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Patente de corso

Seis cervezas con Fernando

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte

Los gritos del negro se oían en el hotel. En realidad todos los que estaban allí eran negros, o casi, pero aquél gritaba mucho. Llevaba toda la tarde haciéndolo. Ocurrió a mediados de los años 80, en un lugar del sur de Angola llamado Mavinga: un pudridero infecto, exactamente la clase de lugar por donde, llegado el caso, al mundo le pondrían un supositorio. Había allí algo parecido a un hotel, y en ese hotel, o lo que fuera aquello, estaba el arriba firmante intentando conseguir una entrevista, que nunca obtuve, con un tal Nicolás Savimbi, jefe de un movimiento guerrillero local llamado Unita al que algo más tarde mataron en una emboscada.

Hay hombres cobardes o valientes, dijo. Más sólidos o débiles. Pero para interrogar a un hombre inteligente ni siquiera hace falta torturarlo

No había buen ambiente. Era una guerra civil sucia, en la que también andaban liados sudafricanos y cubanos. La descolonización portuguesa era reciente y las ... cosas no andaban claras sobre quién se comería el pastel. Para resolverlo, unos y otros se mataban a conciencia al estilo África: mucho machete, chas, chas, chas, para ahorrar balas. Aunque no faltaba la tecnología moderna. Cerca de Mavinga, en el río Lomba, aviones Mig-23 nos habían tirado napalm. Pero ésa es otra historia.

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