Reinos de humo
Un picante guay
Si les digo que las palabras son tan importantes en un restaurante como la cocina o la bodega, me llamarán exagerado. Seguro mi visión está contaminada por las esencias de mi oficio, pero permítanme la licencia para arrancar con brío.
Les vengo con este cuento porque llevo un par de cenas en las que me he encontrado con camareros que las han pasado canutas a la hora de explicar los platos en la mesa. No les voy a aburrir con el cuento de lo importante que es la sala, eso ya lo sabe todo el mundo. Yo apenas digo que servir mesas no solo es un oficio dignísimo, más que el de príncipe, sino que demanda destrezas y talentos propios, naturales o aprendidos, si se quiere desempeñar con dignidad y decoro.
Servir mesas no solo es un oficio dignísimo, más que el de príncipe, sino que demanda destrezas y talentos propios, naturales o aprendidos, si se quiere desempeñar con dignidad y decoro
Hay algunas personas que han nacido para hacer felices a los otros, son capaces de lograr con sus palabras que el pollo asado de nuestra mesa casi vuele de nuevo. Otros muchos no son magos ni picos de oro, pero transmiten con tanto corazón y verdad lo que sienten que logran que el comensal repita una y otra vez. Pero también los hay, no tantos gracias a Dios, que cantan los platos de la carta y repiten los ingredientes con menos salero que un esquimal baila flamenco.
Las cenas que les contaba al principio tuvieron lugar en sendas casas con el modelo contemporáneo de cocina vista en el que los propios cocineros son los que sirven los platos. Se pensará que esto es lo ideal, pero, a veces, se cocina bien y se cuenta regular. El cocinero-camarero, a la hora de explicar un rabo de vaca con mole, nos dijo: «Es que tiene un picante guay». Y hasta ahí, sin poder precisar más. Solo le faltó decir: «El mole mola».