Reinos de humo
Gorrines de julio
Recuerdo mejor los gorrines inmaculados colgados en las carnicerías que los toros en el Encierro. Supongo que en aquellos años de la infancia mi personalidad culinaria ya andaba formándose. Julio olía a campos cosechados, vacaciones y carne asada. Mi primera palabra fue esa, 'gorrín', como los llaman en Navarra.
Se grabó en mi memoria infantil, entonces virgen y plástica, mucho antes que 'txerrikume', 'cochinillo', 'lechón' o 'chanchito'. Los veía nacer por docenas ... en la granja de mis tíos José y María y ocasionalmente ayudaba en las labores de alimentación y hasta alguna vez en la de dentista para que no mordieran a la madre. Los veía salir semanas después, sin ningún rubor ni sufrimiento por mi parte, a su siguiente destino, más o menos fatal, y nacían otros.
La primera palabra con la que alguien llamó a las cosas le define mucho más que su pasaporte. Ahora, todos llamamos del mismo modo a las mismas cosas
La primera palabra con la que alguien llamó a las cosas le define mucho más que su pasaporte. Los vocablos cambiaban antes de un pueblo al de al lado. Ahora, la uniformización no solo supera la categoría de pueblo, sino incluso la de país. Todos vemos, consumismos y llamamos del mismo modo a las mismas cosas. Además de los ojitos cerrados de los gorrines de cuerpos blancos y casi criogenizados, recuerdo alguna madrugada inhumana para llegar a Pamplona a tiempo para el encierro con muchos niños dentro de un SEAT 600. Bocadillos de una tortilla que se cuajó aún de noche y la bota para los mayores.
En los pueblos, cuando llega el verano, manda la madrugada, así sea de entrada o de salida. Unos se levantan cuando el día aún titubea y otros se acuestan, si hay suerte, ocultos todavía por esa penumbra. La frontera entre el día y la noche es líquida en este julio poderoso como lo es también entre lo vivo y lo muerto. ¡Cuántas parrillas y hornos han hecho revivir gorrines y corderos!