Pequeñas infamias
Los defectos de mis virtudes
Carmen Posadas
La semana pasada les hablaba de defectos y esta me gustaría hablarles de virtudes. No hace mucho, mi amiga Ana, hablando de su marido, que es muy generoso, atento y resolutivo, me hizo reparar en algo en lo que hasta entonces no había caído. «Sí –me dijo–, Juan es una persona excepcional, pero tiene los defectos de sus virtudes». «¿A qué te refieres?», pregunté, porque siempre me ha parecido que a Ana le había tocado la bonoloto.
«Es verdad –argumentó–, pero hasta la bonoloto tiene sus impuestos y se suelen pagar en la misma moneda que el premio». Al principio no ... entendí, pero desde entonces vengo reflexionando sobre el asunto y creo que ya sé a qué se refiere.
Otro rasgo positivo de mi carácter que me ha causado más de un problema es que no soy nada rencorosa
Un marido como Juan es un chollo. Con las virtudes que acabo de señalar, se ocupa de todo, por supuesto de temas económicos, pero también de la intendencia, incluso de la más aburrida: de organizar los viajes, de llamar al fontanero cuando se rompe la caldera, de hablar con los profesores del cole del niño o de poner firme al portero cuando hace falta.
Sin embargo –y aquí viene el impuesto del que hablaba mi amiga–, como es tan resolutivo, atento y generoso, acaba resultando invasivo. Él sabe perfectamente qué le conviene a cada miembro de la familia; qué es saludable comer y qué no, qué se debe hacer, comprar, vestir, adónde viajar, pasear… Para que este artículo no parezca una crítica a mi amigo Juan, al que adoro, pondré ahora como ejemplo algunas de mis virtudes y, por tanto, defectos.
Me considero una persona extrarrespetuosa con el espacio de los otros. Tal vez porque no me gusta que me invadan, jamás me meto en la vida de nadie, ni siquiera en la de las personas que más quiero. Craso error. Muchas veces he tenido que arrepentirme de esta supuesta virtud.
Primero, porque la mayoría de la gente confunde mi actitud con falta de interés, cosa que no es cierta. Y segundo porque con ese escrúpulo mío de «ellos sabrán qué hacen, quién soy yo para dar consejos», me he abstenido de avisar a otros de los berenjenales más que evidentes en los que se estaban metiendo.
Otro rasgo positivo de mi carácter que me ha causado más de un problema es que no soy nada rencorosa. Qué bien, pensarán ustedes, muy cristiana esa virtud. Sí, pero me he dado cuenta de que un pelín de rencor es algo muy útil y evita que uno tropiece dos veces con la misma piedra. Ya sé que ahora está de moda repetir ese mantra de «Yo perdono, pero no olvido», pero esa no es más de que una de las muchas trolas que nos contamos para quedar bien, porque perdonar –perdonar de verdad– es poner el cuentakilómetros de las ofensas a cero, y eso solo se consigue con el olvido.
Lo digo con pleno conocimiento de causa, porque yo perdono una y otra vez. Pero no se crean que por virtud ni por mérito. Lo hago porque tengo memoria de chanquete y algunas –o mejor dicho muchas– veces me gustaría ser menos desmemoriada, así no repetiría ciertos errores garrafales.
Siempre me han interesado este tipo de contradicciones y paradojas de la naturaleza humana que hacen que uno no comprenda ni la mitad de lo que le pasa, ni a uno mismo ni a otros. Intentar descifrarlas no es fácil, pero se me ocurre una posible receta.
En el frontispicio del templo de Apolo en Delfos –el archifamoso oráculo del mismo nombre al que todos acudían en busca de guía y consejo para sus vidas– había esta inscripción: «Conócete a ti mismo». Parece una recomendación tonta: al fin y al cabo, el mirarse el ombligo es uno de los deportes favoritos de todo un batallón de memos. Pero una cosa es mirar y otra ver. Porque ver requiere introspección, autocrítica y, sobre todo, no hacerse trampas en el solitario.
No puedo decir que haya alcanzado la clarividencia que recomienda el oráculo de Delfos, pero por Júpiter (o por Apolo) que estoy en ello. De momento he hecho este descubrimiento sobre mis defectos y virtudes que me ha ayudado a entender, no solo una parte incomprensible de mi carácter, sino también a 'descifrar' a ciertas personas que eran para mí un enigma. Increíble lo mío. Acabo de cumplir 68 añazos y aún estoy en parvulario.