Pequeñas infamias
Todo se pega
Carmen Posadas
Ignoro si existe algún estudio que analice la relación entre las redes sociales y el auge imparable de la estupidez general, pero me parece un temazo. Hace tiempo que intento explicarme por qué, cuando más personas que nunca antes en la historia tienen acceso a la educación, cuando informarse es tan sencillo como teclear en Google y cuando la cultura ya no es patrimonio de ricos, sino un bien de uso común, el mundo entero parece haberse vuelto lelo.
Lelo e infantil, porque muchos de los comportamientos que se observan a través de Internet son propios de adolescentes en plena revolución hormonal. Personas que ... pierden la vida por hacerse un selfi ante una ola gigante; otras que se tumban en la vía del tren «y mira qué macho que soy, que no me quito hasta el último segundo…»; robots con aspecto humano que tienen millones de seguidores y reciben declaraciones de amor e incluso ofertas de matrimonio; tipos que hacen carreras para ver quién come más huevos fritos en menos tiempo, bebedores de lejía (sic), terraplanistas, antivacunas, clubs de suicidas, seguidores de Satán, otros que conversan con ángeles o con extraterrestres…
¿Qué hacemos los que, como usted o como yo, aún mantenemos la cordura? ¿No se siente a veces como una especie en extinción?
Las memeces son tantas que no sabe uno dónde elegir; eso sin mencionar lo que llaman la 'red profunda' (deep web), en la Las memeces son tantas que no sabe uno dónde elegir; eso sin mencionar lo que llaman la 'red profunda' (deep web), en la que pueden verse violaciones en vivo, torturas, pactos suicidas y demás lindezas. Todos estos comportamientos que nos parecen novedosos en realidad no lo son tanto, como tampoco lo es la estupidez humana. Lo que sí resulta nuevo, y que vale la pena examinar, son tres particularidades consustanciales al fenómeno que nos ocupa. que pueden verse violaciones en vivo, torturas, pactos suicidas y demás lindezas. Todos estos comportamientos que nos parecen novedosos en realidad no lo son tanto, como tampoco lo es la estupidez humana. Lo que sí resulta nuevo, y que vale la pena examinar, son tres particularidades consustanciales al fenómeno que nos ocupa.
La primera es la caja de resonancia que proporcionan las redes, la segunda es el efecto mimético que propician y la tercera es la subsecuente 'normalización' de este tipo de actitudes. En cuanto al efecto caja de resonancia, el análisis más lúcido que he leído al respecto es de Umberto Eco. Según explicaba el escritor italiano en La invasión de los necios, «las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Sus bobadas eran silenciadas rápidamente; ahora, en cambio, tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel». (Y se los escucha como a tales, añadiría yo, que soy más pesimista que Eco).
Esta proliferación de necios pontificando en las redes estimula a su vez el segundo fenómeno al que aludía más arriba: el efecto imitación. «Si este bobo –parece decirse otra caterva de necios– cosecha un millón de likes comiendo veinte huevos fritos de una tacada, ni te cuento cuántos tendré yo, que pienso comerme treinta». El efecto imitación estimula, asimismo, a coleccionistas de selfis en situaciones extremas, a bebedores de lejía y a todos los memos que ustedes quieran imaginar, incluidos aquellos que acaban incurriendo en conductas brutales y/o delictivas.
Me gustaría detenerme ahora en la tercera particularidad que mencionaba y que, a mi juicio, es la más alarmante de todas. Hablo del fenómeno de normalización que se está produciendo con respecto a los dislates. Una vez que la caja de resonancia ha elevado al necio a la categoría de persona con influencia, una vez también que unos necios imitan a otros y, encima, ser un necio da réditos económicos, algunos incluso muy sustanciosos, lo que hasta hace muy poco era un disparate, una temeridad o incluso un delito deja de serlo, puesto que ya no es la excepción, sino la norma.
¿Y qué hacemos los que, como usted o como yo, aún mantenemos la cordura? ¿No se siente a veces como una especie en extinción o como un cruzado resistiendo el ataque enemigo en lo más alto de una fortaleza sitiada? Oh, Dios mío, acabo de darme cuenta de que esta última frase es políticamente incorrecta y me van a acusar de islamófoba. En fin, quite usted la palabra 'cruzado' y sustitúyala por una aceptable a la sensibilidad actual. Ahora mismo no se me ocurre ninguna. Debe de ser que a mí también se me está reblandeciendo el cerebro. Al fin y al cabo, todo se pega, menos la hermosura (y la cordura, por lo visto).