en contratos, explica la investigadora Ava Kofman en The New Yorker tras hacer un seguimiento exhaustivo de Guojun y las gestantes de sus hijos.
Nacido en 1959 en la provincia china de Zhejiang y luego instalado en Sinkiang, Guojun hizo carrera en diversas empresas estatales e incluso se convirtió en una figura conocida en la política regional. Más tarde, con el auge inmobiliario y financiero chino, acumuló una considerable riqueza. Fue la imposición de una estricta campaña anticorrupción de Xi Jinping lo que provocó que Guojun abandonase su país. En 2018 registró varias empresas en California, dedicadas sobre todo al negocio inmobiliario, y se trasladó allí con su entonces esposa, Yuqin Li. Pronto ella regresaría a China, donde, junto con su hijo, se sigue ocupando de los negocios familiares allí.
En Los Ángeles, Guojun cultivó una imagen de empresario rico y opaco, amparado en que no hablaba inglés. Kofman, con todo, ha recogido testimonios que hablan de su consumo profuso de alcohol, de escenas de violencia con los inquilinos de sus propiedades y de vínculos con grupos mafiosos locales.
De Silvia Zhang se sabe poco. Emigró a Estados Unidos tras casarse con un ciudadano estadounidense mucho mayor que ella; llegó con una hija que había tenido en China en 2011 (una adolescente que vivía en la mansión con ellos y los bebés) y comenzó a trabajar para Guojun como agente inmobiliaria. Luego sería ella la que montaría la agencia Mark Surrogacy, en la que Silvia y Guojun se describían como un matrimonio, aunque no están casados, para generar confianza entre las gestantes. Aparece como la madre de los niños, pero no lo es biológicamente porque Guojun prefería donantes jóvenes, no asiáticas y con alto nivel educativo.
Dentro de la mansión trabajaban decenas de empleados chinos: niñeras, personal doméstico y administrativos que describen un sistema de vigilancia y coacción atemorizante. Existía un severo código disciplinario con multas por faltas triviales y había cámaras en todas las habitaciones. Los trabajadores tenían que llamar a Guojun 'profesor'. Y los niños también.
Pero lo más alarmante es que entre 2019 y 2025 hubo seis denuncias de vecinos que oían llorar a los niños y visitas de servicios sociales. En una de ellas, en diciembre de 2022, encontraron a un bebé de 5 meses, Benjamin, con una hidrocefalia severa que requería atención urgente. Lo operaron y, durante ocho meses, trabajadores sociales supervisaron cómo Silvia atendía a Benjamin. Al final de ese periodo se dejó constancia de que Silvia había desarrollado «un vínculo más estrecho con su hijo». Sin embargo, en cuanto terminó la supervisión, Silvia envió al bebé a China con su hermana. O eso dijo.
Que a Silvia no se la denunciase por la situación de abandono de Benjamin en la primera visita ni se trasladase al niño a una familia de acogida temporalmente solo se explica por la riqueza de la familia, explica The New Yorker, que «convirtió en rareza tolerable lo que en un hogar pobre habría sido leído como negligencia flagrante».
El sistema no funcionó. Hubo abogados de fertilidad que negociaron contratos sin advertir a las gestantes del número de hijos existentes o del carácter simultáneo de los embarazos. Hubo incluso un informe ordenado por un juez en el que el psicólogo designado utilizó a la propia Silvia como traductora de las entrevistas y, aun así, concluyó que estaba ante una familia perfectamente capaz de ofrecer un hogar amoroso y estable a más niños.
Cuando las gestantes intentaron actuar, descubrieron que el sistema legal tampoco estaba diseñado para ellas. Sus posibilidades de obtener la custodia de los bebés eran mínimas. Algunas no podían ni pagar la consulta de un abogado. Y muchas de ellas tampoco quieren poner el foco en la subrogación que, creen, sigue siendo para muchas personas la única vía hacia la maternidad. Precisamente por eso el caso resulta tan perturbador.
La pregunta de fondo no es solo cómo pudieron Guojun y Silvia tener tantos hijos, sino cuántas personas, empresas e instituciones tuvieron que colaborar –por codicia, comodidad, ingenuidad o negligencia– para que eso ocurriera.
Mientras tanto, Guojun y Silvia siguen litigando para recuperar a sus hijos, lo que se decidirá en las próximas semanas. No solo eso, nada les impide que sigan ampliando su 'familia', que es exactamente lo que han estado haciendo. Según The New Yorker, al menos una mujer al norte de Los Ángeles estaría embarazada de Guojun, legalmente, a través de otra agencia de subrogación.
El enfoque industrializado de Guojun para formar una familia es perfectamente legal y, entre ciertas élites, cada vez más común. Elon Musk ha tenido al menos catorce hijos con cuatro mujeres distintas y habla de tener una descendencia que «alcance nivel de legión antes del apocalipsis». Pável Dúrov, fundador ruso de Telegram, que ha descrito la propagación de sus genes como un «deber cívico», ha engendrado más de cien bebés mediante donaciones de esperma. En China, el magnate de los videojuegos Xu Bo declaró recientemente que también ha concebido más de cien hijos por subrogación, doce de ellos en Estados Unidos.
Guojun está en la misma línea, aunque él no ha dado ninguna explicación a su empeño reproductivo que no sea «querer envejecer acompañado». Pero entre sus empleados la razón para tener tantos hijos se podría explicar por los nombres de los pequeños –Benjamin, Jefferson...–: Guojun, afirman, quiere tener tantos hijos como sea posible para aumentar las probabilidades de que uno de ellos llegue a ser presidente de Estados Unidos.
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