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Patente de corso

Un gazapo de Joseph Conrad

Arturo Pérez-Reverte

Si ustedes escriben novelas, o lo que sea, les habrá pasado alguna vez. A mí me pasa. Revisas cien veces un texto, corriges, lo entregas, y cuando te lo echas impreso a la cara, en la primera página que abres salta el gazapo. No digo erratas, que también (los editores certifican que este texto no contiene ninguna errita), sino metidas de gamba: planchazos que a veces te hacen decir tierra trágame o mátame camión, como se dice ahora. Lo sé desde mi primera novela, cuando planté eucaliptos en España casi un siglo antes de que los hubiera, y desde entonces colecciono, como cualquiera que le dé a la tecla. Además, siempre hay lectores que saben más, y nunca falta el cabroncete que te da con el codo y dice: en ésta lo he pillado, amigo. Y tú te lo zampas, estoico, y das las gracias aunque te cisques por dentro en sus muertos. Y lo corriges en la segunda edición.

Por suerte hay consuelos que alivian, y acabo de encontrar uno. Estaba el otro día leyendo El pirata de Joseph Conrad, que en inglés ... se titula The Rover, y por cuestión de trabajo, buscando un efecto útil para algo en lo que trabajaba, advertí que en las primeras líneas, refiriéndose al acto de fondear un barco, la edición española hablaba de el cable del ancla mientras que la inglesa –la primera edición de ese libro, una de las que tengo– mencionaba the chain, la cadena. Me sorprendió, porque una cosa es la maroma o cabo grueso (cable en español y cable en inglés) con el que antiguamente se sujetaba el ancla, y otra es la cadena (chain) que los barcos modernos utilizan desde mediados del siglo XIX.

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