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Pequeñas infamias

El tiempo, ese gran vengador

Carmen Posadas

Viernes, 16 de Mayo 2025, 11:04h

Tiempo de lectura: 3 min

No recuerdo ahora si fue Borges o Sábato quien dijo que en los tangos hay más filosofía y estudio de la conducta humana que en cualquier otra parte, y basta con pegar la oreja, dejarse llevar por la música, para aprender. En mi caso, ni imaginan la de veces que –al escuchar a Carlitos (que, como todo el mundo sabe, cada día canta mejor)– me he dicho: vaya, pero si esto me ha pasado a mí y aquello otro es justo lo que le ocurre a fulano o a mengana. Vean, si no, la primera y famosísima estrofa de ese tango que arranca con un: «Sola, fané y descangayada, la vi de madrugada salir de un cabaret». A continuación nos enteramos de que quien cuenta la historia se encontró una noche con la mujer que fue su perdición y la vio «chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez». Como es imposible explicar mejor que Discépolo la situación, allá va una estrofa más: «¡Y pensar que hace diez años fue mi locura! ¡Que llegué hasta la traición por su hermosura! Que esto que hoy es un cascajo fue la dulce metedura donde yo perdí el honor».

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