Pequeñas infamias
El elefante en la habitación
Carmen Posadas
Hace poco tuve oportunidad de conocer la labor que desarrollan personas como Alejandro Villena Moya. Alejandro es psicólogo general sanitario e investigador. Desde hace tiempo estudia la relación que existe entre el cada vez más alarmante consumo de pornografía en Internet y problemas que vemos a diario como el aumento de agresiones sexuales, violaciones grupales, violencia entre menores, también disfunciones sexuales, insatisfacción, etcétera. Según Villena, hemos pasado de una sociedad en la que el sexo era un tabú a otra hipersexuada en la que los niños se 'informan' sobre su práctica en las redes, algunos incluso a edades tan tempranas como los ocho años.
Según las estadísticas, el consumo de pornografía comienza –como media– hacia los once, mientras que actualmente siete de cada diez adolescentes ven regularmente vídeos de ... este género. En principio más los chicos que las chicas, pero, de un tiempo a esta parte, se observa un aumento de casi un cincuenta por ciento en el caso de mujeres. Al consumo de pornografía se le hacen por lo general reproches de corte moral y religioso, pero el fenómeno va mucho más allá, empieza a ser un problema social.
Los jóvenes de hoy tienen los peores profesores de educación sexual. Los más retrógrados, machistas, supremacistas y violentos
En primer lugar, porque el sexo en Internet no pretende ser didáctico ni informativo: es, simplemente, un negocio (uno que mueve millones y millones, además). Y como tal estudia la fórmula para enganchar al espectador (en teoría, adulto) con escenas lo más impactantes posible, lo que acaba legitimando la violencia sexual, perpetuando viejos estereotipos de género como el del macho dominante y la mujer sumisa y haciendo permisible incluso la violación. Paradójicamente, y según se desprende de estudios realizados en los Estados Unidos, el consumo de pornografía por parte de mujeres y en especial de muchachas adolescentes no redunda en una actitud más cauta hacia semejantes comportamientos por parte de los hombres. Al contrario, como su iniciación sexual ha sido con tales 'modelos', las chicas acaban asumiéndolos como naturales, lo que se traduce en una mayor tolerancia a conductas de dominación y violencia: si las actrices las aceptan y parecen disfrutar, será lo normal…
A pesar de que las estadísticas están ahí, y ahí están también las conductas cada vez más extremas por parte de los jóvenes, nadie parece ver el elefante en la habitación y relacionar un fenómeno con otro. Por supuesto que no es fácil ponerle coto. Internet es lo más parecido a un territorio sin ley. Pero algo habrá que hacer, no solo desde las instituciones, también en los colegios y, por supuesto, dentro del ámbito familiar. Al menos hablar del problema y caer en la cuenta de que, gracias al anonimato y al fácil y gratuito acceso al material pornográfico, los jóvenes de hoy en día están teniendo los peores profesores de educación sexual que puedan existir. Los más retrógrados, machistas, supremacistas y violentos, y subrayo deliberadamente estos cuatro adjetivos por si propician que la tan progresista señora ministra de Igualdad haga algo.
Y luego está el dato que más me ha llamado la atención: según un reciente estudio, las pruebas de neuroimagen demuestran que el consumo reiterado de pornografía produce en los jóvenes un aprendizaje vicario de estas conductas sexuales y eso acaba teniendo un impacto negativo a nivel neurológico, puesto que deteriora mecanismos tan importantes como el de la empatía o el cuidado del otro. ¿Alarmante? Yo, visto lo visto, diría que el elefante en la habitación camino va de convertirse en mastodonte.