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Pequeñas infamias

Elogio de la estupidez

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Hay dos particularidades de la naturaleza humana que me fascinan. Una es la inteligencia, el talento; la otra es la estupidez. La estupidez es interesantísima. Si me apuran, incluso más que la inteligencia. Erasmo de Rotterdam, que le dedicó su archifamoso ensayo Elogio de la locura, decía que de ella no se salva nadie. Es verdad porque, como habrán podido observar no pocas veces, hasta las personas más brillantes meten patas estrepitosas, obvias e imperdonables, mientras que otros ciudadanos más obtusos, en situaciones similares, obran con admirable sensatez.

Los inteligentes-estúpidos (César Borgia, por ejemplo, o Nikola Tesla o, más recientemente, Boris Johnson) merecerían no un artículo, sino un libro entero. Pero no ... es de ellos de quienes quiero hablarles hoy, sino de los memos-memos, de los tontos de capirote que no pocas veces, y contra todo pronóstico, se salen con la suya y consiguen metas increíbles. Tomemos como ejemplo a dos de mis bobos favoritos, Meghan Markle y Harry Windsor.

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