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Patente de corso

El rinoceronte Murphy

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte

Llevo un tiempo vaciando armarios, quemando papeles, ordenando cosas. Se trata de un antiguo reflejo, supongo. Del instinto del reportero que durante veintiún años fui. Cuando estabas en uno de esos hoteles que entonces eran tu hogar, sin cristales en las ventanas y sin agua en los grifos, y tenías que ir a algún sitio incierto, procurabas dejarlo todo en orden, las camisas dobladas, la ropa sucia en una bolsa, los papeles y documentos a la vista, por si eran otros los que tenían que recoger la habitación. Imagino que se me quedó clavado el asunto, pues a veces me siento de ese modo. Y entonces, pues bueno. Me pongo a ordenar cajones.

Mientras fui reportero cometí delitos, engañé, soborné, vulneré tantos códigos penales españoles y extranjeros, que lo de Dahran fue simple rutina

Ayer encontré a Murphy, el pequeño rinoceronte: un peluche de un palmo de longitud al que le falta una oreja, pues hace muchos años cayó ... en manos –o más bien colmillos– de mi perro Mordaunt; y aunque lo rescaté a tiempo no pude impedir la mutilación. El caso es que el peluche, bautizado así en honor a la famosa Ley de Murphy –si una tostada con mantequilla cae al suelo, siempre lo hará por el lado de la mantequilla–, fue la mascota del equipo de TVE durante la primera Guerra del Golfo, entre 1990 y 1991, y estaba sobre el salpicadero del Nissan con el que entramos en Kuwait junto a las tropas norteamericanas.

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