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Reinos de humo

Los Pérez y el vino

Benjamín Lana

Los sumilleres más inquietos de la patria andan enamoriscados con los plebeyos. Los que pitan ya no se apellidan Rothschild ni Antinori, ni siquiera tienen apellidos compuestos. Ahora los que cortan el bacalao son los Pérez.

Desde que Mariano García –otro plebeyo– saliera de Vega Sicilia y bautizara a su vino con el nombre de su padre, Mauro, sin necesidad de alcurnias postizas, ha llovido lo suficiente para que tengamos un renovado mundo en el que las aristocracias del vino se han ido encerrando en las naves de barricas mientras los nuevos se amarran a los viñedos y se afanan en darle la vuelta a lo que somos para tratar de recuperar lo que fuimos.

No es que yo esté en contra del ‘movimiento perezista', al contrario. Me interesan su mirada al suelo más que al cielo, a la parcela más que a la finca, y la vinificación singular, directa y sin engolamientos

No hay restaurante pintón en el que el sumiller no se presente en la mesa con una botella elaborada por un Pérez. Si no es Raúl Pérez, el revolucionario de El Bierzo, es Willy Pérez y sus nuevos vinos de terruño gaditano, y si no Sara Pérez, la segunda generación del Priorato que vinifica con el alma más que con la cabeza. No es que yo esté en contra del ‘movimiento perezista', al contrario. Me interesan su mirada al suelo más que al cielo, a la parcela más que a la finca, y la vinificación singular, directa y sin engolamientos, pero con su éxito están logrando que las cartas se parezcan demasiado.

Hay demasiados camareros de vino que caen arrobados ante cualquier botella si va numerada y pertenece a una elaboración de parcela pequeña. Ahora que la moda de los jereces se encauza, por fin, voy a pedir que tampoco caigan todos en manos de los Pérez.

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