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Patente de corso

Cuando fui soldado soviético

Arturo Pérez-Reverte

Quizá para un joven de ahora sea difícil comprenderlo, y por eso apelo a la memoria de los veteranos de mi quinta: los que seguimos vivos y coleando pese a haber conocido los años 50 del pasado siglo. La tele no se había adueñado aún de nuestras vidas, y los niños que al final de esa década teníamos ocho o nueve años alimentábamos la imaginación con el cine, las primeras lecturas —Cadete Juvenil, colección Historias, editorial Molino, aventuras de Tintín— y los primeros tebeos.

Los tebeos tuvieron en mi generación una influencia extraordinaria. Todavía hoy, cuando los supervivientes nos encontramos en confianza, surgen títulos y personajes que nos mencionamos ... unos a otros como si de un código o ritual masónico se tratara: Supermán, el Llanero Solitario, Batman, Hopalong Cassidy, Gene Autry, Red Rider, Roy Rogers, Dumbo, Pumby, llegaban cada semana a los kioscos donde los niños afortunados de entonces —lamentablemente, no todos lo eran— podíamos comprarlos. Pero entre ésos y muchos otros destacaban cinco españolísimas publicaciones: Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, El Jabato y Hazañas bélicas.

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