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PATENTE DE CORSO

Esos delfines violadores

Arturo Pérez-Reverte

Hace un par de semanas escribí en esta página, parafraseando un antiguo dicho, que una ardilla podría recorrer España saltando de gilipollas en gilipollas sin ... tocar el suelo. Y hay quien se ha mosqueado, claro. Ya está el Reverte insultando. Pero lo blanco y en tetrabrik suele ser leche. Asumámoslo. En España, por alguna razón que tiene que ver con nuestra triste historia, con nuestra tradicional, voluntaria y gozosa incultura trufada de complejos y con ese toque de demagogia oportunista que algunos, a falta de otra ocupación decente, han convertido en medio de vida, los extremos de gilipollez nacional pueden ser formidables. Y si a los cantamañanas natos, vocacionales o simples aficionados, añades los simples tontos de infantería -otrosí llamados tontos de baba o tontos del culo-, el número de unos y otros, coincidiendo a menudo en maneras y objetivos, se hace infinito, en plan muchedumbre tan apretada que en cuanto nazcamos unos pocos más acabaremos cayéndonos al agua. Como suele decir Carlos Herrera, que conoce a la peña hasta por las tapas, aquí hay más tontos que botellines de cerveza.

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