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Pequeñas infamias

Malena

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Crecimos juntas. Con el Atlántico de por medio, pero juntas a lo largo de sesenta y muchos años. Hay amistades así. No hace falta hablar ni verse todos los días, incluso pueden pasar años, pero, al llegar el reencuentro, es como si no hubiese pasado ni media hora. De niñas, Malena y yo queríamos ser artistas de circo. Ella equilibrista y yo trapecista, y nos entrenábamos a diario. También nos gustaba la idea de ser tragadoras de sables y comedoras de fuego, y alguna tentativa hicimos en ese sentido, con chamuscadas consecuencias. Después yo me vine a Europa y ella se quedó en Montevideo y estuvimos tiempo sin vernos.

Cuando más adelante vino a pasar con nosotros una temporada, yo seguía siendo una niña feúcha y desgalichada mientras que ella, dos años mayor, había ... sufrido ya esa asombrosa metamorfosis que de un día para otro transforma crisálidas en mariposas. O para decirlo menos líricamente: yo seguía con calcetines y vestida como mis hermanas menores y ella llevaba ya medias de señorita, zapatos de tacón, minifalda sensacional comprada en Londres y unas gafas op art que le daban un aire muy Marianne Faithfull. Malena fue siempre así, rompedora, divertida, original, lanzada. A su regreso a Montevideo le dio por aterrizar con peluca rubia larga hasta la cintura, maxifalda escocesa y unas botas de plataforma que la hacían parecer altísima y mayorcísima. «Papá pasó por delante y ni me reconoció», recuerdo que me contó por teléfono, muy divertida.

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