Pequeñas infamias
El triunfo de las gónadas
Carmen Posadas
Como tal vez hayan notado, me encantan las citas. Admiro la capacidad de personas brillantes de decir mucho con pocas palabras, en ocasiones irónicas, otras ... paradójicas o cínicas, veraces siempre. Vean, por ejemplo, algunas citas célebres sobre el arte de la diplomacia. Para Winston Churchill, la diplomacia es pensar dos veces antes de no decir nada. Para Sun Tzu, autor de El arte de la guerra, es la habilidad de someter al enemigo sin pelear, mientras que el político británico Tony Benn sostenía que la guerra no es más que el fracaso de la diplomacia. Pero mi cita favorita al respecto es una de David Frost, mítico presentador de televisión en el Reino Unido de los años sesenta en adelante. Según él, diplomacia es el arte de que el adversario se salga con la tuya.
Claro que lograrlo requiere sutileza, inteligencia y un grado considerable de evolución y civilización. De hecho, es lo contrario al modo en que arreglaban sus diferencias los pueblos primitivos, cuando la confrontación era la norma. Pero incluso entre los colectivos más atrasados, siempre había una cabeza pensante que convencía a los demás de que no todo se soluciona a mamporros ni enseñando los dientes y dándose golpes en los pectorales como un orangután. Una de las características más asombrosas del siglo XXI es comprobar cómo, en paralelo a logros tecnológicos y científicos nunca vistos, la sociedad, y en concreto sus líderes, presenta comportamientos que pensábamos más propios de tiempos pretéritos y oscurantistas que de comunidades avanzadas. Por ejemplo, tics caudillistas, ataques inopinados sin medir las consecuencias, así como violación de normas, leyes y desdén por todos los protocolos de convivencia que nos hemos dado a lo largo de los siglos.
Lo más aterrador es el efecto de la sobredosis de testosterona en la geopolítica
¿Quién nos iba a decir, por ejemplo, que los Estados Unidos, supuesto faro de la democracia y garante de la paz mundial, iba a cambiar el nombre de su Secretaría de Defensa por el más que elocuente nombre de Secretaría de Guerra? «Tenemos los mejores y más valientes guerreros en la faz de la tierra –comenzó diciendo Pete Hegseth en la alocución en la que anunció que se evaluará la testosterona de los soldados en aras de tener un ejército 'más viril'–. Porque a pesar de que somos los mejores y nuestra tecnología es mil veces más avanzada, nuestro activo esencial siempre estará relacionado con la aptitud de nuestros guerreros».
En su libro de memorias La guerra contra los guerreros, publicado en 2024, Hegseth ya alertaba sobre lo que él llamaba peligros de un «ejército afeminado» y hacía hincapié en el desastre que suponían los «mariquitas del Pentágono». Ahora, en los quince meses que lleva como secretario de Guerra, ha purgado a un buen número de altos mandos y ha impedido el ascenso de otros muchos, en especial de oficiales de etnia «no blanca» y de mujeres. También ha decidido hacerles la guerra a las barrigas prominentes, al pelo algo más largo de lo que él considera aceptable, al vello facial y, por supuesto, a los militares trans. Sin darse cuenta, además, de la ironía que supone que los tratamientos de reemplazo de testosterona que propugna para sus «guerreros» guardan relación con los tratamientos de afirmación de género de los hombres trans en el ejército. Al margen del disparate médico que suponen estas terapias suyas (los médicos han advertido de los peligros que acarrean, entre ellos, el hecho de que causan infertilidad), preocupa el mensaje involucionista que se intenta mandar a la sociedad. No hay que ser muy espabilado para darse cuenta de que este plan propugna el retorno a un mundo androcentrista en el menos recomendable sentido de la palabra. Y el peligro de esta deriva no solo es el hecho de que propugne una sociedad intransigente y ultra (de hecho, son cada vez más aquellos que miran con buenos ojos esta doctrina). Lo más aterrador es el efecto de la sobredosis de testosterona en la geopolítica. A Trump y también a Putin, dos testosterónicos de libro, se les da bien comenzar guerras, pero luego no saben pasar al capítulo siguiente, que es concluirlas. Incluso cuando su empecinamiento va en contra de sus propios intereses porque produce drástica caída de popularidad, cifras siderales de gasto militar y dramático sacrificio de vidas humanas. Ni ellos ni tampoco Netanyahu, otro que tal baila, contemplan negociar. Creen que la diplomacia es cosa de débiles, de perdedores, de «mariquitas» según su propia terminología. Sin darse cuenta de que su conducta de sietemachos y de bullies de patio de colegio no es otra cosa que –como apuntaba no hace mucho The New York Times– el triunfo de las gónadas sobre el cerebro.