Reinos de humo
Ca L'Isidre
En La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza describía la capacidad de Barcelona para salir airosa de cada crisis a la que la empujaba la historia. Cuando Mendoza publicó la novela, en 1986, aún faltaban seis años para los Juegos Olímpicos, y en 1992 el milagro ocurrió de nuevo.
Ahora, que ya no queda nada de aquel optimismo, echo de menos un texto suyo que invoque una nueva reinvención de la ciudad. Salgo de ... cenar de Ca L'Isidre y camino hacia el hotel España. A la espera de lo de Mendoza, me imagino yo el Raval, años más tarde, convertido en un híbrido entre Williamsburg y Sentier.
Con el barrio a punto de naufragar y la ciudad perdida entre las nieblas, se aferró al Carrer de les Flors y siguiócomprando el mejor producto para aquellos clientes que escaseaban
En esa noche futura cenamos como siempre y como nunca. La Nuria Gironés –la hija del Isidre y la Montserrat– cocina como solía, exacta y delicada, pero con ese punto de felicidad y optimismo que le faltaba la primera vez que nos sentamos a charlar en la mesa de Fellini y Woody Allen. Es una de esas cocineras totales de muchas horas de fogón y obrador y pocas de plató que practica una humildad de otro siglo. En los tiempos duros, cuando se hizo cargo de la casa que levantaron sus padres cincuenta años antes, con el barrio a punto de naufragar y la ciudad perdida entre las nieblas, se aferró al Carrer de les Flors y siguió comprando el mejor producto para aquellos clientes que escaseaban.
Todo aquello se fue un día, como la Covid. Ahora, en el futuro, cuesta encontrar mesa. La cocina tradicional de aquella ciudad cosmopolita y abierta puesta al día, la historia que cuelga en forma de cuadros de sus paredes y el saber hacer de la casa forjada a base de esfuerzo y entrega han convertido Ca L'Isidre en un icono de la nueva Barcelona. Todo es posible en la ciudad de los prodigios.