Pequeñas infamias
Malos tiempos para la épica
«Hoy triunfan el pañuelo y las lágrimas y, al premiar el llanto sobre la resistencia, lo que se consigue es una comunidad infantilizada».
Carmen Posadas
En qué momento la víctima se convirtió en el héroe de nuestro tiempo? Sí, ya saben, ahora basta con que alguien se proclame víctima de ... lo que sea para que todo lo que haga esté justificado. Lo que antes era una desgracia o un desdoro, ahora es una coartada. Es curioso ver cómo se han modificado los conceptos 'héroe' y 'víctima' hasta convertirse (casi) en seudónimos.
Por ejemplo, en lo que a política se refiere, en tiempos pretéritos un dirigente gustaba de presentarse como valiente, fuerte, arrojado. Ahora, en cambio, recurre al victimismo y ahí están los casos de Putin, Netanyahu o Trump, por no hablar de víctimas patrias de indudable talento teatral. Inventarse una amenaza externa ha sido siempre muy útil cuando un mandatario necesita justificar el convertirse en agresor. Lo hizo Hitler, lo hizo Stalin, lo hicieron hasta Napoleón y Alejandro Magno. Pero ellos no jugaban al 'pobrecito yo'. Apelaban a la épica, al sacrificio, a la gesta; en otras palabras, a valores de héroe, no de perdedor.
Pero, bueno, no quiero cansarles hablando un día más de política. Hablemos de la sociedad en general, donde también reinan las víctimas. En su libro Sufro, luego existo. La víctima como héroe, el filósofo francés Pascal Bruckner analiza cómo la figura del héroe tradicional ha sido desplazada en Occidente por la de la víctima, convirtiendo el sufrimiento en una fuente de autoridad moral. Explica también cómo esta actitud ha conseguido sustituir la meritocracia (que tan beneficiosa fue desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta principios del siglo XXI) por la épica del sufrimiento haciendo que no importe lo que esa persona ha hecho, sino lo que le han hecho.
«Según los cánones actuales –argumenta Bruckner–, ser el que más sufre otorga de inmediato un estatus de inocencia absoluta y respetabilidad. Y proporciona, además, un escudo de inmunidad que convierte el sufrimiento en moneda de cambio para exigir privilegios, atención y compensación». Además, el haber convertido a la víctima en héroe modifica por completo la escala de valores de una sociedad. Ya no se aspira a la excelencia y menos aún a procurar el bien común, actitud primordial de los héroes clásicos. Se aspira solo a un bien personal, con la coartada de que la sociedad (las instituciones, sus jefes o quien sea) les debe algo. Así, cada vez hay más autoproclamadas víctimas.
Las vemos compungidas en Internet o directamente, a moco tendido, sabiendo que cosecharán un montón de likes por razones tan tristes como: me dejó el novio, he engordado cinco kilos o mis padres/amigos/empleadores no me entienden. Por supuesto, existen otros muchos, muchísimos casos de sufrimiento real y dramas terribles. Pero las verdaderas víctimas suelen ser más pudorosas con su dolor.
Otro efecto colateral de esta sobredosis de plañideros es que equipara el sufrimiento exagerado o interesado con el sufrimiento real. Como todo el mundo es víctima, se banaliza a quienes verdaderamente lo son. Se trivializa el sufrimiento de los auténticos damnificados de guerras y tragedias. Uno ve sus dramas en la televisión o en las redes sociales, se compadece un par de segundos y luego… scroll.
Si todo esto es alarmante no lo es menos que el hecho de que, al adoptar el papel de víctima, esa persona se desentiende de toda responsabilidad. La culpa siempre es de otro: de la sociedad, del mundo cruel, de los políticos inoperantes. Nunca de él o ella, por lo que esa persona no hará nada para salir de su situación, algo que propicia la inmadurez y anula la iniciativa personal.
Según Bruckner, esto ocurre porque, a diferencia del sufrimiento trágico de antaño, que buscaba aprendizaje y superación, el victimismo crónico se alimenta de resentimiento. «No busca sanar, sino perpetuar la queja para captar y mantener la atención de otros».
Siendo así, uno se pregunta: ¿no estaremos propiciando una sociedad de inmaduros inoperantes que ni aprenden ni prosperan porque creen que son otros los que tienen que solucionar sus problemas? Da pena constatarlo, porque los tiempos actuales no están para inoperantes ni melindrosos.
Al contrario, nos vendrían muy bien unos cuantos héroes como los de antes. De esos que se comprometían con el momento que les tocó vivir y luchaban por crear una sociedad mejor. Pero son malos tiempos para la épica. Hoy triunfan el pañuelo y las lágrimas y, al premiar el llanto sobre la resistencia y la pasividad sobre la superación personal, lo que se consigue es una comunidad infantilizada y más fácilmente manipulable. A ver si alguien consigue cambiar el paradigma del victimismo que tan estomagante (y peligroso) resulta por otro más digno, más proactivo también. Quien lo consiga sí que será un héroe de nuestro tiempo.