Reinos de humo
Pollo y servilleta
Hace veinte años que Oriol Rovira está en el mismo sitio. Él no ha tenido que regresar culinariamente de ninguna parte. Los que se han movido son los otros. El cocinero de Sagàs ya asaba pulardas enteras y consumía aves, granos, vegetales y cerdos que producían sus propios hermanos cuando la cocina tecnológica triunfaba en el mundo.
Abandonó su carrera en el País Vasco y regresó tras los grandes incendios de 1994, que también arrasaron la casa de los Rovira. Entre todos, ... la sacaron adelante y la convirtieron en una explotación viva que cierra el círculo con el restaurante. Hace poco llegué por primera vez a quitarme la vergüenza de no haber comido nunca allí. A Sagàs, si no vas… es difícil que te lo encuentres. No me justifico, me culpo.
Antes de abrir la boca ya estaba ganado, y no solo por el paisaje, sino por la servilleta más hermosamente grande que me he topado en la vida, de una protección casi felliniana
El almuerzo fue de primera cita, disfrutando del encuentro, sin forzar nada, sabiendo que habrá otras más intensas. Antes de abrir la boca ya estaba ganado, y no solo por el paisaje o el imponente caserón, sino por la servilleta más hermosamente grande que me he topado en la vida, de una protección casi felliniana. Oriol fue nombrado vicepresidente de mi imaginario club mundial de la servilleta. A algunos les parecerá una boutade, pero expresa perfectamente el papel que se le concede al comensal en Els Casals.
Su felicidad es lo que importa por encima de los esteticismos o la creatividad del cocinero. Solo por el pollo de la casa asado a la parrilla con coles de Bruselas, chalotas y castañas y la sobrasada se puede cruzar el sur de Europa. La butifarra negra del perol con guisantes y tripa de bacalao y los mongetes del ganxet con chipirones, panceta y espinacas ofrecen tanta verdad como sabor. Yo sí tengo pensado regresar.