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Pequeñas infamias

La orquesta del Titanic

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Mi hija Jimena, que siempre me da buenas ideas para mis artículos, me mandó el otro día una foto de los huevos fritos envasados que comercializa cierta cadena de supermercados. También otra instantánea (y esta ya me dejó patidifusa) de una tostada lista y untada para hincarle el diente. Esta última innovación resultó ser un bulo, pero, dado el éxito de los huevos fritos congelados, parece que ya hay expertos estudiando cómo fabricar la tostada de marras de modo que quede crujiente.

No seré yo, que soy la reina del mínimo esfuerzo, la emperatriz de la indolencia, quien critique estas iniciativas. Lo que me sorprende, sin embargo, ... son las contradicciones que engloban. Por un lado, me asombra que, en tiempos en que cocinar ha pasado de ser una actividad rutinaria y muchas veces aburrida a convertirse en una especie de religión con millones de devotos, triunfe este tipo de alimentos. Y luego está esa otra religión (por no decir obsesión) que es el culto a la comida sana. ¿En qué quedamos? ¿No era que andamos todos entregados a los batidos de espirulina con espinaca; rendidos al aguacate no transgénico; entregados al té matcha, el brócoli y el alpiste? ¿Cómo encaja esto con el éxito del huevo liofilizado y la tostada fosilizada?

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