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Patente de corso

La isla de 'El problema final'

Arturo Pérez-Reverte

Detesto escribir novelas. Es un trabajo duro, minucioso. Un año o año y medio de rutina laboral, de cinco a ocho horas diarias, festivos incluidos. Para un escritor profesional, o al menos la clase de profesional que soy –no un artista, sino un artesano que cuenta historias lo mejor que puede–, eso no se diferencia de otras actividades laborales. Es como ir a la oficina o a la fábrica, fichando a la entrada y la salida. Nada hay de romántico ni glamuroso en ello. Se trata de un trabajo que se hace de forma rutinaria, organizada. Y que fatiga como cualquier otro.

Lo que me gusta es imaginar. Construir la trama de lugares, situaciones, personajes y diálogos es lo más cercano que conozco a la felicidad. Como ... leer una novela cuyas páginas siempre nuevas, siempre posibles, van pasando en tu cabeza. Dormir cada noche pensando en el episodio que escribirás por la mañana, leer –y aprender mientras lees– libros relacionados, observar el mundo con la avidez del cazador que lleva abierto el zurrón, idear dónde encaje cuanto inventas, es lo que amo del oficio que practico desde hace treinta y cinco años. Pero nada de eso tendría sentido, ni podría permitírmelo, si al fin no concluyera la novela, publicándola para justificar el tiempo y el dinero invertidos en esa feliz etapa inicial. Nadie puede vivir de su imaginación si no la materializa, luego, en algo que interese a los demás.

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