Reinos de humo
Qué plato tan feo
Ya conocen ustedes mi incorregible tendencia a la perplejidad. A veces parece que yo fuera más de los tiempos de Errol Flynn que del TikTok. ¿Cómo me puede resultar tan irritante una frase corta al pie de una foto en la entrada de otra red social? «Qué plato tan feo. Un vitello tonnato sin alcaparras», dice. ¡Qué obsesión la de comer solo con la vista!
¿Feo, bonito? ¿Según qué criterio estético o herencia culinaria? ¿Es bella una cazuela de chipirones en su tinta? ¿Y una de callos? ¿Y una ... tarántula asada? ¿Desde qué herencia cultural es bello y suculento un jamón de cerdo ibérico con sus pelos y su pezuñita negra? Que se lo pregunten no ya a un fiel de las enseñanzas de Mahoma, sino a un mecánico de San Francisco.
El olfato y el gusto son los sentidos realmente singulares del hecho culinario y, sin embargo, están ausentes de toda esa representación digital
La digitalización inherente a los tiempos que vivimos produce transformaciones profundas en todas las actividades humanas, desde la economía, los estilos de vida, incluso el modo de relacionarnos. La gastronomía se ha subido a la nube y allí se cocina en mayor volumen que en los fogones. El imperio de las fotos y los vídeos ha simplificado y aplastado las cosas del comer como un filete ruso, aunque los ojos sean órganos menos importantes que la nariz y la boca para lo que nos traemos entre dientes. El olfato y el gusto son los sentidos realmente singulares del hecho culinario y, sin embargo, están ausentes de toda esa representación digital que traduce cualquier estímulo complejo a una pieza audiovisual.
Sufro ante tanto esteticismo culinario y food porn y, sin querer, miro con simpatía ese iniciático movimiento de defensa de los productos imperfectos y la comida fea, aunque no sé tampoco dónde va a ir a parar eso. Somos tan tremendistas.