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Patente de corso

Orejas, guerras, videojuegos

Arturo Pérez-Reverte

Hace mucho que no les cuento una batallita del abuelo Cebolleta. Supongo que en los treinta años que llevo en esta página las he contado casi todas, al menos las que puedo contar –alguna queda de las que no se pueden, o momentos olvidados que de pronto dicen hola, aquí estoy–. Pero resulta que esta mañana, cuando me puse a teclear, el asunto me daba vueltas en la cabeza. Y es que anoche me acosté pensando en eso. Había estado viendo imágenes de la guerra de Ucrania y me fui a la cama con ellas: vistas aéreas, tomadas mediante drones, de infelices soldados encogidos en sus trincheras, acurrucados como niños con miedo, mientras desde el artilugio aéreo, teledirigido, les dejan caer pequeñas bombas que estallan entre ellos y los hacen trizas. La guerra tal como se hace hoy, vamos. Y la verdad es que, viéndolo, me alegré de ser lo bastante viejo para no andar por ahí, cubriendo las guerras de ahora. Han cambiado mucho las cosas y dudo que sobreviviera en una trinchera de ésas. Estar en primera línea es jugar a la lotería con demasiadas papeletas a favor de que te toque.

Encogidos en sus trincheras como niños con miedo, mientras desde el artilugio teledirigido les dejan caer bombas que los hacen trizas

También estuve viendo imágenes de soldados capturados o derrotados: el cansancio, el dolor, el miedo. Eso, sin embargo, no ha cambiado en absoluto. Siguen siendo ... los mismos rostros, los mismos chicos, los mismos desgraciados tantos años después, como lo fueron y son desde hace siglos, de Troya a Ucrania y tiro porque me toca. Incluso la infame crueldad de algunos vencedores, o del ser humano en general. La bomba que desde el dron cae directa y deliberadamente, en vertical, sobre los cuatro soldados que cargan una camilla con un compañero herido, fría secuencia en blanco y negro. O el soldado que, cuchillo en mano, se agacha sobre un prisionero cuyos chillidos de horror coinciden con el momento en que quien está grabando –ya nunca un periodista, sino otro soldado– aparta el teléfono móvil para ahorrarnos el desenlace. Nada nuevo, como digo. Esa última escena me recordó Beirut en 1976, cuando un combatiente local –da igual el bando, todos actuaban y actúan del mismo modo– me mostró un bote de cristal con lo que creí eran melocotones en almíbar y resultaron ser orejas humanas.

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