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Pequeñas infamias

Adiós, querido Holmes

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Hace unas semanas, buenos y viejos amigos capitaneados por Arturo Pérez-Reverte organizaron un homenaje a Javier Marías. La idea era que cada uno contase algo vivido con él que sirviese para que, al menos durante ese corto espacio de tiempo, volviese a estar entre nosotros. Como debido a un compromiso en otra ciudad, y para mi gran pena, no pude participar, quiero compartir con ustedes la anécdota que me hubiese gustado relatar.

Como muchas otras amigas y amigos suyos, conservo en casa una reliquia del pasado, un antiguo y renqueante fax cuyo único cometido era comunicarme con ... Javier. Él no tenía ordenador, escribía en una vieja máquina eléctrica y su móvil era del Jurásico, pero siempre fue partidario de este pretérito invento que le permitía ejercer el ahora casi olvidado arte de escribir a mano. A través del fax comentábamos sucedidos, compartíamos curiosidades o establecíamos citas para vernos, una rutina, calculo yo, similar a la que mantenía con otras muchas personas. No sé cómo serían los mensajes que intercambiaba con los demás, pero los que yo conservo de Javier son muy divertidos. Muy literarios e infantiles también, porque, poco a poco y hablo ahora de veinte años atrás, aquellas misivas pasadas por el fantasmagórico filtro del fax empezaron a convertirse en juego.

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