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Pequeñas infamias

Hallazgos de la edad tardía (II)

Carmen Posadas

Un par de años atrás escribí con este título un artículo similar en el que comentaba varios conceptos y atributos a los que antes no daba importancia, pero que con la llegada de las canas había aprendido a valorar. El primero es la ternura. Cuando uno es joven, busca sensaciones fuertes, relaciones apasionadas, encuentros turbulentos y otros ardores. En la edad tardía, en cambio, se aprende que las relaciones basadas en la ternura son más templadas, pero también más plenas y duraderas. Otra palabra que he aprendido a apreciar es 'rutina'.

Se aprende que las relaciones basadas en la ternura son más templadas, pero también más plenas y duraderas

Para los jóvenes, ser rutinario es sinónimo de aburrido, de falto de imaginación, de asno en una noria. Con la edad, en cambio, descubre uno ... que la rutina aporta equilibrio, orden e incluso es más eficaz que la fuerza de voluntad a la hora de enfrentarse a lo que no hay más remedio que hacer (un tedioso trabajo, gimnasia o cualquier otra obligación insoslayable). Más palabras cuyo valor comienza uno a reconocer son, por ejemplo, 'sosiego', 'paz', 'pausa', igual que se aprende a priorizar y a saber lo que vale la pena y lo que no. Sumado a esto, ahora quiero hablarles de otro feliz hallazgo de estos años en los que, como decía mi padre, empieza uno a tener el sol a la espalda. Una de mis frases favoritas de Oscar Wilde es la siguiente: «Formar parte de la sociedad puede ser muy aburrido, pero estar excluido de ella es una verdadera tragedia».

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Hallazgos de la edad tardía (II)

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