Entre otras costumbres desagradables –en Venecia no todas lo son– esta ciudad tiene la de cerrar hoteles por obras, reformas y cosas así. El Danieli, ... refugio de viajeros fatigados, amantes, conspiradores y novelistas en busca de atmósfera, está envuelto en andamios. El Bauer, con su puntito más sofisticado –menos millonetis rusos, quiero decir–, también languidece entre albañiles y restauradores. Así que, como cuando los marinos eligen puerto según sople el viento, acabas recalando en el Gritti. Desde la ventana de la habitación donde trabajas puedes ver la Salute, blanca y solemne al otro lado del canal. Sobre la mesa está el manuscrito de la última novela para su corrección final: días intensos de trabajo, teléfono en modo avión, el mundo fuera, nadie que dé la barrila y tu restaurante de pasta favorito a diez minutos y tres puentes. Con cierta edad, eso se parece bastante a una fatigada felicidad.
Para algunos entre los que te cuentas –lector patológico y novelista accidental–, los lugares son simples lugares si no los arropas con libros: esa compañía invisible, portátil, de fantasmas propios y ajenos que te recuerdan que el mundo, y casi todo lo interesante que contiene, estaba escrito antes de que tú llegaras. Y a diferencia de los libros, objeto de veneración, con los autores nunca fuiste en exceso mitómano. Pasaste demasiados años viendo cosas que enseñan a observar con prudencia el mármol de los héroes. Cosa distinta, ésta de carácter práctico, son los maestros en los que aprendiste un párrafo, una escena, un modo de contar un personaje o una historia. Como alumno agradecido, eres consciente del privilegio de convivir con ciertos fantasmas respetables. De los que, por cierto, en Venecia y en el Gritti hay unos cuantos. Y dos de ellos suelen acompañarte a desayunar.
El restaurante del hotel despliega cada mañana un arsenal gastronómico: frutas, pescados, quesos, pastelería, huevos: menú digno de un Dogo de la Señoría. Sin embargo, en tu sobria disciplina mañanera, estés donde estés, casi siempre pides lo mismo: leche tibia con miel, pan con mantequilla y la primera cafiaspirina del día –hábito que cediste a tu amigo el espía franquista Lorenzo Falcó–. Y mientras desayunas y observas con ojos de cazador, como acostumbras, la fauna y flora ambiente, reparas una vez más en las plaquitas atornilladas en la pared junto a tu mesa y la contigua: la vecina recuerda que aquélla era la mesa de Ernest Hemingway, y la tuya evoca los desayunos venecianos de William Somerset Maugham.
Quizá a alguien le sorprenda–aunque no a tus lectores–, pero para desayunar en el Gritti eliges siempre la mesa de Somerset Maugham. De Hemingway, desde que eras jovencísimo lector, admiras al autor de Por quién doblan las campanas o París era una fiesta: el tipo duro que escribía frases como disparos y supo entender que un diálogo picado o una escena breve eran más eficaces que veinte páginas de Proust. El problema, lindando con el autor, está al otro lado del personaje: cazador machote, corresponsal de guerra heroico, boxeador de taberna, torero de sobremesa. Como tú mismo conociste bien el oficio de Hemingway y sabes de qué iba, siempre miraste con poca simpatía su mito de macho fanfarrón e invulnerable. Hasta en una de tus novelas –Sabotaje, otra del espía Falcó– hiciste que el protagonista le diera una paliza en un bar.
Somerset Maugham te cae mejor. No porque fuera santo ni héroe, sino porque nunca intentó parecerlo. Viajó por medio mundo con una mirada escéptica, observó a la gente con una ironía elegante y escribió novelas y cuentos que funcionan como relojes suizos: precisión, claridad y una gota de veneno moral que el lector descubre demasiado tarde. El tartamudo y homosexual británico no necesitaba posar con escopeta, pues le bastaba una frase bien puesta. Y mientras el otro se estudiaba a sí mismo, éste pretendía comprender a los seres humanos: un ejercicio sutil, mucho más complicado.
Así que cada mañana, cuando te sientas a desayunar en el Gritti, imaginas a ambos ocupando mesas contiguas, aunque separadas. Uno pediría huevos, whisky y conversación ruidosa mientras voceaba cuántas botellas bebió y con qué mujer se acostó la noche anterior; otro levantaría apenas una ceja, probaría el café y tomaría nota mental de los presentes para convertirlos en personajes de un relato. Y tú, bajo la sombra admirable de ambos, sigues corrigiendo tu novela y miras la cúpula de la Salute a través de la ventana. Es la vida misma, filtrada a través de los libros leídos y escritos, la que ayuda a escoger: hace cincuenta años habrías elegido sin vacilar la mesa de Hemingway. Hoy prefieres sentarte en la de Willy Maugham.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.
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