La astrónoma y los hombrecillos verdes ('spóiler': eran púlsares)
Jocelyne Bell Burnell, una joven estudiante de astrofísica, detectó en 1967 una extraña señal desde el espacio profundo. Se pensó que podían ser mensajes alienígenas... pero era uno de los grandes hallazgos en la historia de la astrofísica: los púlsares.
Cambridge, Inglaterra. Noviembre de 1967. Jocelyn Bell Burnell lleva tres horas revisando metros y metros de papel continuo que escupe el radiotelescopio. A sus 24 ... años, como estudiante de doctorado, había pasado dos años construyendo aquel monstruo con sus propias manos: martillando postes, tendiendo cables bajo la lluvia e instalando dos mil receptores diseminados por dos hectáreas de campiña.
Entonces lo vio. Un «poquito de churro», como reconocería después. Una señal extraña, apenas un centímetro de garabato en el papel, que no debería estar ahí. Pero volvió a aparecer, una y otra vez. A intervalos exactos. Como un metrónomo cósmico.
La cadencia era demasiado regular para ser natural y el equipo de Antony Hewish, el director de tesis de Jocelyn Bell Burnell, lo llamó LGM-1. Little Green Men 1. Es decir, 'Hombrecillos Verdes'. Porque ¿qué otra cosa podía ser una señal tan perfecta viniendo del espacio profundo?
¿Interferencias o una baliza interestelar?
Durante casi dos meses, los mejores astrofísicos de Cambridge barajaron seriamente que aquellas señales fueran artificiales. Cuando Bell Burnell le llevó las primeras señales a Hewish, su superior reaccionó con escepticismo: le dijo que probablemente era una interferencia de coches o radios cercanas, el problema habitual de los radiotelescopios de la época. Pero ella insistió.
La señal pulsaba cada 1,337 segundos exactamente. Ningún objeto natural conocido podía mantener ese ritmo. Las estrellas parpadean, pero de forma caótica. Los cuásares emiten ondas de radio, pero irregularmente. Fred Hoyle, uno de los astrofísicos más brillantes de la época, sugirió que podría ser una baliza de navegación interestelar. Una civilización avanzada marcando rutas entre las estrellas, como los faros que guían a los barcos en la niebla. Otros especularon con señales de transmisiones de radio alienígenas que captábamos por casualidad, como quien escucha conversaciones ajenas entre dos camioneros en la frecuencia de onda corta.
Bell Burnell recuerda que el equipo llegó a plantearse seriamente el protocolo que seguirían si confirmaban que era un contacto extraterrestre. ¿A quién avisaban primero? ¿Al Gobierno británico? ¿A la ONU? ¿Publicaban directamente en la revista Nature y se desentendían de las consecuencias?
La astrofísica que se creía una impostora
Mientras tanto, Bell Burnell siguió buscando. Había nacido en Belfast (Irlanda del Norte) en 1943. Su padre fue el arquitecto que diseñó el planetario de su pueblo, Armagh, y ella creció fascinada por la astronomía. Pero en la escuela las chicas no podían estudiar ciencias: las mandaban a clase de cocina y costura mientras los chicos iban al laboratorio. Después, en la Universidad de Glasgow, fue la única mujer entre 50 estudiantes de Física. Cada vez que entraba en el aula, sus compañeros silbaban, pateaban el suelo o golpeaban los pupitres. «Aprendí a no sonrojarme –recuerda– porque, si te sonrojabas, aún hacían más ruido». Cuando llegó a la Universidad de Cambridge en 1965, estaba rodeada de chicos de colegios privados carísimos que rebosaban autoconfianza. Antes, Burnell había intentado postularse a Jodrell Bank, el observatorio de radioastronomía. Pero ni le contestaron. Así que cuando Cambridge la admitió, no se lo creía. «Pensé que habían cometido un error. Que no era lo suficientemente lista como para estar allí». Y tomó una decisión: trabajar como una loca para que, «cuando me echaran, tener la certidumbre de que lo había intentado con todas mis fuerzas».
Esa ansiedad, ese síndrome del impostor que la acompañó durante años, le hacía revisar los datos con una paciencia maniática de la que otros estudiantes carecían. Y, por fin, en diciembre de 1967 encontró otra señal con el mismo tipo de pulso regular, pero desde otro punto del cielo. Luego otra. Y otra más. Cuando ya había cuatro señales idénticas procedentes de lugares opuestos de la galaxia, la hipótesis extraterrestre empezó a tambalearse.
Así se desinfla una invasión galáctica
«Si son civilizaciones intentando contactar con nosotros –razonó el equipo–, ¿por qué hay cuatro enviando exactamente el mismo tipo de señal desde lugares tan dispersos? ¿Una red de comunicaciones intergaláctica? ¿Cuatro especies distintas que casualmente desarrollaron la misma tecnología?». Demasiadas coincidencias. La 'navaja de Ockham', la explicación más sencilla suele ser la correcta, sugería otra cosa: no eran aliens. Era un fenómeno natural que aún no comprendían.
La respuesta estaba en las estrellas de neutrones, unos objetos que dos astrofísicos de Caltech, Walter Baade y Fritz Zwicky, habían predicho en 1934, apenas dos años después de que James Chadwick descubriera el neutrón. Zwicky, un suizo-búlgaro famoso por llamar a sus rivales «bastardos esféricos, porque parecen bastardos los mires por donde los mires», escribió que las supernovas –término que él mismo acuñó– producían estrellas compuestas de neutrones densamente empaquetados. Nadie les hizo caso.
Estrellas muertas que giran como peonzas
Cuando una estrella masiva explota en supernova, su núcleo colapsa. Los electrones y protones se fusionan formando neutrones, y toda la masa del núcleo estelar se comprime en una esfera de apenas 20 kilómetros de diámetro. Imagina meter toda la masa del Sol en una ciudad del tamaño de Madrid. La densidad resultante es tan monstruosa que una cucharada de ese material pesaría mil millones de toneladas. Los campos magnéticos se comprimen también, volviéndose billones de veces más fuertes que el de la Tierra. Y la estrella empieza a dar vueltas sobre sí misma como una patinadora que encoge los brazos y gira cada vez más rápido.
La explicación de los púlsares — objetos con la masa del Sol rotando a una velocidad desquiciante— fue tan revolucionaria que los científicos tardaron en aceptarla
Esas estrellas de neutrones rotantes emiten chorros de radiación desde sus polos magnéticos, como faros cósmicos. Cuando esos chorros barren la Tierra, captamos un pulso. De ahí el nombre que les pusieron: púlsares. No eran mensajes alienígenas. Eran cadáveres estelares girando como peonzas en el vacío, los objetos más densos y extremos del universo después de los agujeros negros.
La explicación de los púlsares fue tan revolucionaria que los científicos tardaron en aceptarla. Objetos con la masa del Sol rotando a una velocidad desquiciante parecían imposibles. Pero encajaba. Nada puede frenar a una estrella de neutrones: no hay fricción en el vacío, no hay atmósfera que frene los giros. Eran los relojes más precisos del universo, pero no había un relojero que los hubiera creado. Solo física extrema haciendo de las suyas.
El Nobel que se llevó otro
Cuando el comité sueco anunció el Nobel de Física de 1974, Antony Hewish lo compartió con Martin Ryle, un radioastrónomo. Jocelyn Bell Burnell no estaba en la lista. Fred Hoyle puso a caldo al comité del Nobel. Declaró que era un escándalo. Los periodistas asediaron a Bell Burnell para preguntarle si se sentía ninguneada. Y entonces Bell Burnell hizo algo que puede interpretarse como humildad patológica: defendió que no merecía el galardón. «Creo que degradaría a los Premios Nobel si se otorgaran a estudiantes de investigación, excepto en casos muy excepcionales, y no creo que este sea uno de ellos». Hewish, por su parte, se defendió con una metáfora: «Un equipo científico es como un barco que se hace a la mar. Y alguien en el mástil grita: '¡Tierra a la vista!'. Estupendo. Pero hay una diferencia entre el capitán y la tripulación».
Bell Burnell se casó con un funcionario del Gobierno y durante 18 años, hasta que se divorciaron, trabajó a tiempo parcial mientras criaba a su hijo Gavin. No pudo construir una carrera investigadora. Quizá por eso, cuando en 2018 le dieron el Breakthrough Prize en Física Fundamental –tres millones de dólares, más dinero que el Nobel–, lo donó íntegro para crear becas para mujeres, minorías étnicas y refugiados. Hoy, a sus 82 años, es profesora visitante de Astrofísica en la Universidad de Oxford y da conferencias por todo el mundo.
Los aliens que no llaman (pero podrían)
El descubrimiento de los púlsares abrió un debate que hoy sigue vivo: ¿y si algún día detectamos una señal inequívocamente artificial? ¿Respondemos? Los científicos están divididos entre dos bandos irreconciliables. Douglas Vakoch, presidente del instituto METI (Mensajes a Inteligencias Extraterrestres), dice que ya es tarde para esconderse: llevamos cien años emitiendo señales de radio y televisión al espacio, cualquier civilización avanzada ya sabe que estamos aquí. David Brin, astrofísico, le responde que esas señales son débiles y se pierden en el ruido cósmico, pero que un mensaje dirigido y potente sería «estúpido, arrogante, delirante y potencialmente suicida». Que anunciar nuestra presencia deliberadamente a civilizaciones que podrían tener millones de años de ventaja tecnológica es jugarse la existencia de la especie a cara o cruz.
Cuando en 2018 le dieron tres millones de dólares por un premio, Bell Burnell los donó íntegros a becas para mujeres, minorías y refugiados
Y, a estas alturas, la humanidad aún no ha decidido qué hacer. Existen protocolos internacionales desde 1989, revisados en 2024, que dicen qué pasos seguir si detectamos esa señal: verificar con otros observatorios, no anunciar hasta estar seguros, informar a la ONU… Pero son voluntarios. Si China o Estados Unidos o cualquier observatorio de un tercer país detecta algo mañana, pueden hacer lo que les venga en gana.
En la actualidad, los púlsares se usan como relojes cósmicos para probar la relatividad general de Einstein, detectar ondas gravitacionales, mapear galaxias... Son laboratorios naturales de física extrema que ningún acelerador terrestre puede replicar. En cuanto a los 'hombrecillos verdes', parece que siguen sin llamarnos. n