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Reinos de humo

Héroes que cultivan

Benjamín Lana

Me encuentro con una cita de Hesíodo, el poeta de la Antigua Grecia, que dice: «Utilizar el arado es tan admirable como blandir la espada y el escudo». Me deja pensando. En estos días terribles de furia y de odio como los de antaño, pero con armas infinitamente más letales, me alivia pensar en que la tierra tiene su propia épica, épica sana, no como la de la sangre en la que nos revolcamos siglo a siglo sin solución.

Afirmaba Hesíodo que el heroísmo no se manifiesta solo en el campo de batalla porque la lucha contra la tierra –'a favor de la tierra', tendría que decir la versión contemporánea– «también es algo épico». La dignidad del que labra, suda, siembra, espera y se pone en manos de la providencia –'de la naturaleza', debería decir– está por encima de la de todos los guerreros que se alimentan de absolutismos, grandilocuencias y vanidades.

Cuanto más lo pienso, más adentro me llega la idea de Hesíodo que, ochocientos años antes de Cristo, elevó a los agricultores y su esfuerzo a la altura de los héroes

Supongo que no deberíamos asistir al enésimo capítulo de la barbarie humana para acordarnos de los que cultivan, para pensar en su aportación social, respetar su forma de vida y construir una sociedad en la que tengan cabida y sentido de nuevo. Cuanto más lo pienso, más adentro me llega la idea del poeta de Ascra –cerca de Tebas– que, ochocientos años antes de que naciera Jesucristo, cuando la literatura y la historia se acordaban básicamente de los reyes, los dioses y las batallas de unos y otros, elevara a los agricultores y su esfuerzo a la altura de los héroes. Ojalá los arados reemplazaran a las espadas y la dignidad de los pueblos se basara no en cuánto matan, sino en cuánto siembran. En los tiempos de zozobra siempre es buena idea regresar a la naturaleza, aunque solo sea por vieja, por sabia.

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