Reinos de humo
La cuchara como patria
Los humanos tenemos el don innato de complicarnos la vida. Miren la que se lleva liando con lo de las patrias desde que superamos lo de la tribu. Cuando lo identitario y lo emocional se cruzan con lo terrenal, ya la tenemos liada.
Por eso quizás nos convenga simplificar un poco y, ya que parece que no somos capaces de vivir sin patria, inventarnos algo que nos permita ... llevar mejor esa cruz. Los intentos para superar los problemas de soberanías y fronteras han sido loables, como el de Pessoa, al afirmar que su patria era su lengua, o el de Rilke, cuando decía «mi patria es mi infancia».
Para convertirse en ciudadano del reino o república de la cuchara, como gusten, no hace falta más que la convicción propia y pasar a defender la cocina más cercana a la infancia
Sin embargo, los sapiens hemos conseguido politizar los idiomas y hasta los personajes infantiles. Así que yo propongo, socarronamente, una nueva opción: asumir la cuchara como patria y permitir que otros juren lealtad al tenedor. Para convertirse en ciudadano del reino o república de la cuchara, como gusten, no hace falta más que la convicción propia, y pasar así a defender la cocina moderna, la del neolítico, la del agua, la que practicaron las mujeres en cuanto la cerámica y los metales permitieron hervir alimentos, la que posibilitó ablandar los vegetales y dar de comer a muchos con poco; la de los caldos y los guisos lentos, la más cercana a la infancia.
En el siglo XII, médicos como Maimónides ya recomendaban la sopa de pollo para combatir la gripe, y a lo largo de los siglos son muchos más los autores y libros que la defienden como medicina para enfermos y convalecientes. Una patria que sana, ya ven. Lo curioso es que, más allá de su valor nutricional, los expertos aprecian un efecto psicológico reconfortante en ella por cuanto les conecta con el tiempo infantil en el que establecimos nuestros vínculos psicológicos con la comida.