Demostrado: los peces pueden conducir. Unos investigadores israelíes han llegado a esta conclusión que bien podría valerles un premio Ig Nobel. Y eso que la competencia para el galardón científico más disparatado es dura: orgasmos contra el resfriado, chicles que se autodestruyen, ranas que levitan...
Por Eugenio Font
Jueves, 27 de enero 2022, 13:54
El objetivo era determinar si los peces pueden orientarse en tierra (eso sí, sin salir del agua) y conducir un vehículo en busca de una recompensa. Y la respuesta es: pueden. Así lo ha demostrado un equipo de investigadores de la Universidad Ben-Gurion, en Israel, que diseñó un vehículo específico para ello, una plataforma con un tanque de agua, ruedas y un motor, dotado a su vez de un sistema sensor que orienta al vehículo según el movimiento que el pez dorado del experimento ejecute hacia las paredes del tanque. Se trata de un sistema LIDAR, una tecnología de teledetección que, asistida por un ordenador y una cámara que apunta hacia abajo, mide rangos con un láser de un modo similar a como lo hacen ya muchos vehículos de conducción autónoma. En 2014, un equipo de los Países Bajos ya había llegado a similar conclusión, pero como parte de un estudio sobre la capacidad visual de los peces. Los israelíes se han centrado en las habilidades de navegación. Le pusieron trampas al pez de colores: callejones sin salida, falsos señuelos... pero superó todos los desafíos.
El experimento de los israelíes con el 'pez conductor' no ha ganado un premio Ig Nobel, pero es un claro candidato. Los Ig Nobel —un ... juego de palabras traducible como Los Innobles— son una parodia estadounidense de los célebres galardones de la Academia Sueca. Organizados desde hace ya treinta años por la revista de humor científico Annals of Improbable Research (AIR), estos premios reconocen cada año a diez equipos científicos que logran que la gente ría y luego piense, según palabras del director de la revista organizadora, Marc Abrahams.
Lo humorístico, sin embargo, no está reñido con el rigor científico. Los Ig Nobel premian hallazgos auténticos, publicados en medios especializados, cumpliendo todos los filtros de comprobación. Es cierto que, mayormente, se trata de investigaciones que, de primeras, sorprenden —más que por el hallazgo en sí— por el hecho de saber que alguien en el planeta estuviera investigando algo semejante, pero muchas de ellas son verdaderamente sorprendentes. Aquí van, pues, algunos de los hallazgos más inesperados.
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Durante mucho tiempo, a finales del siglo XIX, se propuso una conexión fisiológica entre la nariz y los genitales. El otorrinolaringólogo Wilhelm Fliess (1858-1928), amigo y confidente de Sigmund Freud, defendía esa teoría de la 'neurosis nasal', que nunca encontró validez científica y fue cayendo en el olvido. Se sabe, al margen, que el ejercicio físico, así como los cambios hormonales, pueden tener un efecto sobre la resistencia de las vías respiratorias nasales. Pero no había estudios que investigasen el efecto de la actividad sexual –otra forma de ejercicio físico– en la respiración nasal. Eso han hecho Olcay Cem Bulut y Ralph Hohenberger, que han demostrado, en un experimento en el que participaron 18 parejas, que el orgasmo es tan eficaz como los fármacos para descongestionar la nariz y mejorar la respiración nasal. Pero solo hasta una hora después del encuentro sexual. Pasada esa hora, la congestión volvió gradualmente. El fármaco, en cambio, siguió mejorando el cuadro durante más tiempo. El trabajo fue publicado en la revista especializada Ear, Nose & Throat Journal.
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El único estudio español premiado en la pasada edición de los Ig Nobel está encabezado por Manuel Porcar, del Instituto de Biología Integrativa de Sistemas (I2SysBio), centro mixto de la Universitat de València y del CSIC. Porcar y su equipo analizaron las bacterias presentes en los chicles pegados en el suelo de diferentes países, con posibles y valiosas aplicaciones en medicina forense, control de infecciones y procesos de reciclaje. «Sí, hemos encontrado bacterias que pueden servir para limpiar los propios chicles, ¡porque se los comen!», explica Porcar. «Se hallan en los chicles más viejos y tienen verdadero potencial para biorremediar el propio chicle, es decir, para degradarlo». La investigación fue publicada recientemente en la revista Scientific Reports.
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Jörg Wicker y su equipo internacional ganaron el Ig Nobel de Química por analizar el aire dentro de las salas de cine y comprobar que los olores producidos por una audiencia indican de manera confiable los niveles de violencia, sexo, comportamiento antisocial, uso de drogas y malas palabras en la película proyectada. Y es que sí: las películas —según qué emociones despiertan o no en los espectadores– generan un tipo de olor corporal, en mayor o menor proporción. El estudiorecuerda que los seres humanos emiten numerosos compuestos orgánicos a través de la respiración y la piel y la naturaleza de estas emisiones se ven afectadas por el estado emocional. El equipo de Wicker ha estudiado la relación entre la emisión de múltiples compuestos y el clasificador de edad (0, 6, 12 y 16 años) con miras a desarrollar un nuevo método para clasificar el género de una película y la edad recomendada para verla.
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La tesis es polémica, susceptible de ser tachada de obesófoba, pero el economista francés Pavlo Blavatskyy y su equipo no se arredraron y se lanzaron a demostrar que la obesidad de los políticos de un país —el experimento sólo se centró en antiguas repúblicas soviéticas— puede ser un indicador de la corrupción. De acuerdo con su estudio, publicado en Economics of transition and institutional change, la masa corporal está «altamente relacionada» con indicadores convencionales de corrupción como el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional. Para llegar a esta conclusión, Blavatskyy y su equipo recopilaron 299 imágenes frontales de la cara de los ministros de gabinete de 15 estados postsoviéticos durante sus mandatos en 2017. En cada imagen, el índice de masa corporal de los ministros se estimó utilizando un algoritmo de visión por ordenador y se cruzó con las mediciones de corrupción, hallando una alta correlación entre ambos índices.
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¿Por qué los peatones no chocan constantemente con otros peatones en calles altamente transitadas? La pregunta puede parecer tonta, pero para el físico Alessandro Corbetta y sus colegas resultaba un desafío demostrarlo con modelos matemáticos y estadísticos. Y se pusieron a ello. El resultado, publicado en la revista Physical Review, les valió un Ig Nobel, aunque la conclusión parezca evidente: los peatones adaptan continuamente sus caminos para preservar las distancias de comodidad mutua y evitar colisiones. Para demostrarlo desarrollaron un modelo cuantitativo que analizó los casos registrados durante seis meses en que se evitan colisiones binarias. Esa esas interacciones se clasifican en términos de fuerzas de largo alcance (basadas en la vista) y de corto alcance (evitación de contacto). Así crean estadísticas relevantes del movimiento que los peatones realizan para evitar colisiones. Y, por singular que parezca, no es la única investigación en este sentido. Expertos en cinética japoneses estudiaron lo contrario: por qué los peatones a veces chocan con otros peatones. Su estudio, publicado en Science advances, concluye que son mayormente las propias maniobras de evitación de choque realizadas simultáneamente por las dos personas implicadas las que acaban generándolo en un curioso proceso cooperativo que provoca lo que se buscaba evitar. «Nuestros hallazgos –afirman— pueden influir en varios campos, incluida la gestión del tráfico, la investigación sobre la toma de decisiones y la dinámica de enjambres».
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En el año 2000 un experimento de Andréy Gueim en la Universidad de Nimega y de Michael Berry de la Universidad de Bristol recibió el Premio Ig Nobel en Física gracias a la rana viva en levitación magnética que se ve en la imagen de arriba. Un década más tarde, en 2010, Gueim obtuvo el Premio Nobel en la misma disciplina por sus trabajos sobre el grafeno.
El profesor de física Roy Glauber fue el encargado, durante años, de barrer el escenario de la ceremonia de los Ig Nobel cuando se llenaba de aviones de papel lanzados desde el patio de butacas, una larga tradición de la gala. En 2005 no pudo asistir a la entrega de premios porque él mismo volaba en un avión de verdad hacia Estocolmo, donde lo esperaban para otorgarle un verdadero Nobel de Física. Se lo concedieron por su contribución a la teoría cuántica de coherencia óptica.
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