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Pequeñas infamias

Esos truenos vestidos de nazarenos

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Siempre he pensado que los peores sentimientos del ser humano han sido más beneficiosos para la humanidad que los buenos. No solo el egoísmo, que, como señaló Adam Smith, es un motor económico formidable por aquello de que el panadero que busca su propio beneficio acaba dando trabajo a otros; son muchos más los rasgos de carácter poco edificantes que redundan en un bien para la sociedad. Porque, al fin y al cambio, y si bien se mira, ¿qué levantó las pirámides sino la soberbia y la megalomanía de los faraones? Y ¿acaso no fueron también estos dos feos defectos unidos a los celos que sentía Julio II por su antecesor, el papa Borgia, los que dieron al mundo la Capilla Sixtina?

Como de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, observen lo que pasa, en cambio, cuando el móvil de las acciones humanas son los ... sentimientos positivos. El ejemplo más evidente está en la Revolución francesa, cuando encomiables sentimientos como libertad, igualdad y fraternidad hicieron caer al corrupto Antiguo Régimen, sí, pero para poco después dar paso al Gran Terror con la guillotina funcionando a destajo. Algo similar ocurrió en el siglo XX, con la espléndida intención de defender a los obreros frente a los abusos de los patronos que acabó en los fallidos experimentos de la Unión Soviética, China, Cuba o Venezuela.

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