Reinos de humo
Forastera blanca
Hace unos años conversé algunas botellas con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en la taberna La Tavina de la laureada calle Laurel de Logroño (permítanme el juego de palabras en homenaje a Gloria Fuertes, cuyos deliciosos textos estoy redevorando con mi hija de cuatro años).
Llevaba yo un rato calentando su cabeza con historias de la bodega López Heredia, impertérrita guardiana de los secretos del rioja y mi favorita, cuando ... el paisa se despistó entre las botellas a la venta de aquella casa.
Al rato sacó una libreta y comenzó a repetir los nombres de algunos vinos en voz alta y a apuntarlos. Está lleno de historias, dijo, y prometió que aquellos Angelitos Negros, La Malkerida, Gallinas y Focas, Malpaso o El Gordo del Circo acabarían en alguno de sus libros.
Según transcurrían los pases y las copas, más literario se volvía aquel encuentro costero, con La Graciosa presidiendo el Norte
El otro día tuve yo otro momento Abad en el restaurante El Risco, en Famara (Lanzarote), cuando Pedro –el alma de ese rincón imperdible donde el crujiente de morena frita alcanza cotas inimaginables– fue dándole paso a algunas botellas de los vinos más escasos de las islas.
La forastera blanca de La Gomera, de Salto de los Mozos, concretamente, salió a escena escoltada por Paraje, de Tilama, que hablaba de su fermentación espontánea, sin filtrado ni clarificaciones, de viñedos enarenados… y después llegó Bermejo, de Diego, y, según transcurrían los pases y las copas, más literario se volvía aquel encuentro costero, con La Graciosa presidiendo el Norte. Tan solo faltó un marinero confundido de siglo entrando por la puerta a pedir alivio para su salitroso gaznate o el mismísimo Conrad.