Si hace una década la energía atómica parecía condenada a la extinción, hoy los mismos magnates de Silicon Valley que prometían un futuro verde fabrican reactores. Hasta Japón parece haber olvidado Fukushima y ha vuelto a encender la central más grande del mundo. ¿Qué ha roto el tabú? La inteligencia artificial. Te lo contamos.
Carlos Manuel Sánchez
Jueves, 5 de febrero 2026, 17:29
El átomo ha vuelto. Y Japón simboliza como nadie el regreso de la energía más controvertida. El único país que ha sufrido bombardeos atómicos (Hiroshima ... y Nagasaki), el país del accidente de la central de Fukushima, se acaba de reconciliar con la energía nuclear. El 21 de enero, la central de Kashiwazaki-Kariwa reinició su reactor número 6. Es la planta más grande del mundo y llevaba paralizada desde 2011, cuando el tsunami que devastó Fukushima provocó el apagado de los 54 reactores del país para someterlos a inspecciones de seguridad más estrictas. Desde entonces, solo 14 han vuelto a funcionar. Pero Kashiwazaki-Kariwa tiene un significado especial: es la primera central operada directamente por Tepco –la misma empresa responsable del desastre de Fukushima– en volver a generar electricidad. Si Tepco regresa al negocio nuclear, es que el tabú se ha roto.
La decisión no está exenta de polémica. Una encuesta revela que el 60 por ciento de los residentes en las proximidades de la central cree que no se cumplen las condiciones para el reinicio. Y casi el 70 por ciento desconfía de Tepco. De hecho, el reactor tuvo que detenerse de nuevo al día siguiente tras saltar una alarma, un incidente que Tepco seguía investigando al cierre de esta edición. Ese contratiempo amenaza con retrasar el comienzo de la producción comercial. Pero no hay vuelta de hoja: el Gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi apuesta fuerte por la nuclear. Quiere que proporcione el 20 por ciento de la electricidad del país para 2040, el doble que ahora.
¿Por qué este giro? Las razones son múltiples. La dependencia de Japón del gas natural –más del 90 por ciento de su energía primaria es importada– lo dejó en una posición vulnerable cuando Rusia invadió Ucrania y los precios se dispararon. Y luego está la inteligencia artificial: los estudios estiman que los centros de datos ya consumen en torno al 2 por ciento de la electricidad japonesa, pero la demanda podría triplicarse para 2030. La IA es la clave de este renacimiento a nivel mundial. La inteligencia artificial devora electricidad a un ritmo tan frenético que los parques solares y eólicos no dan abasto. Y los nuevos 'señores del átomo' se llaman Zuckerberg, Gates y Altman, que se han convertido en entusiastas compradores y fabricantes de reactores.
Los números son de vértigo. Según la Agencia Internacional de la Energía, el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará para 2030, alcanzando los 945 teravatios por hora anuales. Para que te hagas una idea: casi cuatro veces lo que consume España en un año.
Pero no se trata solo de cantidad, sino de calidad. Los modelos de inteligencia artificial generativa requieren un tipo de energía que las renovables no pueden garantizar: constante, fiable, las 24 horas del día, los 365 días del año. El sol se pone, el viento deja de soplar, pero los más de 1500 millones de usuarios de ChatGPT, Gemini, Claude y compañía no pueden quedarse colgados.
Aquí es donde entra la energía nuclear. Un reactor proporciona lo que en el sector llaman 'energía de base': electricidad ininterrumpida. Y lo hace casi sin emisiones de carbono. Para las tecnológicas, que han prometido alcanzar la neutralidad climática, significa la cuadratura del círculo.
El problema es que construir centrales nucleares tradicionales lleva décadas y cuesta miles de millones. La solución que se está imponiendo es doble: resucitar reactores ya existentes y apostar por una nueva generación de reactores modulares pequeños (SMR por sus siglas en inglés), que prometen ser más baratos, seguros y rápidos de construir (véase el recuadro).
El pasado 9 de enero, Meta –la empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp– anunció acuerdos con tres compañías nucleares que le proporcionarán hasta 6,6 gigavatios de potencia para 2035. Es el equivalente a alimentar una ciudad de cinco millones de hogares. Con este movimiento, Mark Zuckerberg convirtió a su empresa en el mayor comprador corporativo de energía nuclear de la historia.
Y luego está Oklo, quizá la historia más singular de todo este fenómeno. Esta start-up, respaldada por Sam Altman –el CEO de OpenAI–, desarrolla microrreactores de 75 megavatios llamados Aurora. El nombre no es casual: Oklo es un lugar en Gabón donde hace casi 2000 millones de años emergió el único reactor nuclear natural conocido de la Tierra. Una reacción de fisión espontánea que duró cientos de miles de años, autorregulada por el agua subterránea. Los ingenieros de la empresa lo consideran una inspiración: la naturaleza demostrando que la energía nuclear puede ser estable y segura.
Meta acordó con Oklo el desarrollo de un campus nuclear de 1,2 gigavatios en Pike County (Ohio), que empezará a generar electricidad en 2030. Serán necesarios más de una docena de reactores Aurora para cumplir el objetivo. Todo ello destinado a alimentar Prometheus, el superordenador de IA que Meta está construyendo en New Albany. Zuckerberg lo justifica así: «Veo más riesgo en gastar poco en infraestructuras de IA que en gastar demasiado». Pero esas infraestructuras hay que alimentarlas... El objetivo: alcanzar la 'superinteligencia', la IA capaz de superar a las capacidades humanas en múltiples tareas. Para eso se necesita energía. Mucha energía.
En cuanto a Europa, la consigna es «sálvese quien pueda». Su IA no puede compararse a la americana o la china, pero las grandes tecnológicas estadounidenses también construyen centros de datos en suelo europeo. España es un imán, con anuncios recientes de inversiones millonarias de Amazon y Microsoft en Aragón, que consumirán el doble de electricidad que toda la comunidad autónoma.
Pero el factor desestabilizante fue la guerra de Ucrania. De repente, depender del gas ruso dejó de ser una buena idea. Y si quedar a merced de Putin ya es suficiente como para echarse a temblar, luego llegó Trump con sus aranceles y amenazas; y Europa se quedó a la intemperie.
Francia es la más espabilada. Mientras sus vecinos coqueteaban con las renovables y el apagón nuclear, los franceses siguieron construyendo reactores como si el debate no fuera con ellos. Hoy tienen 57 funcionando, que cubren el 70 por ciento de su electricidad, y están construyendo seis más. Los franceses venden 3500 millones de euros anuales en energía nuclear a sus vecinos. Incluida Alemania. Lo cual tiene miga...
Hay que recordar que Alemania fue el país que lideró el movimiento antinuclear europeo. Cerró sus últimas tres centrales en abril de 2023. Pero ahora se arrepiente. El canciller Merz lo ha llamado «un grave error estratégico». El problema alemán es acuciante: en 2025, casi el 70 por ciento de las necesidades energéticas germanas se cubrieron con importaciones. Y centrales como Brokdorf y Emsland podrían reactivarse este mismo año.
El Reino Unido, liberado del corsé de Bruselas, va por libre. Está construyendo Sizewell C, una central de 3200 megavatios que será la primera de mayoría británica en tres décadas. En paralelo, ha fichado a Rolls-Royce para construir reactores modulares pequeños.
¿Y España? Pues va en dirección contraria a todo el mundo. El calendario oficial contempla cerrar todas las centrales entre 2027 y 2035. Es el legado de Teresa Ribera, hoy comisaria europea. Las eléctricas ya han pedido formalmente extender la vida de Almaraz hasta 2030, y lo que pase con esa central puede marcar nuestra política energética de la próxima década. Mientras tanto, las nucleares españolas producen el 20 por ciento de la electricidad del país.
Y luego están las ideas locas que parecen sacadas de la ciencia ficción. En diciembre, una empresa texana llamada HGP Intelligent Energy presentó una solicitud al Departamento de Energía estadounidense para reconvertir reactores nucleares de submarinos y portaaviones retirados de la Marina en fuentes de energía para centros de datos. El proyecto, denominado CoreHeld, propone instalar dos de estos reactores reciclados en un campus de datos cerca del Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Tennessee. Producirían entre 450 y 520 megavatios de electricidad continua, suficiente para alimentar a 360.000 hogares. El coste estimado: entre 1 y 4 millones de dólares por megavatio, una fracción de lo que cuesta construir un reactor nuevo. Pero los expertos son escépticos. Los reactores navales utilizan uranio altamente enriquecido, que plantea serios problemas de seguridad. Además, estos aparatos están diseñados para propulsión, no para generación eléctrica a gran escala. Y nunca se ha hecho la reconversión de uso militar a civil. Pero el mero hecho de que propuestas así se tomen en serio revela la magnitud del problema energético que plantea la IA. Y que las big tech están dispuestas a explorar cualquier opción, por heterodoxa que sea.
Lo que estamos presenciando no es simplemente un renacimiento de lo nuclear; es una reconfiguración del poder. Desde el principio, la energía atómica fue un monopolio estatal. Ahora, empresas privadas con capitalización de mercado superior al PIB de muchos países construyen o compran su propia infraestructura.
Meta, Google, Amazon y Microsoft persiguen su propia soberanía energética. Pero esto plantea preguntas incómodas. ¿Quién regula a estas nuevas potencias nucleares privadas? ¿Qué pasará con los residuos que generen? ¿Es sostenible (y justo) un modelo donde la electricidad se desvía hacia centros de datos mientras los consumidores pagan facturas cada vez más altas? De momento, no hay acuerdo sobre las respuestas.
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