Me viene a la mente aquella broma que decía: «Ahora que hemos aprendido a decir penícula se dice flim». Solo que la versión de 2026 ... me hace menos gracia. Ahora que habíamos aprendido a decir take away llega el eat-in. Los platos preparados no dejan de multiplicarse en los supermercados. Dentro de muy poco para los productos sin elaborar quedará solo un minilineal.
Cuando creíamos que aquello de «no cocino en casa porque no tengo tiempo» era lo peor que nos podía pasar llega el «compro una ración en el súper y me la como allí», donde, además, te ponen gratis un microondas, servilletas, sillas y mesas.
Ya hay datos para aburrir y todos coinciden en que el crecimiento de este fenómeno es imparable. En lugar de quedar con los amigos en el bar de abajo o en el restaurante de la esquina, la gente va a citarse a comer en el supermercado. Las cadenas más importantes se dan cinco años para que en todas sus tiendas se puedan consumir sus platos preparados como si fueran restaurantes, pero sin servicio.
El mundo de la hostelería, tal y como lo conocíamos, con sus menús del día y sus bares de bocatas, quizás sea irreconocible en dos lustros. Mientras en otros sectores miran con lupa la posición dominante de algunas empresas, en el mundo de la hostelería reina el silencio. Algunos cocineros de campanillas levantan la voz, pero el grueso de la tropa, la que más va a sufrir este zarpazo, sigue bregando con el día a día sin darse cuenta de que no viene una ola, sino un tsunami. ¿No deberíamos organizar la resistencia, una suerte de partisanos de los bares y los restaurantes de barrio?
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Bejamín Lana es presidente de la división de Gastronomía de Vocento
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