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Pequeñas infamias

De Dior a Joyce no hay más que un paso

Carmen Posadas

Carlota Casiraghi convertida en escritora de culto e impartiendo clases de filosofía; Jessica Parker nombrada jurado de uno de los premios literarios más importantes del mundo anglosajón; Kim Kardashian presentándose al Bar de California, que no es un bareto de cubatas, sino un difícil examen legal… Como hace poco escribió Jess Cartner-Morley en un brillante artículo en The Guardian sobre que el intelecto es ahora lo más cool, «si quieres estar a la última, abandona el Negroni, olvida tu bolso de Prada y coge un libro de bolsillo. Y antes de hacerte un selfi, en vez de pillar tu barra de labios, coge tus gafas de lectura». Ya ven, ser intelectual es tendencia.

Mientras el vocabulario de Donald Trump cabe en un folio y en política lo que se lleva es la espada (o el garrote) y no la pluma, resulta que en el mundo de los influencers, del cine y de la moda, de pronto el intelecto es el colmo del glamour. No me digan que no es fascinante cómo contrarresta la especie humana los temporales, por no decir los tsunamis políticos y sociales. Ocurrió en el pasado en momentos igualmente inflamables, marcados por la estulticia, la desmesura y la arrogancia suicida: la cultura encuentra siempre su modo de preservarse y sobrevivir.

Puede que todo sea una pose. Pero tampoco hay que desdeñar la fuerza de una pose

En el Medievo, por ejemplo, se refugió en los monasterios, donde no solo el arte, sino la ciencia y el conocimiento hallaron asilo. Tras el trauma de la Primera Guerra Mundial, encontró cobijo en Viena, donde su sofisticadísima sociedad propició el surgimiento del Círculo de Viena y la proliferación de deslumbrantes artistas, pensadores, médicos… Y ahora da la impresión de que el gusto por el intelecto, tan amenazando por la zafiedad y la ignorancia, está encontrando santuario en el mundo de las redes, del cine, también de las pasarelas de moda.

La casa Dior, por ejemplo, ofrece desde hace un tiempo una línea de bolsos de tela con inscripciones como Las flores del mal, de Baudelaire; Ulises, de Joyce; o Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan (cada uno por la módica suma de tres mil euros). ¿Oportunismo? ¿Pose? Puede, pero no conviene olvidar que el mundo de la moda, por su propia idiosincrasia, es el que más certeramente sabe captar eso que los filósofos llaman el zeitgeist. Es decir, el espíritu de la época, ese conjunto de creencias, sensibilidades e ideas predominantes en la sociedad en un momento.

¿Casualidad también que TikTok esté lleno de chicos con sudaderas y piercings que recomienden leer a Dostoyevski o incluso a Wittgenstein, autor tan intrincado que ni Bertrand Russell lo entendía del todo? Muchos pensarán que se trata de un capricho pasajero y que los tiktokers un día dicen pirrarse por Dostoyevski y al siguiente recomiendan el último juego de la Play. Pero notable es también lo que está ocurriendo con Instagram, que pierde adeptos con respecto a Substack, una plataforma on-line que permite a escritores, podcasters y creadores compartir sus trabajos y monetizarlos.

Sí, ya sé lo que están pensando. Que todo es postureo. Que Carlota Casiraghi, por mucho aire intelectual que asuma, nunca será Marguerite Duras y que Kim Kardashian está más preocupada por su celulitis que por su segundo examen del Bar (el primero lo suspendió). En efecto, puede que todo sea una pose. Pero tampoco hay que desdeñar la fuerza de una pose. Porque es así como se generan las modas y estas son imbatibles a la hora de crear gustos, sensibilidades. La gente tiende a pensar que moda es vestirse así o asá, este año se lleva el marrón chocolate, etcétera. Pero se trata de un fenómeno mucho más profundo, porque modifica conductas. Va más allá de un simple cambio estético, es un mecanismo social y psicológico que moldea comportamientos y hábitos priorizando unos valores sobre otros. En los años sesenta-setenta del siglo pasado, el fenómeno moda con sus hippies con collares de flores y su «make love not war» modificó la sensibilidad del mundo con respecto a la guerra de Vietnam.

Y lo mismo ha ocurrido a lo largo de la historia a través de movimientos como el romanticismo, el surrealismo o el posmodernismo. Porque, para explicarlo con un símil bursátil, se puede decir que los gustos que son tendencia hacen que las acciones de tal o cual sensibilidad cultural o de cualquier otra índole coticen al alza o a la baja en cada momento. Por eso yo estoy encantada con este prohijamiento del intelecto por parte de actores, cantantes, socialites, influencers, podcasters, youtubers y tiktokers. Bienvenidos todos al aburrido reino del intelecto. Al fin y al cabo, no son tan diferentes una y otra esfera porque, como decía Coco Chanel, envuelta en una nube de su perfume favorito, N.º 5, «el acto más elegante sigue siendo pensar por uno mismo».

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