Reinos de humo
Fuera de carta
Me divierte mucho el juego de las clasificaciones rotundas y los planteamientos que no dejan sitio para los términos medios, puro divertimento. Quién no se ... ha visto en uno de esos aperitivos dicharacheros diciendo eso de «el mundo se divide entre los que piden una cervecita antes de comer y los que no». Yo suelo quedarme solo en el segundo grupo. La cerveza me quita el hambre. Dos cañitas y que me eliminen un plato del menú. No sé si mi cuerpo entiende que cereal y levadura equivale a pan, si es psicológico o fisiológico, pero la verdad es que o me aguanto o me apunto al vino directamente.
No hay otro detonador de recuerdos y emociones como la comida, nada que logre como un aroma o un sabor rescatar de lo más oculto de nuestra memoria
Por más vueltas que doy por el mundo no he encontrado mejor bebida para acompañar la comida que el zumo de Vitis vinifera. Me da placer y no me toca el apetito. Ni bebidas azucaradas ni secas ni cócteles ni mócteles ni kombuchas, fermentados varios, infusiones, ni siquiera tés de altísima calidad; solo una vez me pareció sublime en un restaurante vegetariano de Shanghái, el Fu He Hui. A mí que me arranquen la comida con vino, con o sin burbujas.
Jugando a las clasificaciones ayer me salió otra. Ahí va: el mundo se divide entre los que piden los fuera de carta y los que no porque desconfían, por si se la quieren meter doblada. Aquí estoy en el primer grupo. Los fuera de carta, los specials, que dicen los anglosajones, simbolizan mercado, compromiso y hasta un punto de heterodoxia en el día a día de un restaurante. Cuando tienen sentido, suelen estar elaborados con producto de temporada, abundante, más barato, a veces incluso excelso y caro, pero en cualquier caso gastronómicamente siempre interesante.