Yogures en botes de cristal, cepillos de dientes de bambú, camisas en tejidos naturales… Nuestro reportero Daniel Méndez y su familia aceptaron el reto: vivir sin plástico.
Texto y fotos: Daniel Méndez
Viernes, 1 de julio 2022, 10:50
El ‘experimento’ le ha supuesto, más que un cambio de rutinas, un cambio de vida. Pero el esfuerzo merece la pena: la contaminación por plásticos del océano ha llegado a niveles tan alarmantes que para frenarla hay que empezar por casa.
Mi hijo tiene 15 meses. Y en este tiempo ha generado ya muchos kilos de residuos de productos plásticos –en forma de pañales, biberones, ... cremas y jabones o juguetes– que serán mucho más longevos que él… y que sus hijos, nietos y bisnietos. Y lo mismo puede decirse si invertimos el árbol genealógico: los chupetes que yo mismo usé, cada botella de plástico empleada por mis padres o los ‘tuppers’ que mis abuelos descubrieron ya con una cierta edad siguen en el medioambiente.
La práctica totalidad del plástico producido desde que Leo Baekeland descubriera el modo de desarrollar los primeros polímeros sintéticos a principios del XX sigue existiendo de un modo u otro. Probablemente flotando en forma de microplásticos en el océano: acaban con la vida de millones de peces o tortugas.
Según Greenpeace, una botella de plástico tarda 500 años en descomponerse; unos cubiertos de poliestireno, en torno a cuatro siglos; y un mechero, 100 años. Las bolsas de plástico tardan en descomponerse 55 años. Mucho para un objeto que usamos sin pensar, durante solo 12 minutos de media: el tiempo de ir del supermercado a casa.
Así las cosas, recibí con entusiasmo y cierto vértigo el desafío de XLSemanal: «¿Te animas a vivir una semana sin plástico y contar la experiencia?». Todo un reto. ¿Por dónde empezar? Hacían falta unos días previos, para informarnos, buscar lo indispensable para arrancar y, muy importante, para evaluar nuestro propio consumo.
«Empieza por analizar tus propios residuos. Mira tu basura y fíjate en qué es lo que más abunda. Piensa cómo podrías dejar de usar ese plástico», me diría más tarde Marion de la Porte, cofundadora del blog y tienda on-lineSinplastico.com. Hace años, ella hizo eso mismo y se sorprendió de la cantidad de botes de zumo que acumulaba.
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En mi casa abundaban las botellas de leche (tres de litro y medio en una semana) y los envases de yogur y queso de Burgos. Además de dos bandejas de polietileno, un sobre de plástico de mensajería, una botella de agua grande y dos pequeñas, dos paquetes de pilas… La lista es algo más larga, pero ya había unos pasos donde arrancar.
En una de las tiendas ecológicas del barrio encontré yogur de oveja, zumo de naranja y leche. Todo en bote de cristal, claro. Eso sí: a 2,95, 3,45 y 3,30 euros, respectivamente. Un litro de leche de supermercado de marca blanca ronda los 60 céntimos el litro; en el caso del yogur, sale un euro más barato el kilo en el supermercado, aproximadamente. Y el zumo de naranja, entre un euro y un euro y medio más barato el litro en el súper.
¿Sale más caro prescindir del plástico? Una de las cosas que he hecho para este reportaje es hablar, hablar mucho. Con amigos y familiares, en las tiendas habituales y en las que he ido descubriendo en el afán de huir de estos polímeros tan dañinos para el planeta y nuestro propio organismo. La pregunta –o incluso la afirmación– se repetía una y otra vez. «Pero será todo mucho más caro». ¿Lo es?
Como hemos visto, en algunos casos sin duda lo es. El lavavajillas que compré a granel en otra tienda (reutilizando una botella de cristal) me salió apenas un poco más caro que su equivalente del súper. Las legumbres, el arroz o el cuscús a granel salen más caros que la marca blanca de las grandes superficies; pero a un precio equivalente a los productos con marca propia.
El detergente para la lavadora –ecológico y en envase de cartón– me costó 10,20 euros: entre 30 y 60 céntimos cada uso, siguiendo las instrucciones del fabricante. Mucho más de lo que cuesta su equivalente no ecológico. ¿Entonces? En algunos productos gastas más, sí. Pero los que llevan tiempo tratando de reducir el nivel de residuos producidos dicen que a la larga no es necesariamente así.
Me acerqué por casa de Fernando y Patricia, una pareja que lleva años viviendo sin generar residuos y contándolo en su blog vivirsinplastico.com (en un bote de un palmo de altura cabe el plástico que han consumido en dos años). Hartos de esta pregunta sobre el coste, prepararon una lista de objetos que habían dejado de comprar: servilletas de papel, toallitas húmedas, cremas y suavizantes…
«Hay cosas que salen más caras, como el cepillo de dientes de bambú, pero si lo analizas en conjunto sale a cuenta». Marion pone otro ejemplo: una botella de acero para el agua, a 32 euros. «Equivale a 32 botellitas de agua de un euro cada una. Tardas menos de un año en amortizarla –sostiene–. En casa hemos evaluado nuestros gastos y se han reducido en un 20 por ciento. ¡Y ahora tenemos un perro y una niña!».
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Pedro Díaz, mi frutero habitual del barrio, añade otra perspectiva al tema del precio, al hilo de la normativa europea que pone trabas a los plásticos desechables. «No resulta fácil buscar alternativas. Es todo mucho más caro». Y aporta un dato: 1000 bolsas de plástico grandes para la compra cuestan 28 euros; 100 de papel, 52 euros. Es la clave del éxito de este material artificial: es barato, muy barato; amén de resistente y otras virtudes que han hecho de él un componente fundamental e importantísimo en nuestras vidas. Gracias a este invento se han salvado muchas vidas en hospitales, tenemos frigoríficos y el agua llega a zonas remotas. Salva vidas… Pero urge poner coto a su uso: la mitad del plástico producido en la historia se ha fabricado en los últimos 15 años.
El plástico es un material omnipresente en nuestras vidas que adopta múltiples formas. Las más evidentes, las bolsas de plástico (¡veneno medioambiental!, digo ahora) o las botellas de agua o leche, cepillos de dientes, botes de jabón… Pero su presencia en nuestro día a día va mucho más allá: la ropa de materiales sintéticos como el poliéster o el nailon (¿y de qué están hechos los hilos con los que se cose nuestra ropa, si no de nailon?), las sartenes de teflón, nombre comercial del politetrafluoroetileno, un polímero similar al polietileno… Un ejemplo: las bolsitas de té. Parecen inofensivas y biodegradables, ¿verdad? La mayor parte está elaborada con materiales plásticos como nailon, PVC o polipropileno.
Los gurús de la vida sin plástico o sin residuos empiezan a menudo sus blogs y libros con una afirmación: somos adictos al plástico. ¡Exagerados!, pensé al principio. Sin embargo, haciendo este experimento te das cuenta de que hay algo de cierto. Siempre he pensado que la huella ecológica de nuestro núcleo familiar era relativamente reducida. Solemos comprar en el mercado, dejando el súper para cosas envasadas: leche, jabones y productos de limpieza, café…
Al cierre del ‘experimento’, creo que nuestro impacto ecológico es mucho mayor de lo que esperaba. Y, además, aunque intentes prescindir de él, tenemos su uso tan interiorizado que lo traes a casa y no te das ni cuenta: de repente, alguien te ha dado una bolsa y no te has atrevido a decir que no… ¡O se te ha olvidado! O resulta que no encuentras alternativas: el café, incluso a granel que hemos encontrado, viene en envase de plástico. «De otro modo se oxida», me dice el vendedor.
Un bebé es todo un dilema en este sentido. En los primeros años de vida, hasta que aprende a controlar sus esfínteres, utiliza de promedio unos 130 kilos de plástico solo en pañales desechables. Estamos hablando de 3,5 millones de toneladas de pañales en todo el planeta… que no son reciclables. ¿Solución? Los pañales lavables son una opción. Supone una inversión inicial que ronda los 150 euros y alcanza los 500 hasta que el pequeño aprende a controlar sus esfínteres. Pero a la larga resulta mucho más económico que los desechables. Eso sí, hay que lavarlos. Varias lavadoras semanales irán dedicadas a la tela del pañal. Nosotros ya los probamos hace tiempo… Y los descartamos, debo confesar.
Esta vez buscamos otra alternativa: pañales desechables biodegradables. En una cadena de supermercados ecológicos –no había ninguna en mi barrio– vendían unos, sin cloro y con la base absorbente de celulosa. «Envase cien por cien biodegradable», decía la etiqueta puesta por el distribuidor español. Después aprendí que eso había cambiado. Inicialmente el fabricante empleó un packaging de componentes oxobiodegradables (es decir, que se biodegradan en presencia de oxígeno). Pero las necesidades del transporte y almacenaje obligaron a emplear polietileno de baja intensidad (LDPE). Fácilmente reciclable, sí, pero plástico al fin y al cabo. Error.
No ha sido el único paso en falso que he dado en mi experiencia sin plástico. Otra dificultad: requiere más organización. La búsqueda de alternativas me ha llevado a recorrer muchas tiendas: más de una decena para los productos de primera necesidad. Y, aunque me había propuesto comprar todo en tiendas físicas, no me fue posible. Tuve que recurrir a la compra on-line en tiendas especializadas (prescindí de Amazon: llega todo envuelto en sobres de plástico). Y eso viviendo en Madrid.
«Indudablemente requiere más organización –me dicen los blogueros y activistas Fernando y Patricia–. Pero acabas integrándolo en tu vida cotidiana». ¡Y no te olvides de llevar la bolsa de la compra de tela contigo! O te verás –como nos ha ocurrido– volviendo a casa con una de plástico y cara de circunstancias.
Pero hay, indudablemente, cada vez más conciencia. Los jabones o desodorantes sólidos, los algodones orgánicos, las botellas no desechables para el agua o los biberones de cristal se venden cada vez más. Fabricantes como Lego buscan alternativas de origen vegetal (procedente de la caña de azúcar, en su caso), grandes superficies anuncian que prescindirán de las bolsas y países enteros, como Kenia o la India, prohíben los plásticos desechables. La concienciación se extiende. Afortunadamente.
En las tiendas que he visitado me confirman que cada vez más gente lleva su propia bolsa o pide empaquetados sin plástico (#DesnudaLaFruta ha sido un hashtag extendido en las últimas semanas, reclamando el fin del empaquetado de fruta y verdura). Y yo mismo he visto como los clientes llevan una bolsa de tela para sus compras a granel. Lo que antes era algo restringido a círculos de activistas va calando en la sociedad. No se trata de demonizar a un producto que es imprescindible en nuestro modo de vida actual. Sino de usarlo con cabeza.
1|Bastoncillos
Tan delgados que se cuelan por los filtros de las depuradoras y terminan en el mar. Los hay con el cuerpo de algodón o de bambú. A 4,50 euros la unidad, pero son muy duraderos.
2|Cepillos de dientes
El 1% del plástico de los océanos proviene de ellos. No son reciclables y sus cerdas se convierten rápidamente en microplásticos. El de bambú cuesta 4,95 euros.
3|Bolsas de basura
No son la panacea, pero las biodegradables (2,70 euros) son mejor opción que las de polietileno. «La búsqueda de alternativas me exige recorrer más de una decena de tiendas para la compra semanal»
4|Pajitas
La Unión Europea ya les ha dicho adiós. Y lo dirían, si pudieran, los peces, tortugas y aves que los ingieren. Dos pajitas de acero reutilizables cuestan 3,90 euros.
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1| Cepillo
El de plástico que ronda el euro lo podemos sustituir por otro de madera de haya con cerdas de origen vegetal que nos costará unos tres euros
2| Estropajo tradicional
Cuatro unidades, 0,99 euros. Con salvaúñas. 1,50 euros, dos. El de fibra vegetal está hecho de luffa (de la familia del calabacín). Cuesta unos tres euros.
3| Lavavajillas normal
En torno a los cuatro euros el litro si no es marca blanca. El litro de jabón ecológico para los platos sobre los 4,50 euros.
Sobre la firma
Texto y fotos: Daniel Méndez
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Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
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