Pequeñas infamias
'Problemas de millonarios'
Carmen Posadas
En Argentina, donde casi el 29 por ciento de la población vive por debajo de la línea de la pobreza, y donde el 10 –el ... segmento más acomodado– se queda con un tercio de los ingresos del país, arrasa Problemas de millonarios, un show en el que los archirricos cuentan sus problemillas.
En una sección del programa Vuelta y media, de radio Urbana Play, que se puede ver en directo en YouTube, los presentadores hacen de consultores sentimentales e intentan comprender qué acuita a los muy ricos. «Es terrible –explica Isabel, pituca bonaerense–, hace 20 años que tenemos una casa en el club de campo y nuestro drama es que el club ha dejado de pagar el buzo que recogía las pelotitas de golf que caían al lago». Isabel está muy preocupada por el sufrimiento ecológico que esto puede suponer para los peces. La audiencia reaccionó mandando corazoncitos y pulgares arriba. Algunos felicitaron a Isabel por ser una millonaria «con conciencia ecológica» y hubo quien se ofreció a convertirse en buzo «por un módico precio».
Sebastián Wainraich, presentador del programa, confesó que al comienzo tuvo dudas sobre la reacción de la gente en un momento en que multitud de familias argentinas tiene tantas dificultades económicas. «Pero nos sorprendió la acogida, la gente se lo ha tomado con humor y sin juzgar». El éxito es tal que incluso piden participar en el programa multimillonarios extranjeros. Como el dominicano Roddy Smith, que se quejó de que, por su cumpleaños, un amigo le regaló un reloj Richard Mille destro, valorado en 350.000 euros. «El fastidio es que yo odio los relojes destro». Ante la perplejidad de Wainraich, Roddy explicó que un reloj destro lleva la corona a la izquierda de la esfera en vez de a la derecha. Esto motivó que uno de los seguidores del programa comentara: «¿Qué les parece? Somos tan pobres que incluso hablamos otro lenguaje».
Esta complacencia lela hace que los ricos se comporten aún más impunemente
Hay quien argumenta que en la Argentina de Milei, en la que empiezan a proliferar los millonarios fast money –dinero rápido–, estos son menos discretos (y por supuesto mucho más jóvenes) que los ricos de siempre. Como, además, el 20 por ciento de ellos carece de estudios universitarios, les gusta alardear de sus éxitos. Éxitos que –dicen– están al alcance de cualquiera gracias a una economía que favorece los pelotazos cripto. Como en el caso del joven Matías Cardozo, que cuenta on-line cómo pasó de ser pobre de solemnidad a millonario mientras exhibe fajos de billetes, se monta en su jet rodeado de maletas Louis Vuitton o muestra su Lamborghini.
Pero en Problemas de millonarios también podemos ver a los ultrarricos llorar por situaciones tan atroces como la relatada por Carol, cuyo marido le compró un deportivo «en el color que más detesto. No me ama, está clarísimo», se lamenta mientras la audiencia se compunge con ella, supongo que reconfortada con aquello de que «los ricos también lloran».
A mí lo que más me asusta de este fenómeno (que es extrapolable a muchos otros países) no es la actitud deplorable, por no decir repugnante, de los ricachones estos. Lo que me aterra es el papanatismo que se está instaurando en el mundo con respecto al dinero en sus más memas manifestaciones. La gente admira lo peor de los ricos. No la contribución de Bill Gates a diversas causas filantrópicas. Tampoco los millones donados por Melinda Gates a favor de las mujeres en el Tercer Mundo o la decisión del inversor Warren Buffett de dejar, a su muerte, el 99 por ciento de su fortuna a caridad. Admiran las gansadas de Elon Musk, las horteradas de Jeff Bezos y los pedruscos grotescos de Georgina, la novia de Cristiano Ronaldo.
Los que entienden de comportamientos sociales argumentan que este deslumbramiento memo se debe a que, a diferencia de otros tiempos, la gente tiene ahora la sensación de que cualquiera puede convertirse en criptomillonario y/o riquísimo creador de contenido. Ignoro si esa es la causa de tal fascinación. Pero lo que sí sé es que esta complacencia lela hace que los ricos se comporten aún más impunemente y sin sentir la más mínima necesidad de devolver a la sociedad algo de lo mucho que han ganado.
En el pasado, la conciencia (buena o a veces también mala) de quien ganaba mucho dinero hacía que los plutócratas quisieran que la gente los viera como mecenas, filántropos, benefactores de las artes y de las ciencias. Ahora solo se dedican a alardear y hacerse un selfi con su jet o su yate. Y en su sonrisa carísimamente ortodonciada y reblanqueada es fácil leer algo así como un: «Si he conseguido todo esto que veis es porque soy mejor que vosotros, tontos perdedores. ¿Queréis que os firme un autógrafo para que luego podáis presumir con los amigotes?».