El fotoperiodista Álvaro Ybarra Zavala retrata los espacios y momentos más íntimos de la vida en monasterios y conventos. Frente a la velocidad, el ruido y los excesos mundanos, la vida en clausura propone una respuesta revolucionaria: el silencio como método, la renuncia como estructura. Quienes la eligen, aseguran, no escapan del mundo, sino que lo interpelan desde sus márgenes.
Texto y fotografías: Álvaro Ybarra Zavala
Viernes, 6 de marzo 2026, 10:36
La lluvia cae con constancia sobre Santiago de Compostela. Golpea los cristales del monasterio y el viento empuja con fuerza contra la ventana. Dentro, el ... silencio es casi sepulcral. Mateo plancha junto al ventanal. El vapor se eleva despacio, como una respiración contenida. Solo se oyen la lluvia y el viento. Nada más.
«Cuando soy capaz de disfrutar del presente, de vivir el momento sin pensar en el después, es cuando Él se me hace presente, en su inmensidad». Habla sin dejar la plancha. Mira la lluvia como quien mira algo más allá del cristal. «En esos momentos de plenitud siempre lo encuentro. Y me habla», nos confiesa el hermano Mateo, monje de la orden de los carmelitas contemplativos.
En una sociedad que suele acudir a la fe como refugio en la dificultad sorprende escuchar a alguien que dice encontrar a Dios en la plenitud. No en la herida, no en la carencia, sino en la certeza de un instante vivido con conciencia. Para Mateo, Dios no es un recurso de emergencia, sino el eje que ordena cada día.
Fuera, el mundo parece haber cambiado de dioses: el reconocimiento, el éxito, el dinero. Por eso choca aún más la decisión de consagrar la vida a la clausura. Una palabra que muchos siguen mirando con ojos de otro tiempo, como si hablara de encierro y de huida. «No es así», repiten. Los miles de hombres y mujeres que siguen esta vocación hablan de plenitud y de libertad.
«Dios es muy intenso. Cuando quiere algo, te lo hace sentir. Y te lo dice sin tapujos», asegura María Ángeles mientras termina un molde de jabones de glicerina en el laboratorio del monasterio cisterciense de Armenteira, en Pontevedra. Antes tuvo otra vida. Fue salesiana durante un tiempo, pero no era su camino. Colgó el hábito y regresó a Navarra. Recuperó su piso, dirigía una biblioteca, había comenzado de nuevo. «Un día, Dios me habló tan claramente que me desarmó». Se emociona al recordarlo. «Fue tan directo que era imposible decirle que no. Desde entonces descubrí la plenitud».
En Armenteira también vive la hermana Paula. Ingeniera de montes, gallega y responsable de la hospedería del convento. Caminamos por el bosque de robles que rodea el monasterio. «Tengo una foto de bebé en brazos de mi padre, justo ahí, en el crucero. Y mira qué casualidad… aunque yo no creo en las casualidades». Sonríe. Ella también tenía una vida hecha antes de entrar. «Me siento plena. Feliz. Libre. Porque siento a Dios en todo lo que nos rodea. En cada esquina. En cada persona. En la naturaleza. En la palabra. Él siempre está. Lo que nos toca es querer escucharle». Se detiene un instante. «Aquí no existen murallas. Las murallas son de fuera hacia dentro, no de dentro hacia fuera».
La imagen social de la clausura sigue cargada de tópicos, pese a películas recientes como Los domingos o Libres, que han intentado acercarla. En la actualidad existen 697 monasterios y conventos de vida contemplativa en activo, en los que viven 7664 vocaciones entre monjes y monjas, de los que el 90 por ciento son mujeres. Datos de la Fundación de Clausura, una entidad sin ánimo de lucro que tiene como misión dar a conocer la razón de ser, la belleza y la importancia de la vida contemplativa, así como ayudar al sostenimiento de los monasterios y conventos.
A unos setenta kilómetros, en Santiago, en el monasterio de los carmelitas, Freddy recuerda otra vida. En Colombia era un ingeniero de altísimo reconocimiento. Sobre sus hombros recaía una de las obras civiles más importantes de su país. «Dios me salvó –dice–. Lo dejé todo por vivir libre y en plenitud». Hoy cumple 42 años. La campana llama al desayuno. Mauro, Mateo, Daniel, Mauricio y el prior, Juan Diego, esperan en silencio hasta que este rompe el recogimiento. Un Cumpleaños feliz irrumpe entre las paredes. Freddy baja la cabeza. «Dios mío…», murmura.
La comunidad, formada por monjes colombianos, llegó hace poco más de dos años para relevar a las carmelitas que ya no podían sostener el monasterio. Coinciden en la misma idea: la imagen distorsionada de la clausura. «Aquí no hay rejas ni jaulas. No huimos del mundo. Somos felices si vivimos en plenitud», explica el prior. Por eso abren las puertas a peregrinos y feligreses. Comparten oración y vida cotidiana. Su alegría se ha convertido en parada obligada para muchos que visitan la tumba del apóstol.
Lejos de Santiago, bajo el cielo abierto y el sonido del mar rompiendo en la costa, la hermana Benita da instrucciones en el jardín del convento dominico de Lekeitio. «Mírame, con la cadera como la tengo y a mi edad… Estoy para el arrastre», bromea. Es de Elorrio. A su lado, Genoveva, treinta y cinco años más joven, llegada de Kenia hace quince, la escucha con respeto. María, también keniata, observa. «Es única. Cuando ellas no estén, no sé qué será de nosotras. Son la luz de este convento», confiesa mientras sigue plantando flores.
El futuro de muchos conventos en España depende hoy de vocaciones que llegan de Kenia, Gambia o Malaui. La adaptación no siempre es sencilla. Idioma, cultura, distancia. «Cuando llegué, no fue fácil –reconoce María–. Pero ahora soy una más. Y ayudamos también a inmigrantes que ven en nosotras un rostro que los entiende». Mira el jardín recién plantado. «Dios nos sacó muy lejos de casa. Él sabe por qué. Estoy segura de que tiene un plan».
En tiempos donde la inmigración se mira con recelo y miedo, los monasterios de clausura se han convertido, sin pretenderlo, en un espejo silencioso de la universalidad de la Iglesia y un ejemplo de convivencia y futuro en los tiempos tan complejos que vivimos.
Sobre la firma
Texto y fotografías: Álvaro Ybarra Zavala
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