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Patente de corso

El hombre que se burlaba de sí mismo

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte

No era guapo ni apuesto, y tenía el rostro tan devastado como un paisaje lunar. Tampoco se creía los personajes que interpretaba en la pantalla, siempre en películas cutres, o sea, de escaso presupuesto; de las que ahora llamamos serie B. Lo vi muchas veces en el cine, de jovencito, en aquellos tiempos felices de programa doble en los que uno se lo tragaba todo. Me era simpático ese fulano que daba puñetazos sonriendo y siempre parecía burlarse de su propio personaje. Y ahora, con el tiempo, comprendo por qué. Eran películas tan malas que eso mismo acabó convirtiéndolas en obras de arte. Sólo recuerdo haberlo pasado tan bien viendo las pelis mexicanas del luchador Santo, el Enmascarado de Plata. O con aquella obra maestra de lo cutre –Charros contra gángsters, creo recordar que se llamaba– en la que una banda de mariachis vestidos como tales se enfrentaba a otra banda estilo Chicago, y se mataban con ametralladoras mientras por las calles caminaban transeúntes y circulaban los automóviles con toda normalidad, y al apoyarse en una pared ésta se movía porque era un decorado de cartón.

Acabas perdonando que se porte como un canalla, se emborrache con chulería o en casi todas las películas abofetee a una mujer

En las películas de Eddie Constantine no se llegaba a tanto, pero casi. Encarnaba a tipos duros, agentes secretos y detectives de novela negra, y ... para mí su imagen está vinculada en especial a uno de ellos, el agente del FBI Lemmy Caution, basado en las novelas de Peter Cheyney. El amigo Constantine –si no lo conocen, busquen su imagen en internet y vean la cara que tenía– encarnó a Lemmy Caution en varias películas. Todas eran infames; pero una de ellas, Lemmy contra Alphaville, fue dirigida por Jean-Luc Godard. Como narración cinematográfica, la de Godard es un coñazo futurista insufrible; pero tiene virtudes que la convirtieron en obra de culto de su época, con un éxito extraordinario y una notable influencia posterior, hasta el punto de que pueden rastrearse sus huellas incluso en la magnífica Blade Runner, de Ridley Scott.

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