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Reinos de humo

Segunda vida de un jamón

Benjamín Lana

Hay pocas cosas más irreverentes que pintarle la pezuña a un jamón con laca de uñas roja. Cada persona tiene definido un código ético personal –lo que está bien y lo que está mal– que extiende su jurisdicción a todos los ámbitos de la vida, hasta los más insospechados, y uno de ellos es el de la comida. No hace falta pensar en culturas muy distantes para observarlo. Chupar cabezas de gamba o meterse una buena ración de callos y morros entre pecho y espalda puede generar situaciones hilarantes. Lo del jamón es un caso de manual.

Tener una buena pata bien sujeta en el jamonero –así sea negra de los Carrasco o blanca de Trevélez como la que me provee mi ... amigo Pepe–, lista para una tienta rápida, ofrece mucha seguridad a personas como yo: hace hogar. Para otras con las que convivo es un objeto tan inquietante como una motosierra después de ver una peli de miedo, y si no pueden esconderla, pues acaban humanizándola con pintaúñas.

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